Tomás en su rutina sin profesores
Tomás estudia el primer grado universitario sin profesores y para crear una empresa: "Hablo con CEOs y ministros"
En el grado de liderazgo los alumnos crean y gestionan una empresa real, se reúnen con clientes y financian con los ingresos que generan en viajes a India, Berlín o Costa Rica.
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En la prueba de admisión, al madrileño Tomás Fernández, que tiene 21 años, le dieron un limón para transformarlo en algo de más valor. No había pautas fijas, solo observadores evaluando su iniciativa, liderazgo y capacidad de lanzarse. Dos horas más tarde, él regresó junto a otros aspirantes con botellas de agua, periódicos y comida por valor de 50 euros.
Aquel ejercicio marcó el comienzo de una carrera universitaria radicalmente distinta: sin profesores, sin horarios y sin exámenes, pero con clientes reales y objetivos económicos medibles.
"No hay clases, lo que hay son KPIs, indicadores de rendimiento, como en una empresa. Desde el primer día tenemos que crear un proyecto real, registrarlo, darnos de alta en Hacienda y hacer que funcione. Cada año debemos facturar y generar beneficios", explica.
Tomas y su equipo de trabajo
11.000 euros anuales
El modelo formativo impartido por TeamLabs (Madrid, Málaga y Barcelona) y avalado por la Universidad de Mondragón cuesta 11.000 euros anuales, 2.750 euros de matrícula inicial y mensualidades cercanas a los 900 euros.
El acceso es poco convencional: además de superar el bachillerato, los candidatos envían un vídeo de tres minutos con referencias personales, pasan una entrevista y participan en dinámicas grupales que evalúan liderazgo y proactividad.
La prueba presencial es característica: se entrega un limón y dos horas para cambiarlo por algo de mayor valor, acompañados por alumnos de cursos superiores que califican el proceso.
En su caso, su empresa, AJE Novus & Co, facturó durante el último año más de 210.000 euros, ofreciendo desde productos personalizados como vinos y ropa hasta asesoramiento en inteligencia artificial, coaching, organización de eventos o gestión de redes sociales.
"No es solo aprendizaje, es responsabilidad real", subraya el joven madrileño. "Si algo sale mal, no lo cubre un examen ni un profesor; somos nosotros los que llamamos a Hacienda, gestionamos sanciones o resolvemos errores de facturación".
"En primero nos cayó una multa porque contratamos a un gestor que lo hizo mal. Tuvimos que ir presencialmente, hablar con inspectores, entender el problema y solucionarlo", reconoce.
Aprender haciendo (y viajando)
El grado incorpora viajes internacionales financiados por las propias empresas de los alumnos. "En mi primer año fuimos a Berlín; en segundo, a Costa Rica; y en tercero estuvimos tres meses entre India y Corea. Cada viaje busca abrir mercados y desarrollar proyectos fuera de nuestra zona de confort", explica Tomás.
"Teníamos que facturar unos 300 o 400 euros en mes y medio. Sin proyectos ni herramientas, acabamos vendiendo fotos Polaroid a turistas frente a la Puerta de Brandeburgo", cuenta. "Parece una tontería ahora, pero aprendí a hablar con desconocidos, detectar oportunidades y perder el miedo al rechazo. El primer día me aterraba simplemente iniciar una conversación", prosigue.
En Costa Rica, junto a su equipo, impartió charlas en universidades locales, incluida la universidad pública y se reunió con la ministra de Educación.
"Pasamos semanas sin resultados y, dos días antes de volver, cerramos tres conferencias. Aquello nos enseñó más sobre gestión, presión y perseverancia que cualquier manual".
Los indicadores de evaluación no se miden por exámenes. Cada estudiante realiza informes de Learning Paths, aprendizajes técnicos aplicados al proyecto que presenta a sus formadores. Sus aprobados varían dependiendo de qué objetivos ha logrado alcanzar.
"El aprendizaje nace de los problemas: si tengo que analizar el pricing de mi producto, no estudio un libro de marketing: lo aplico y pruebo. Mis examinadores son mis clientes, y no hay nadie más exigente que ellos".
Sesiones de trabajo diarias en Team Labs
Esta lógica genera alumnos más resolutivos que teóricos. "No sabemos todas las teorías del marketing, pero sí cómo reaccionar cuando algo falla. Somos muy buenos sacando las castañas del fuego, gestionando equipos y problemas".
Comparado con alguien que sale de ADE, salimos con menos herramientas teóricas, pero las que tenemos las sabemos usar bien porque las hemos aplicado", concluye este aprendiz de empresario.
Modelo elitista
El coste y el carácter privado de este modelo hacen que muchos lo vean como una experiencia elitista. Sin embargo, el informe del Observatorio de la Formación Profesional (CaixaBank Dualiza) coincide en que los modelos de aprendizaje basado en retos (challenge-based learning) o aprendizaje por proyectos (project-based learning) se están explorando en ámbitos públicos, aunque con barreras estructurales: falta de financiación, rigidez curricular y formación insuficiente del profesorado.
Tomás lo tiene claro: no se veía en una carrera universitaria tradicional. "No habría aguantado un modelo de exámenes y clases magistrales. Aquí la presión es distinta: no estudias para aprobar, trabajas para sostener una empresa que depende de ti".
"He aprendido a negociar, a dirigir reuniones, a hablar con CEOs o con ministros… y, lo más importante, a confiar en mí. Antes una reunión me imponía enormemente; ahora sé cuál es el objetivo, voy dirigiendo la conversación y entiendo mejor la psicología dentro de la reunión", afirma.
Mirando hacia atrás, Tomás explica que aquel trueque de limones tuvo más sentido del que imaginaba: "Era una metáfora de lo que íbamos a vivir: salir a la calle con una idea sin valor aparente y transformarla en algo útil. Eso es lo que hacemos cada día".