Andrés Suárez, en la sede de Warner en Madrid.

Andrés Suárez, en la sede de Warner en Madrid. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Ocio

Andrés Suárez, tras su adicción al móvil y la depresión: "No sabía qué día era, no recordaba las letras, me vi sin salir..."

"Me descubrí en pijama en casa sin tener noción temporal. A lo mejor sin ducharme, metido en una habitación. Es peligroso" // "Dejé las sustancias ilícitas sin síndrome de abstinencia y he conocido el mono sólo cuando me han quitado el móvil"

Más información: Soraya Arnelas vuelve con nuevo disco y un musical en Madrid: “Escucho la palabra de Dios en la boca de mi hija”

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Las claves

Andrés Suárez relata cómo una ruptura amorosa y la adicción al móvil lo llevaron a una profunda depresión que le obligó a cancelar parte de su gira musical.

El cantautor gallego destaca la importancia de la palabra y la música auténtica, alejándose de las tendencias dominadas por las redes sociales y los algoritmos.

Su nuevo disco, 'Lúa', refleja dos etapas: una oscura marcada por el dolor y otra luminosa inspirada por el amor encontrado en México.

Suárez critica la presión de medir el éxito por cifras en redes y reivindica la necesidad de parar, conectar con la vida real y valorar la creación artística.

Andrés Suárez habla, habla y habla, pero no lo hace en vano. Como buen poeta y mejor cantautor, todo lo que cuenta tiene sentido. “La palabra no muere”, enarbola, como bandera. Por eso la mima, la retuerce y la bendice. La conserva como salvación y desahogo, pero también como promesa de futuro. Nada en sus casi 25 años en la música se entendería sin esa virtud por manejar el lenguaje desde la belleza, desde el pasado añejo que obligaba al artista a esculpir letras que sacudían conciencias y provocaban llantos, alegrías o dolor.

“La palabra no caduca”, lanza, como un dardo, buscando un impacto directo en la IA. Lúa (luna en gallego), su nuevo disco, lo bendice como “Inteligencia Animal”. Él no quiere facilidades. Nunca las ha tenido desde que llegara a la capital con una camiseta de Extremoduro en la maleta y quizá otra de Platero y tú en el pecho para tocar en el santuario de Libertad 8. Su apuesta es por la permanencia, por seguir “tocando en un teatro de aquí a 20 años”. Y para que así sea se ha despojado de todos sus fantasmas en un disco que se desdobla en las dos caras, las mismas que tiene su luna.

A un lado, la oscura, la de la depresión por una ruptura amorosa, la que le hizo encerrarse en casa a ver los días pasar, sin querer salir, a veces sin asearse. Acentuada, cómo no, por una adicción a las redes sociales. “Me dijeron: no me miras ni me escuchas. Pasaba 10 horas metido en el móvil”, cuenta, como bálsamo para forjar ese presente que sólo busca lecturas y acordes de los de verdad, de esos que las máquinas todavía no pueden replicar.

Y luego está el otro lado, el de la felicidad plena, el del amor que conoció en México —C. para propios y extraños—. Ella es la bachata del disco, grabada junto a los músicos de Juan Luis Guerra. A todos ellos debe su “tranquilidad” actual antes de la vorágine. O lo que es lo mismo, su calma antes de que el disco vea la luz este viernes y comience la gira, con dos fechas en La Riviera: el 13 de marzo, ya agotado, y el 14, del que todavía quedan algunas entradas. “Muy pocas”, apostilla.

P.—Hábleme de 2024 y 2025. ¿Qué pasó esos años?

R.—Pues mira, que soy de aldea, como mi padre. Él es de Ortigueira y yo de Pantín. Y en las aldeas pasa que no puedes decir que tienes depresión. Te dicen: ‘No llores y sé un hombre’. Y hace unos años si hablabas de que ibas a un psiquiatra o a un psicólogo te decían que eras un enfermo, que estabas loco. Y en mi caso, pues he tenido una depresión por una ruptura traumática y dolorosísima que me llevó a cancelar la gira.

¡Cómo mola verlo desde atrás! Pero entonces yo no podía salir de casa. Por eso el disco comenzó siendo profundamente negro y habla de dolor, ruptura, gritos, llantos... Pero pasa también que de repente viajo a México a finales del año pasado y conozco a C. y me enamoro. Por eso aparece una bachata en el disco. Y de nuevo vuelve la risa.

Andrés Suárez toca la guitarra.

Andrés Suárez toca la guitarra. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Así que el público que quiera llanto, ese al que le gustaría que me estuviera separando todo el rato, lo tiene en el disco. Pero bueno, es normal. Yo al Sabina que quiero es al que está hecho una mierda. Quiero que esté bien, claro, pero es que cuando está fatal crea obras de arte.

P.—En 2024 se separa y se encierra en casa. ¿Cómo fue aquel año?

R.—Por primera vez en 25 años que llevo en la música llamé a mi mánager para decirle que tenía que cancelar la gira. Eso es la hostia. Cancelé sólo uno o dos conciertos y lo siento en el alma, pero es que no me veía capaz de tocar. La gente piensa que la depresión es estar triste, pero yo mientras estaba subiendo payasadas a las redes sociales. Sin embargo, no sabía qué día era, no recordaba las letras de las canciones... Me descubrí en pijama en mi casa sin tener una noción temporal. A lo mejor sin ducharme, a lo mejor sin salir de una habitación. Es jodido, peligroso.

Recuerdo un concierto previo a cancelar la gira en el que terminé enfadado y llorando. Eso no me había pasado nunca en mi vida, y llevo tocando desde los 14 años. A mí la música me hace feliz. Y luego está otra cosa, que tuve que acudir a una psicóloga por un problema con la única droga que me ha causado adicción, que es el teléfono móvil.

Pero, paradójicamente, después de cancelar la gira, fue la música la que me salvó. De repente empezaron a pasar músicos por casa. Por eso he querido que Lúa vaya en dirección contraria a la IA. El disco es pura Inteligencia Animal. Necesitamos volver a que los músicos hagan música en directo. Necesitamos quitarnos la pantalla y los efectos. Tenemos que hablar de música y no del algoritmo.

Recuerdo cuando hace 25 años iba a Libertad 8 y tocaba una tal Eva Amaral y un tal Jorge Drexler. Entonces hablábamos de libros, de música. Ahora los nuevos están todo el rato con el algoritmo, con las cifras que tienen. Pues yo estaba metido en esa mierda de mirar las cifras y volví a ser músico con la partitura delante.

P.—Es decir, esos tortuosos dos años fueron fruto de su ruptura amorosa y de su adicción al móvil.

R.—Y por mi adicción al trabajo. No sabía parar. Yo soy hijo de currelas y no me atrevo a decir que no. Puede ser a esta promo, a un concierto, a lo que sea. ¿Cómo vas a decir que no? ¿Y si te adelantan? ¿Y si pierdes tu posición? Yo estaba metido en esa mierda. Pero he aprendido a decir que no.

A mí me decían que era el fin de mi carrera si paraba un año. El 99% de la gente me avisó del final. Incluso los que más me quieren. Me dijeron que era el mayor error de mi vida, que iba a desaparecer. Pero paré un año, que es lo que me puedo permitir, y estoy como nuevo.

P.—¿De verdad creían que iba a desaparecer? Lleva 25 años en la música, tiene un público...

R.—Yo estoy aquí. Estoy vivo. Pero imagínate una chavala de 20 años. Esa gente mira cada día el móvil para ver cómo van sus cifras. Los de arriba se han montado una movida de p**** madre. Nos tiraron la chuleta y nos han invitado a matarnos entre nosotros. Y al que gane, le ficho. Yo iba antes a una discográfica y había una guitarra y tenías que cantar. Ahora te piden los números. ¿Cuántos tienes? ¿Muchos? Pues fichado. Es así, te guste o no.

P.—Pero los números son la gente que acude a sus conciertos.

R.—Eso díselo a los de arriba. Te voy a contar una cosa. Una de las canciones más radiadas de este país se compuso en mis estudios en un minuto y medio.

P.—¿En serio?

R.—Así es. Descargas una base de Youtube, la estiras, cambias algunas notas y le pides a una máquina que te haga una letra ‘rollo Serrat’ hablando de un amor en la playa. Imprimes la letra, la pegas y listo. No hay libreta, ni guitarra ni piano. Pero si digo esto me llaman carca, viejo y retrógrado. Me dicen que soy un aburrimiento. Pero lo cierto es que los músicos están dejando de hacer música. Ya está todo grabado. Disparan todo desde un Mac y listo.

P.—Yo sigo creyendo.

R.—No te quiero hablar de la Navidad porque te vas a llevar un palo. Tocan los de antes. La palabra no puede pasar de moda, la canción de autor no puede pasar de moda. La palabra no muere. Las modas y tendencias sí. Y con perdón, lo digo aquí en Warner, me da igual dónde esté este disco, si en el top no sé qué o en la lista no sé qué. Yo hago este disco para subirme a un escenario dentro de 20 años.

P.—Me ha dicho que tuvo que pedir ayuda a una psicóloga. ¿Se la recomienda alguien? Entiendo que en esos momentos uno tiene que encontrar a la persona adecuada porque si no...

R.—Mi psicóloga está especializada en adicciones de jóvenes en redes sociales. Y me la recomiendan porque una amiga me dice un día: ‘Andrés, no me escuchas ni me miras’. Y me enseñó una movida que te dice cuánto tiempo pasas mirando el móvil. Yo pasaba 10 horas.

Yo hacía scroll y no me daba cuenta de que los que cobraban eran ellos y no yo. Pero es que en Torrelodones, donde yo vivo, la gente se choca por la calle porque va mirando el móvil. Y te cuento otra cosa. He venido a Madrid en tren desde A Coruña. En cuatro horas nadie ha mirado por la ventana. Yo dejé las sustancias ilícitas sin síndrome de abstinencia y he conocido el mono sólo cuando me han quitado el móvil.

Andrés Suárez toca el piano.

Andrés Suárez toca el piano. Sara Fernández EL ESPAÑOL

Pero es que hay adolescentes que se tiran por la ventana si les quitas el móvil. Quizás no lo queremos ver, pero eso pasa.

P.—¿Esa adicción al móvil tiene que ver con su ruptura?

R.—Mi ruptura fue jodida y me pilla con todo esto. No voy a mentir. Inexorablemente los que nos dedicamos a esto queremos agradar y queremos ver los números. El que te diga que no, es un déspota. Que nadie te diga desde una multinacional que no quiere ser escuchado. Salvo Manolo Kabezabolo y tres más que tocan en bares por la voluntad, los demás quieren vender muchos discos, llenar auditorios.... Entonces estás expuesto a eso. Todo es público y te metes en ese bucle y te olvidas de lo que realmente importa, la canción.

P.—Pero acumular muchos seguidores no es sinónimo de tener una carrera larga.

R.—Dicen que los gallegos contestamos con preguntas y te voy a hacer yo una. Tú eres cantautor y te digo: en un mes vas a ganar un millón de euros, vas a ser el número 1 y te vas a hacer un Movistar Arena... ¿Qué haces? Antes el Palacio de los Deportes lo llenaban AC/DC, Sabina, Scorpions... Ahora toca roco, chuchi y tiki, que son nombres de Pokémon de agua. ¿Y por qué? Porque lo petaron en TikTok. Les deseo lo mejor. Pero esto es una realidad y a ver en un año dónde están.

P.—A eso es a lo que me refiero. Igual a corto plazo, pero a la larga...

R.—¡Y cuidado con Hacienda y con lo que gastas! Y ojo, no estoy soltando un speech en contra de los jóvenes. Al contrario, los abrazo y les digo: cuidado porque no os envidio nada. Pero la realidad es que ya nadie habla de la creación, de la palabra... Soy consciente de que mi música no va a ser Trending Topic, pero igual le hace a alguien llorar o reír. Eso es lo que me interesa.

P.—Pasa año y medio metido en todo este proceso. ¿En quién se apoya y cómo sale de aquello?

R.—Hay mucho que ver en Netflix y en HBO, y muchos libros por leer. Cuando dejas de mirar el móvil descubres que puedes hacer muchas otras cosas. Es increíble. Puedes hablar con los tuyos, pasear. Yo vivo en Torrelodones y cuando paseo por allí, la gente, en redes, cree que estoy en Galicia. En ese tiempo me conecté con la naturaleza.

P.—¿Ahora mismo sigue entrando en las redes sociales?

R.—Las tengo capadas. Tengo unas horas de consumo y ya está. Ahora que estoy sacando un disco las vuelvo a mirar porque quiero que guste. Pero he aprendido a ubicarlo todo. El otro día me insultaba un tal Pérgolas en Twitter. Yo soy hijo de gente que luchó por la libertad, así que si le digo a mi madre que se enfadó conmigo el Pérgolas, pues imagínate. Pero me preocupa la falta de protección que tenemos en las redes sociales. Sobre todo, los menores. Todo esto urge.

Pero es que a mí en un bar nadie me dijo que iba a matar a mi madre o a mis hermanos. O que iban a ir a Torrelodones y me iban a matar. Todo esto está en mi Twitter y quiero que lo vean. Es en lo que se han convertido las redes sociales. Y no me borro la cuenta para que les den a los haters. Cuando te quitas todo eso, eres feliz.

Ahora ha habido un suicidio de una chica en Cantabria por todo esto. Por qué no protegemos a los menores. Estamos normalizando que nos insulten. ¿Es normal eso?

P.—¿Odiamos mucho?

R.—Estamos muy enfadados. Yo ubico todo esto en la pandemia. En mi casa entraba gente de derechas, de izquierdas, nacionalistas... Y había besos de sobremesa, risas hasta el alba. Yo dejé los bares porque monté el mío propio en casa. O, mejor dicho, venía esa gente. Porque ahora son fachas y rojos de mierda. ¿Te suena? Algo nos está pasando.

Este verano me fui a ver a un amigo a Formentera, probablemente la isla más hermosa del mundo. Estaba en una cala, en un bar con unas sillas. Soy amigo del dueño. Me llamó y me fui a la cocina, desde donde tiene un ventanuco y se ve todo. Me dijo: ‘¿Ves a alguien que sonría? Te doy 1.000 euros si lo consigues’. La gente estaba enfadada.

P.—Qué tristeza.

R.—Menos dos que estaban en la fase de pasión, el resto enfadados. Entonces, no sé qué nos pasó en 2020 en esta suerte de tambores prebélicos que a nadie le gustan. Pero no mola. Mira cómo están las redes. Pero es que las redes somos nosotros. Así que sí, estoy preocupado. Y eso que no soy padre. Si lo fuera...

P.—Cambiemos de cara. Vamos a la luz. ¿Cuándo va a México, cómo conoce a C...?

R.—A la gente le va a gustar esa segunda parte porque Lúa tiene dos caras. La primera cara es una travesía negra, de mar negro. Y alguien me dijo: ‘No ves nada, pero prepárate cuando veas luces en puerto a lo lejos y suene la orquesta, porque verás a alguien con más luces de las que tienes que te estará esperando en puerto’.

Y de repente me veo en México llorando y escribiendo a C. en el aeropuerto. Hasta vino una señora de seguridad y me preguntó: ‘Joven, ¿está usted bien?’. Y le dije: ‘Yo qué sé’. Y nos dimos un abrazo.

Y después de 30 canciones de rencor, de insultos, escribí: Ella es la palabra que no encuentran los poetas, sed de agua sagrada, noble compañera. Ella es la condena que sueñan los reos, que de tanto que la quiero, me dice primavera. Eso del tirón después de todo aquello. La vida es increíble.

México es mi casa desde hace 18 años, cuando en Libertad 8 me llamaron unas personas con una botella de tequila y me dijeron: ‘Quédate que te vamos a hacer una gira por México’. Me llamaron y me fui. En México se estudia a Serrat en las escuelas, a Aute, a Sabina... Son dioses y tienen plazas en los pueblos. No digo que aquí... Pero nos pegan un repaso. Eso es México para mí. Obviamente, tiene sus partes oscuras que no cuento en esta entrevista porque todos las conocemos, pero México es mi casa.

P.—Y compones una bachata.

R.—Es un homenaje y no un plagio. Fue gracias a mi hermano Alfonso Pérez, hoy director musical de Alejandro Sanz. Él fue el productor de todos mis discos, pero la vida nos separó y 12 años después hemos vuelto a coincidir. Nos sentamos y volvemos a ser hermanos. Entonces él me preguntó si Juan Luis Guerra seguía siendo mi artista mas escuchado. Le dije que sí. Y me preparó una sorpresa, que es esta bachata. Juan Luis es el más grande de todos los tiempos, y que me perdonen los demás.

Así que venía de un dolor muy profundo y de repente aparece una bachata. El productor musical Peter Walsh me dijo: ‘Ya no te duele la voz’. Y es verdad. Comienzo el disco afónico. Yo lloraba al cantar y, de repente, aparece una bachata y tengo azúcar en la voz. Es increíble. Por eso recomiendo escuchar el disco, porque es una travesía, cuenta una historia.

P.—¿Está en el mejor momento de su vida? Los cantautores tienden a la nostalgia.

R.—Cada vez soy menos nostálgico. No llevo bien a la gente que vive con un retrovisor. Se dice que nos volvemos más conservadores con el tiempo y a mí me pasa lo contrario: cada vez soy más progresista. La vida son etapas. Sería vergonzoso que estuviese aquí contigo con resaca y olor a alcohol con mi edad. Sin embargo, a veces vuelves a Libertad 8 y encuentras a los mismos de siempre hablando de lo mismo de siempre. Y sí, fuimos la hostia, pero ahora tienes dos hijos en casa. Sal de aquí. Yo tuve etapas gloriosas, pero, paradójicamente cuando mejor me fue profesionalmente estaba en días infelices. Moraima multiplicó por 10 mi público y yo estaba llorando todos los meses.

Entonces, cuando me dicen: ‘Me flipa Moraima’. Les digo: 'Sí, claro, porque son 15 canciones depresivas'. Ahora no sé si estoy en el mejor momento de mi vida, pero tengo sed de futuro. Lo mejor está por llegar y estoy tranquilo. Agradezco la calma.

P.—Tiene programados dos conciertos en La Riviera y, sin embargo, ya llenó el Movistar Arena en otras giras. ¿Por qué?

R.—La IA va hacia un lado y yo voy al lado contrario. Estamos perdiendo la cabeza. Ahora se hacen canciones de 15 segundos, TikTok... Para ver si aprietas a la peña. Yo vuelvo a los bares. El momento en el que había 50 personas en Libertad 8 cantando, llorando... Eso era la felicidad. Quién te va decir ahora que la Riviera es pequeñita. Son 2.500 personas. Hemos perdido el juicio. Voy a dar pasos hacia atrás que serán pasos hacia delante.

P.—¿En qué cree a sus 42 años? Los jóvenes están recuperando la fe en la religión.

R.—En Galicia. Antes en Libertad 8 entrábamos en silencio porque había un tal Eduardo Aute, un tal Pablo Milanés, un tal Joaquín Sabina... Estaban los maestros. Hoy ya nadie está en silencio. No sé si la fe o la religión nos va a devolver la paz que hemos perdido, pero somos los culpables. Decimos que son las redes o el clickbait. Pero no, somos nosotros.

Antes de 2020 había respeto. Hoy estamos los rojos y los fachas de mierda, hoy estamos en si somos o no religiosos, volvemos a hablar de racismo y homofobia... Ojalá vuelva algo que es el respeto y la educación. A mí me interesa que la gente piense distinto a mí y que podamos hablar.

Andrés Suárez toca el piano.

Andrés Suárez toca el piano. Sara Fernández EL ESPAÑOL

P.—¿Ve a alguien como usted con sus mismos sueños ahora mismo en Libertad 8?

R.—Vuelvo a lo de antes. Yo tengo un estudio de grabación. ¿Tú sabes lo que es que una chavala de 20 años te diga que su carrera está acabada porque no tiene números? Eso está pasando. Me da pena que el talento se mida en cifras. Hay gente que dice: ‘Sólo vinieron 20 a verme’. ¿Sólo? Eres un imbécil. Esa gente ha dejado a su hijo en casa para verte, a su familia...

P.—¿Por eso cada vez más cantantes paran y dicen estar quemados?

R.—Estamos quemados porque nos hacen creer que hay que producir contenido gratuito y rápido. Antes tú estabas un año y medio componiendo, otro año y medio de gira, y luego en la discográfica, te decían: ‘Tómate un respiro de un año y te dedicas a viajar, a componer, a escribir...’. Ahora la gente de las discográficas está perdiendo el amor por el oficio porque sólo hablan del algoritmo. ¿Por qué no volvemos a hablar del sonido, del color del disco...? Quema mucho, sí.

P.—¿Hay que parar?

R.—Dímelo tú que eres periodista. ¿Cuántas series y películas salen que no podemos ver? Una persona de una plataforma me decía el otro día: ‘Hacemos churros, tengo que sacar una serie cada dos meses’. Hay que parar.

P.—De hecho, antes los grandes paraban.

R.—Yo he parado un año porque económicamente es lo que puedo hacer. Pero es que la gente está acostumbrada a que se suba una cosa mañana, otra pasado; hacemos click y tenemos un amigo, hacemos click y tenemos una novia... Se nos está yendo el click de las manos.