Doris y Joaquín con sus hijos, Aaron y Noah.

Doris y Joaquín con sus hijos, Aaron y Noah. Cedida

Sociedad EDUCACIÓN Y LINGÜÍSTICA

Doris, la austriaca que tuvo que dejar Mallorca para que sus hijos aprendiesen español

En 2012, cuando escolarizó a sus hijos en el único colegio público del pueblo de Artá, se encontró con una cara del archipiélago balear muy diferente a la que había conocido desde su llegada en 1995.

Ana Delgado

Doris Burgstaller llegó a Mallorca por casualidad. Aterrizó en la isla desde Austria, su país de origen, para trabajar en la hostelería. Pero España le enganchó. Atracó en 1995 y aún no se ha ido, ni parecía que se vaya a ir nunca. Pero la isla que le acogió llena de vida cuando era joven y entusiasta acabó echándola hace dos años.

Doris conoció a su marido, Joaquín López, de origen asturiano, y se instalaron en Artá, un pueblo de unos 6.000 habitantes situado en la isla más grande de Baleares, perteneciente a la comarca de Levante. Allí nacieron sus hijos: Aaron y Noah. A la austriaca y a su familia les encantaba la vida en el pueblo por las playas, las tradiciones y la pertenencia a una comunidad pequeña: “Éramos los últimos que nos íbamos de las fiestas”, explica Doris a EL ESPAÑOL. Todo cambió en 2012: cuando la familia López Burgstaller escolarizó a sus hijos en el único colegio público del pueblo, se encontró con una cara del archipiélago balear muy diferente a la que había conocido hasta el momento.

Dar castellano, un "castigo" para los niños

“Cuando fui a hacer las matrículas marqué la casilla de castellano para mis hijos, pero el secretario del colegio me dijo que no podía, que tenía que marcar obligatoriamente la del catalán. Yo le dije que no porque la ley permitía la libre elección de la primera lengua, pero él me contestó que en ese colegio no”, relata a EL ESPAÑOL. Le dijeron que allí las cosas no iban así. Entonces Aaron tenía cinco años y Noah tres, edades fundamentales para el aprendizaje de los niños, ya que comienzan a leer y a escribir. Fue el primer contacto con el nacionalismo catalán. Un contacto que lo cambiaría todo.

“Después hablé con la directora del cole y con el secretario y me dijeron que si quería que mis hijos estudiaran en español iban a estar arrinconados y sin amigos, porque serían los únicos de la clase que estudiaran en esa opción. La directora llegó a decirme que los niños podían aprender castellano viendo la tele”. El curso comenzó sin clases de español.

En enero de ese año, y tras varias reuniones, a Doris y otras tres familias -cinco niños en total- que habían luchado porque sus hijos estudiasen en español -amparados por la ley balear de 1986- el colegio les presentó los nuevos horarios: “Daban clases de castellano 20 minutos antes del recreo, para lavarse las manos y comerse el bocata, y 30 minutos de los 45 que tiene su descanso, por lo que su recreo se quedaba en 15 minutos”, cuenta la austriaca. “Además, las clases, si se podían llamar así, no se daban en un aula, sino en pasillo con cristaleras que daban al patio. Mientras el resto de alumnos estaban en el recreo ellos daban clase, pero no aprendían nada porque jugaban a aburridos juegos de mesa, como el parchís, y sólo contaban hasta seis. Daban 45 minutos de español frente a las seis horas que exigía la ley”.

Doris con Aaron y Noah.

Doris con Aaron y Noah. Cedida

Según explica Doris la medida fue un “castigo” para los niños, que se sentían fuera de lugar: “A las dos semanas de empezar con ese nuevo horario mis hijos me dijeron que odiaban el español y que ellos querían jugar al fútbol como los demás. Fue un maltrato para ellos”.

"Nuestro calvario"

Ni Doris ni Joaquín sabían qué hacer ante esa tesitura, pues querían que sus hijos aprendieran bien su idioma materno, pero no querían que se sintieran excluidos. Comenzaron a tocar todas las puertas y llegaron a llamar hasta al Ministerio de Educación, pero nadie les daba respuesta. “Por casualidad nos encontramos con la Fundación Círculo Balear y nos dijeron que no era legal lo que estaban haciendo con nuestros hijos: no podían quitarles el recreo. Entonces, reaccioné y pensé que no íbamos a parar aquí aunque tuviera que dejarme el sueldo en abogados”.

Pero la lucha les iba a costar mucho más el sueldo. Emprendieron una batalla legal y denunciaron al colegio, salieron en diferentes medios y “ahí empezó nuestro calvario”, cuenta Doris. “En cuatro días el pueblo se echó contra nosotros, pasamos de ser una familia más, de estar súper integrados a que empapelasen la entrada del colegio con carteles contra nosotros. Nos decían que estábamos contra la cultura de la zona, que odiábamos el catalán y que éramos infiltrados del PP. En todo el pueblo nos quedó solo una amiga, era la única que nos hablaba. Ella era pro catalanista, pero entendía que estábamos en nuestro derecho a elegir en qué idioma estudiaban nuestros hijos. Era la única que nos hablaba y a su hija de cinco años el resto de familias la castigaban no invitándola a los cumpleaños del resto de niños”.

El deseo de Doris y Joaquín de que sus hijos estudiasen en español les costó los nervios y la convivencia, hasta el punto de que los vecinos que les acosaban tenían apuntada la matrícula de su coche. Llegaron a recibirlos en la puerta del colegio en una suerte de concentración pro catalanista.

Las zancadillas del lenguaje

La familia López Burgstaller se había convertido en la diana de buena parte de Artá. Llegaron a reunirse con la consellería de Educación, quien le pidió al colegio que modificaran esa situación, pero la dirección del centro no hizo nada: "Un alto cargo de la Consellería llamó delante nuestra al director para decirle que no podían dar castellano así, las clases no llegaban al mínimo exigido por la ley y no les podían quitar el recreo a los niños". Esa llamada no cambió nada. "Un mes más tarde la Consellería envió una resolución al cole dándonos la razón". Pero no cambió nada.

"Dos días después apareció en el colegio un escrito de los profesores que decía '¡Basta ya de mentirosos!'. Se referían a nosotros, pero no mentíamos. ¡La Consellería nos había dado la razón!", explica Doris. "En esa época el ambiente era tan tenso que cuando llegábamos al parque con los niños la gente se iba y nos quedábamos solos".

Algunos carteles que ponían en el colegio.

Algunos carteles que ponían en el colegio. Cedido

Cuando comenzó el curso Doris y Joaquín no pudieron más y decidieron irse, pusieron el piso en venta, su marido pidió el traslado de la factoría de Repsol donde trabajaba y después de Navidades ya estaban instalados en Palma de Mallorca. Intentaron comenzar de nuevo pero aún les quedaba una "última zancadilla". "Nos asignaron un colegio concertado y al principio no había problema, pero cuando teníamos todo organizado y todos los papeles aceptados, nos comunicaron que no éramos una familia apta. El director del colegio de Artá había hablado con el nuevo centro. Me entró un ataque de nervios, me temblaban las piernas. Lloré, pero fui clara: mis hijos iban a ir a ese colegio".

Muchos días y muchos papeles más tarde consiguieron solucionarlo todo. Pero Palma sólo iba a ser una parada en el camino. Los López Burgstaller lo tenían claro: no querían volver a pasar por esa situación. Iban a empezar de nuevo muy lejos. En Gijón. 

Si te movilizas "te arruinan la vida"

De las cuatro familias que pasaron por esa situación en Artá, tres abandonaron el pueblo, curiosamente en una situación parecida a la de Doris y Joaquín. De las dos familias, las dos madres eran alemanas y querían que sus hijos aprendieran bien el castellano que en casa se mezclaba con otro idioma. La otra familia, como tenía un negocio en el pueblo, irse no era la mejor opción.

Doris advierte que su situación "no fue una excepción ni un caso aislado. En 2012 en la isla había unas 2.300 denuncias por lo mismo". La austriaca se afirma que a quienes se atreven a movilizarse le "arruinan la vida" y que es muy difícil hacerlo cuando "tienes un negocio, tus raíces o tu familia" allí. "Un día me puse a hablar con una persona que defendía el catalán y le pregunté que si por la defensa de una lengua ellos tenían derecho a pisotear mis derechos cuando la ley me amparaba. Me contestó que sí. Comprendí que estaba perdiendo el tiempo, con los fanáticos no se puede hablar".

Ahora, Doris lleva a sus hijos a un colegio donde puede elegir qué tipo de plan educativo tiene, nadie les amenaza y los niños pueden comerse el bocata y jugar al fútbol en el recreo con los demás. Todo esto tras una lucha que les obligó a marcharse de la isla que les acogió durante más de diez años. "Ahora sólo me queda la memoria y el recuerdo de cómo tenía que corregirles a los profesores de mis hijos las faltas de ortografía cuando me enviaban cartas en castellano, siendo yo austriaca".