Macron, en el coche, durante la visita de Estado.

Macron, en el coche, durante la visita de Estado. Efe

Política VISITA DE ESTADO

Un espía en el homenaje secreto de Macron a los fusilados por los franceses el Dos de Mayo

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Emmanuel Macron acudió en secreto al Monumento a los Caídos por España, homenajeando a los fusilados por los franceses durante la invasión de 1808.

El acto no fue publicitado y apenas contó con un pequeño grupo de curiosos como testigos, sin presencia de representantes del Gobierno español.

El homenaje incluyó la interpretación de los himnos nacionales y una ofrenda floral, con Macron guardando silencio ante el sarcófago de los caídos.

La visita coincidió con la suspensión por parte del Senado del Tratado de Amistad con Francia, en medio de tensiones políticas entre ambos países.

Como en una metáfora de nuestro tiempo, la llama del patriotismo en España está siempre encendida, pero apenas se ve porque hay un montón de árboles delante. El Monumento a los Caídos por España, en el Paseo del Prado, no tiene nada que ver con Franco. Es más, la primera piedra se colocó durante el Trienio Liberal en 1821, aquellos que serían sepultados por los nacionalcatólicos.

Esta tarde, por primera vez en mucho tiempo, se arremolinaba un grupo de curiosos para intentar atisbar algo al otro lado de los árboles. Sentados en el parque de los columpios al otro lado de la calzada, parecíamos el título de la novela de Hemingway: “Al otro lado del río y entre los árboles”.

Dos banderas enormes allí plantadas, una de Francia y otra de España, eran ya en sí mismas una noticia. Porque ese altar de llama siempre –literalmente– encendida se levantó como homenaje a los españoles que fueron fusilados por los franceses en la invasión de 1808.

No sabíamos del acto porque apenas se había publicitado, pero nos subimos a un banco porque la policía preparaba la llegada de “una autoridad”. Y tenía que ser Macron. El presidente de Francia se acercaba con su comitiva de coches largos y oscuros para rendir homenaje a los españoles que fueron ajusticiados por sus ascendientes.

Macron –lo ha contado varias veces– es un firme admirador del general De Gaulle y de su obra suprema: “La Resistencia”. Se trata de una obra de ficción porque La Resistencia como tal no existió. Los franceses se dejaron invadir por Hitler, pero hubo un loco que se plantó en Londres y le dijo a Churchill que lideraba “La Resistencia”.

El loco tecleó un discurso formidable, lo leyó en una radio inglesa –nadie lo escuchó en París– y se puso a forjar la leyenda de que existía todo un ejército resistente de franceses para responder al nacionalsocialismo. Se lo creyeron.

Es decir: el patriotismo francés de hoy se construye en gran medida sobre una mentira. Y es lógico que así sea. Las identidades nacionales –nos explicó un día el profesor Álvarez Junco– se construyen sobre los mitos. La cabronada es que en España construimos mitos para lo contrario: para disgregarla. ¡Y eso que tenemos a mano un mito tan fácil como la Transición! Por eso, es una pena que no hubiera ningún miembro de nuestro gobierno escrutando la ceremonia.

En esto pensábamos mientras Macron se bajaba del coche. No éramos muchos, quizá veinte o treinta, los que mirábamos. La mayoría estábamos allí por casualidad. No había fotógrafos. No había un presidente que actuara así porque le miraban.

Los franceses con su ‘grandeur’ –otro mito– generan estos rituales para ir construyendo de fondo una fortaleza nacional: aunque vengan mal dadas, como les vienen ahora, la República sobrevivirá. Francia es la Resistencia –minoritaria– enterrando el colaboracionismo –mayoritario–. España es los independentismos –minoritarios– enterrando legislativamente la identidad nacional –supuestamente mayoritaria–.

Tuvimos nuestro mito en el 2 de Mayo: creemos que a los franceses los echamos nosotros, pero quien de verdad los echó fue el Duque de Wellington. Macron, con gesto serio, detenido ante las bandas de música militares, afrontaba la subida de las escaleras como el que se cita momentáneamente con la Historia. Sánchez también delira, pero siempre delira como el que conduce en dirección contraria.

El monumento no está allí, en la Plaza de la Lealtad, por casualidad. Macron pisaba el mismo lugar en que las tropas de Murat fusilaron a los guerreros madrileños tras el levantamiento popular. Y notábamos desde el otro lado de la carretera que lo sabía. Macron conoce bien la Historia de España, sobre todo a través de los libros de uno de sus escritores favoritos, Javier Cercas.

No es este un homenaje a la obra política de Macron, que tiene lo suyo y que atraviesa un momento de muy baja popularidad, sino a su manera de entender el cargo. Otra vez De Gaulle: “Llevo toda la vida intentando hacerme una cierta idea de Francia”. Y del mundo. Eso se percibe en sus actuaciones en Bruselas y frente a Putin o Trump. ¿Alguien sabe, partidario o detractor, cuál es la idea de España de Sánchez?

Cuatro esculturas tiene el monumento: el Valor, la Constancia, la Virtud y el Patriotismo. Y a la altura de la mirada de Macron, en el sarcófago de piedra, los restos de los fusilados aquel día. Desde 1909, también los de Daoiz y Velarde.

Sonaban los himnos de Francia y de España. Se iba acercando sostenida en el aire una enorme corona de flores. Es una pena que Macron no diera la vuelta al monumento. Porque creemos que no vio la parte escultural donde un león –Francia– aparece intentando devorar a un niño que sostiene el escudo de los reinos españoles y una lanza –España–.

Esta visita, la de un jefe de Estado extranjero frente al monumento al soldado desconocido, es común a muchos protocolos. Pero ahí había algo distinto. Macron guardó silencio mirando el sarcófago durante varios minutos. ¿Qué pensaría?

¿Y qué pensaría Sánchez mirando un sarcófago? Es injusto compararlos porque Macron es jefe del Estado y Sánchez, aunque a veces se confunda, no.

Cuentan las crónicas francesas que una de las últimas maniobras de distracción de Macron fue convocar al Elíseo a los jefes de todos los partidos. ¡Bendita maniobra! Uno haciendo maniobras de distracción que mete a todos en la misma habitación y el otro haciendo maniobras de distracción que expulsa de la habitación a todo el que no piensa como él.

Macron, en parte por su egolatría, viene siendo emparedado por la extrema izquierda y la extrema derecha, pero ha tenido la virtud de conjurar los dos extremos por igual. Macron, por cierto, era socialista.

La llama votiva que miraba Macron en silencio fue colocada en 1985 para ampliar el homenaje del 2 de Mayo a cualquier español muerto en servicio. Fue colocada… en tiempo de un gobierno socialista.

Un aplauso puso fin al acto y nos sacó del letargo. Sonó una alerta en el móvil: el Senado había suspendido el Tratado de Amistad con Francia. El PP no quiere que un ministro francés pueda sentarse en nuestro Consejo y viceversa porque las deliberaciones son secretas, según la Constitución.

¡Está loco Feijóo! ¡Pero si era la manera de propiciar un intercambio! El Congreso podrá enmendar al Senado. Menos mal. Au revoir, Sánchez. Bonjour, Macron.