Santos Cerdán, en la comisión de investigación del Senado.
Recuerdo aquel día, en Sevilla, en el Congreso Federal. Santos, nuestro Santi, nos miró y nos dijo que había un "maremoto" totalitario en España. Le perdonamos la ausencia de expresividad porque nunca ha sido una virtud que nos adorne a los navarros.
Dadle un "maremoto", totalitario o no, a Roberto Brasero y sabréis de lo que hablo. Ninguno saldría de casa.
A Santi, el meteorólogo de Milagro, también debemos disculparle su error en el pronóstico. En Navarra no tenemos mar desde que, en 1814, Fernando VII devolvió por última vez Fuenterrabía, ¡aúpa Hondarribi!, a los guipuzcoanos.
Entonces, nos pasa de vez en cuando, miramos al mar y, por la falta de práctica, a la mínima que se mueve un poco, divisamos un maremoto totalitario.
Ese día, en Sevilla, tuvimos un corrillo con Santi, que andaba lijando el ataúd de Juan Lobato. Nos dijo muy serio que no todos eran iguales, que nada era lo que parecía, que saldrían inocentes y que Sánchez merecía gobernar hasta la eternidad.
Pensamos en Fernando VII, la playa de Hondarribi y no se lo dijimos.
El caso es que esos días y los que vinieron Santi mencionaba mucho a su hija delante de todo el que se le acercaba. Le había explicado –decía– que no todos eran iguales, que no todos eran unos corruptos.
Cuando uno pone a un hijo como escudo, es difícil desmontarlo. Porque los hijos, se tengan o no, son sagrados.
Le decía Santi a su hija, tranquila, no todos somos iguales, no hagas caso a lo que te digan.
No sabemos si Santi le mintió a ella o solo nos mentía a nosotros. Además, eso no nos incumbe periodísticamente; forma parte de su privacidad. Pero sí debemos consignarlo para explicar hasta qué punto fuimos engañados.
Resulta que Santi, de Milagro, pasó de trabajar como técnico en una planta de alimentación a ser el hombre que decidía la soberanía nacional en sus charlas con Puigdemont. No hay clasismo en esta afirmación, sino sorpresa. Era el ascensor social más arriscado de la Democracia.
Tenía mucho mérito. Santi formaba parte de una de las delegaciones socialistas más desprestigiadas de España. La del primer presidente autonómico en la cárcel, la del caso Roldán.
Era un partido, el socialista de Navarra, descalabrado y que sólo podía gobernar como Sánchez: perdiendo elecciones y pactando con los nacionalismos, como finalmente hizo.
La herida de ETA, el veneno de la serpiente, arrebató la intuición política a UPN: todos los partidos son herramientas verticales de poder. ¿Qué creían? ¿Que el PSOE, por principios, iba a dedicarse a investir presidentes de UPN por los siglos de los siglos?
Los socialistas navarros dejaron pasar el tiempo y, en cuanto tuvieron permiso de Madrid, entregaron la alcaldía de Pamplona a Bildu a cambio del gobierno de Navarra. Ese es más o menos el acuerdo tácito: quien tenga más votos de entre los dos gobierna con tal de que no lo haga UPN.
Era un proyecto maquiavélico, inédito, pero a salvo, parecía, de la corrupción. Esa era la diferencia entre Sánchez y González; entre Cerdán y Roldán. Habían entregado a Bildu el poder, pero nadie podía achacarles una falta de honestidad pecuniaria.
Conforme pasaba el tiempo, nos sorprendía que nadie en el PSOE esgrimiera ese argumento: "Nosotros habremos vendido el partido, pero jamás hemos robado como robabais vosotros en los noventa".
No lo decía ni Óscar Puente, que empezó a recorrer periódicos, radios y televisiones para cargar contra la vieja guardia. No lo decían… porque la UCO, la Udef y los jueces iban a decir justo lo contrario.
Habían hecho todo eso y, además, nos robaban –presuntamente hasta que lleguen las sentencias– a manos llenas.
Tiene mucho mérito que lo lograran. Psicológico y logístico.
Psicológico porque resulta asombroso que nuestro Santi, que vivió en primera persona el hundimiento del PSOE navarro por la corrupción, se inmiscuyera en dos tramas. La de Ábalos y la de las cloacas –según los escritos de la Justicia–.
Logístico porque, sin poder real, consiguieron llevar la trama desde Pamplona a Madrid. ¡Con lo que cuesta llevar cualquier cosa de Pamplona a Madrid! ¡Virgen de la catenaria! No hay un solo tren que llegue a su hora. Algunos incluso no llegan.
Se reunían en el Franky, un bar frente al Palacio de Justicia. No somos expresivos, pero somos valientes, los navarros. Y ahí empezaba lo de los lavados, Acciona y todo eso.
Después, nuestro Santi, el renacimiento de El Pensamiento Navarro –no hay ironía en esto–, tuvo la genialidad de detectar en la personalidad de Ábalos una oportunidad para el negocio de sus vidas.
Koldo, su Koldo, podía darle a Ábalos todo lo que Ábalos quería de la vida: protagonizar todas las canciones de Sabina. Se lo ofreció y ya estaba estrenado el AVE que jamás llevarán a Navarra: el que conectaba la trama navarra con el Ministerio de Transportes.
A Koldo lo conocía hasta el presidente Sánchez, que lo vio partir troncos en directo, con camiseta blanca de tirantes. ¿Cómo te va a traicionar un hombre que parte troncos con una camiseta blanca de tirantes?
Santi sabía que Koldo había sido condenado por hostiar a un chaval que había puesto en entredicho… ¡la unidad de España! La trama era más elástica que Nadia Comăneci. Iba a funcionar.
De repente, Santi viajaba más que en toda su vida. Era como si Osasuna, tras enlazar treinta o cuarenta noches locas, ganara La Liga en un inesperado resacón. No se le borró ese brillo de la mirada a Santi. El de la incredulidad. ¡Cómo era posible!
Debía de estar cansado. Esconderse es mucho más cansado que corromperse.
El final de la trama no se corresponde en absoluto con el arranque. Santi –otra vez según el auto del juez– armó una cloaca creyendo que los iban a pillar.
Confió en Leire. Le puso un sueldo de cuatro mil pavos al mes. ¡Santi, que había desconfiado siempre, como buen socialista, de quienes cobraban esos sueldos tan altos!
Eran los cien mil hijos de San Luis –"Luis" se dice "Koldo" en euskera– y fueron instruidos, y pagados, para socavar el prestigio de cualquier juez, fiscal o guardia civil que osara descubrir la primera trama, la que nació en Navarra y luego enlazó con Ábalos.
Para no liarnos: primera trama –la navarrica enlazada con Ábalos–, segunda trama –las cloacas montadas para tapar la primera–, tercera trama –la de Zapatero–.
Por cierto, uno de los territorios todavía ignotos es la relación entre el trío Santi-Koldo-Ábalos y el binomio Zapatero-Julio Martínez. ¿Qué pensaban una trama de la otra? ¿Se descubrieron? ¿Se boicotearon?
España es un país tremendamente católico, por mucho que Vox se empeñe en convencernos de lo contrario. Santi es el ejemplo paradigmático. Muchos lo creímos porque no se iba de putas.
En cuanto se publicaron las informaciones referidas a Koldo y a Ábalos, los medios nos volcamos.
Era tal la lujuria, que se aparecía como imposible la opción de la honestidad. Alguien que se va de putas y engaña a su mujer es necesariamente un corrupto, veníamos a decir por herencia nacionalcatólica.
Santi, en cambio, cuidaba mucho a la Paqui. Era y es un tipo familiar, de los amigos del pueblo de siempre, que no alternaba con sus compañeros de partido. Él era, personalmente, otra cosa.
Por eso, venía a los corrillos, nos hablaba del maremoto y decíamos…"las cosas de Santi".
Lo tuvimos muy cerca y jamás lo vimos. La oficina de Servinabar, la de su amigo Antxon, estaba justo encima de El Tinglado, el bar de nuestras copas. Y de las suyas, supongo.
Tampoco vio nada María Chivite, la presidenta de Navarra, cuya miopía tiene todavía mucho más mérito que la nuestra.
Es una lección que acuñó a pocos metros, en la Plaza del Castillo, el general Mola. Preparando el golpe de Estado en los sanfermines del 36, tuvo que decidir cómo hacerlo. Y tomó una decisión: mejor, a la vista de cualquiera, que se nota menos.
Están las fotos: en el Gayarre, en la terraza del Iruña… Como están las fotos, tantos años después, de Santi y toda la cuadrilla en El Burladero, en el Savoy, en la Plaza de Toros…
Lo escribió Shakespeare en el frontispicio de sus Trabajos de amor perdidos: "¡Navarra será un día la vanguardia del mundo!".
Ocurrió cuatrocientos años después. Nació en Milagro y se llamó Santos.