Pedro Sánchez y María Jesús Montero, en la sesión de control al Gobierno de este miércoles. Efe
María Jesús Montero quiere ser Hannah Arendt: acusa al PP de banalizar la guerra y hacer chistes con ella
Se trata de cerrar los ojos bien fuerte. Es sólo cuestión de fe. De creer. Subes a la tribuna de prensa del Congreso, doblas la esquina a la altura del retrato de Patxi López, le besas en los labios, desenrollas metódicamente el pinganillo de Puigdemont y te lo colocas en la oreja.
Entonces, habiendo cumplido este itinerario, en ese orden y sin alterar ninguno de los pasos, ocurre. De verdad que ocurre. Cierras los ojos muy fuerte, los abres, miras a la bancada del PP. Y ahí está.
El mismísimo Adolf Eichmann. El padre Feijóo, reconvertido en Eichmann. Un verdadero banalizador del mal. Un auténtico amante de las guerras.
Si el Gobierno logra este ejercicio de brujería con un diputado que tiene pinta de jesuita, qué no va a conseguir con la derecha que sí tiene pinta de derecha, o con el Figaredo de Vox que termina sus intervenciones dando golpes al micrófono.
La nueva estrategia del tardosanchismo ha quedado inaugurada esta mañana de miércoles en la sesión de control a la oposición. Feijóo ha preguntado por las elecciones –diez de doce derrotas por solo dos victorias, una del PSC y otra del PNV– y Sánchez ha contestado con la guerra de Irán.
Esto no tiene importancia. El quiebro espacial se produce semana tras semana. No hay posibilidad de un diálogo inteligible. Lo que sí merece unas cuantas líneas es el procedimiento en este nuevo quiebro: acusar al PP de banalizar la guerra y hasta reírse de ella.
Que dicho sin eufemismos supone acusar al PP de alegrarse de que maten a la gente por los confines del mundo.
Menos mal que los votantes en general no siguen lo que ocurre en el Parlamento, pero imaginemos que usted, lector, fuera a una gasolinera o al teatro y pensara que el de al lado es Eichmann; que el de al lado está feliz de que asesinen a unos cuantos niños en Oriente.
Si se le niega al adversario la posibilidad de estar en el bando de los derechos humanos, los adversarios pasan a ser enemigos. Y los enemigos, al contrario que los adversarios, no se derrotan, se destruyen.
Sánchez, el primero en hablar, ha sido el que ha deslizado esa idea, pero luego le ha seguido María Jesús Montero, que es la versión popular del sanchismo. La copla exagerada del presidente.
María Jesús Montero pone adjetivos gruesos y exageración a Pedro Sánchez, de lo que quizá cabría traducir que su descalabro en Andalucía también vaya a ser más exagerado que los de Extremadura y Aragón.
“Alienta a quien incendia y luego alerta de los efectos del humo que provoca el incendio”, le ha dicho Sánchez a Eichmann algo melifluo.
María Jesús Montero, que tiene la valentía y el arrojo, eso es cierto, de afrontar todas las preguntas que no afrontan sus compañeros, ha acusado al Partido Popular directamente de “banalizar la guerra”.
Ha sostenido esa tesis varias veces. Entonces, hemos hecho el mismo recorrido. Subir las escaleras hacia la tribuna de prensa, doblar la esquina a la altura del retrato de Patxi, besar a Patxi en los labios, desenrollar el pinganillo de Puigdemont y ponérnoslo…
Y si el pobre padre Feijóo era Eichmann, ahí estaba Hannah Arendt. Describiendo con más gracia y diversión la banalidad del mal. “Los chistes” y los “chascarrillos” del PP, ajenos a cualquier sufrimiento humano.
“La guerra es muy seria”, ha proclamado Arendt desde su escaño. Tan poseída estaba del personaje que se ha quedado sin tiempo y ha dado un golpe al micrófono para devolverlo a su sitio.
Nos saben los labios a óleo.