Michael Ignatieff, uno de los intelectuales liberales más reconocidos del mundo, en su casa de Viena.
Ignatieff, gran pensador liberal: "España debe tener puerta y muro, y regularizar sólo a quien no tenga antecedentes"
"Si España no invierte más en Defensa, el resto del mundo puede pensar que no quiere jugar el partido de la construcción del nuevo orden".
"La operación contra Maduro ha abierto el mundo a los depredadores. Si llega la democracia a Venezuela, el precio habrá sido muy alto".
Es como si la biografía de Michael Ignatieff (Toronto, 1947) y la geopolítica fueran un mismo álbum. Un periódico que puede leerse de adelante atrás y de atrás adelante. Como una kalinka; un estribillo que se repite y se repite.
Ignatieff, este hombre de suéter oscuro que deja varios segundos de silencio y paseo al pensamiento antes de responder, debería ser el verdadero autor de esa frase apócrifa que se atribuye a Mark Twain: “La historia no se repite, pero rima”.
Para saberlo (casi) todo de él, conviene acercarse a su “Álbum ruso”; un viaje literario a sus orígenes. El Ignatieff que ahora tenemos enfrente y que nos atiende con paciencia proverbial en una Viena a cinco grados bajo cero –¡qué frío hace en el liberalismo!– es una de las últimas ramas del árbol de la aristocracia rusa.
Su bisabuelo fue ministro del Interior en el Imperio; el encargado de restaurar el orden tras el asesinato del zar Alejandro II. Su abuelo fue ministro de Educación con Nicolás II.
Después vino el exilio. La Revolución. Octubre, Lenin, el Palacio de Invierno, Potemkin. Pero la pasión política de los Ignatieff no murió con los bolcheviques.
Su padre, en la Inglaterra de Churchill, comenzó a jugar un papel relevante como diplomático canadiense. Y su madre, ennoviada entonces con un soldado que moriría en el campo de Buchenwald, era estenógrafa de la Inteligencia británica.
De ahí, de todo eso, nació este Ignatieff, Michael, que se crio en una navegación continua por los destinos paternos: Washington, Belgrado, Londres, París, Ginebra, Ottawa.
Quizá lo más impactante para un español sea constatar cómo este Ignatieff pudo canalizar su pasión política de juventud… ¡en el liberalismo! Porque el liberalismo era poder en Canadá. Y lo sigue siendo ahora con Mark Carney, al que conoce bien, y de cuyo discurso en Davos vamos a hablar.
Las ideas del discurso de Carney, en el fondo, son muy parecidas a las que lleva escribiendo Ignatieff desde hace décadas. Aunque él, casi siempre excesivamente modesto, repite: “Lo conozco mucho, pero no tengo nada que ver”.
El joven Ignatieff recaló en Inglaterra a finales de los setenta. Se hizo famoso como presentador de radio y televisión. Columnista estrella de The Observer. Acabaría haciendo una serie de relumbrón sobre el nuevo nacionalismo, que volvía a prender fuego a Europa en los Balcanes.
Resulta extraño encontrar a un intelectual completo de esta talla: éxito como libretista de teatro, como periodista, como novelista y como ensayista. Profesor en Oxford, en Harvard, en Cambridge.
Y no seguiré por si algún lector ha desayunado melocotón en almíbar; para que no se empache de halagos azucarados. A Ignatieff, todo esto no se lo decimos, porque le incomodaría. Con un poco de suerte, quizá no lo lea.
La biografía de éxitos podría haber acabado ahí, pero se cruzó una propuesta que su ¿ego? ¿deber moral? no supo rechazar: intentar ser primer ministro de Canadá. Lo convencieron, lideró el Partido Liberal, fue jefe de la oposición… y se estrelló.
De ahí salió su libro más conocido, “Fuego y cenizas”, que está hoy en la mesilla de la gran mayoría de políticos liberales –y muchos iliberales– del mundo. ¡Menos mal que Ignatieff se estrelló! Los canadienses se quedaron sin un buen primer ministro, pero los españoles tenemos un libro cojonudo.
Hoy reside en Viena e imparte clases sobre Política y Derechos Humanos. Hoy, en el hoy más concreto, atiende pocas horas después del mediodía nuestras mil preguntas sobre lo que sucede en el mundo.
Debe comprenderlo: la soledad de un periódico liberal en un país sin liberales. Y de pronto, ¡al fin!, Ignatieff.
*Toda su obra puede encontrarse traducida al español en la editorial Taurus
Me alegré mucho de que usted sobreviviera cuando vino a recoger el Premio Princesa de Asturias. Es increíble que no lo matáramos. Fue un milagro. Ya sabe que en España llevamos siglos asesinando a los liberales.
No estoy seguro de qué significa ser liberal. Y menos en España [se parte de risa]. Para mí, ser liberal es conducirse con moderación y asentar los razonamientos en pruebas. Ser liberal es creer en la importancia de la actuación individual. Estar en contra del terror y del miedo. Suscribirse a todo esto a la vez.
Soy consciente de eso que usted explica sobre la historia del liberalismo español. Creo que en el PP hay algunos liberales. Ayer, pensando en esta entrevista, estuve analizando la situación… La polarización en España es más aguda que en casi cualquier otro país europeo. Y eso me parece un motivo de gran preocupación.
Eso que usted acaba de hacer, intentar definir qué es ser un liberal en lo cotidiano, resulta una cuestión engorrosa… sobre todo para los liberales. Lo hemos analizado en esta sección con Vargas Llosa y Pedro Schwartz.
Y los liberales empeoramos esas dificultades porque vamos por ahí diciéndole al mundo que somos las únicas personas racionales en la sala. Eso hace enloquecer a los socialistas y a los conservadores.
En España, durante la Transición, hubo un proyecto de centro que recogía un movimiento liberal. Después, recientemente, ha habido un par de intentos fallidos. ¿Cómo es un país donde no existe ninguna formación liberal en el Parlamento?
El mayor riesgo de la ausencia de liberalismo es la polarización de la que le hablaba; una ruptura del propio sistema político. Si no hay ningún partido puente que trabaje con ambos lados, la democracia corre el peligro de no funcionar. Pero todo esto es muy cambiante. Mire a los Países Bajos.
Donde todo ha cambiado de golpe.
Hace aproximadamente un año, hablaba con un amigo liberal que estaba en la oposición y se imaginaba allí durante mucho tiempo. Ahora, boom. El partido de mi amigo puede formar gobierno y liderar el país. Así que los rumores sobre la muerte del liberalismo siempre son prematuros.
Conforme se celebran elecciones, tanto en Europa como en América, van creciendo las formaciones de extrema derecha. Con la crisis de 2008, tuvieron su oportunidad los partidos de extrema izquierda. ¿Cuáles son las claves más importantes de este viraje?
La crisis de 2008 fue brutal, particularmente en España. Recuerdo algunos viajes allí en esos años: la tasa de paro juvenil era aterradora; andaba por el 30% o el 40%. La realidad se estaba comiendo a los jóvenes y eso fue aplastando a los partidos centristas. La crisis creó fuertes incentivos en la extrema izquierda.
En el fondo, las consecuencias de esa crisis siguen siendo ahora uno de los motores clave de la extrema derecha. Se activan preocupaciones legítimas. Ahora, la principal preocupación legítima sobre la que crecen estos partidos es la inseguridad en las fronteras.
El debate de la inmigración.
Y estos partidos dicen: “Hemos perdido el control del Estado y cualquier nación debe tener el control de sus fronteras”. Esa sensación de descontrol despierta una ansiedad profunda entre los ciudadanos.
Después, está el debate sobre las prestaciones del Estado del Bienestar. Pongamos por caso Dinamarca, un sistema muy generoso en ese sentido. Y estos partidos dicen: “Construimos este sistema para nosotros y, ahora, lo están desbordando personas que no pertenecen a nuestra sociedad”.
Ese está siendo el debate en los territorios donde crecen estos partidos. El debate de campaña ante las elecciones.
La pregunta “quiénes somos” despierta un gran nerviosismo. ¿Qué es España? ¿Qué es Dinamarca? ¿Qué es Canadá? ¿Qué son los Países Bajos? ¿Qué es Alemania? Y eso estimula debates nacionalistas. Los liberales, creo, han sido débiles en estos debates.
¿Por qué?
Los liberales pensamos: “Oh, el nacionalismo es una emoción negativa e irracional”. Pensamos que hay una preocupación desmedida por las fronteras. Yo no lo creo. Es deber de un Estado garantizar la integridad de las fronteras, porque la soberanía del Estado depende de eso. Ninguna sociedad puede asumir un flujo indefinido de inmigración. Le contaré lo que pasa en mi país, en Canadá.
Adelante.
Canadá, como todo el mundo sabe, acogía hasta hace poco alrededor de un millón de inmigrantes al año. El apoyo a ese nivel de inmigración comenzó a derrumbarse. Parecía haberse descontrolado y haber empujado al alza los precios de la vivienda. La inmigración se volvió de pronto impopular. ¡En el país más generoso del mundo con la inmigración! Pues sí. En Canadá, la inmigración llegó al límite.
Habrá visto la regularización de medio millón de inmigrantes recientemente anunciada por el presidente del Gobierno de España.
España es el único país de Europa que está tomando ese camino. Tiene todo el derecho a hacerlo. El gobierno socialista acaba de decir: “Queremos acoger mucha más migración de América Latina, puesto que se les están cerrando las puertas en Estados Unidos”.
Pero usted, ¿qué piensa?
Si la economía española está en auge, lo cual es estupendo, es una decisión posible. Si el gobierno de Sánchez considera que puede absorber ese volumen de inmigración, pues fantástico. Lo que no debería hacer es descuidar el control de la inmigración ilegal.
"El Gobierno de España no debería descuidar el control de la inmigración ilegal"
Los socios europeos están presionando contra esa regularización.
Yo le digo dos cosas a usted, no a Sánchez [sonríe]: España debe hacer lo que considere. Ningún otro Estado europeo debe decirle a España lo que tiene que hacer. Pero España también debe vigilar lo que ha pasado en Canadá: asumir una inmigración demasiado grande se puede convertir en un problema.
Principalmente por dos cuestiones: la integración en el mercado laboral y en el mercado de la vivienda. Eso va a generar problemas políticos. Si estas personas son hispanohablantes, será un factor decisivo.
La oposición, aquí, habla de “efecto llamada”, pero el Gobierno asegura que ese problema no va a existir porque los regularizados ya viven en España. Sólo podrán regularizarse quienes no tengan antecedentes penales.
Apruebo firmemente la regularización de inmigrantes sin antecedentes penales, pero también la reducción de la inmigración ilegal. Porque la inmigración ilegal es una fuente de explotación. Toda política de inmigración debe tener un muro y una puerta.
Ignatieff es autor de libros de teatro, novela, historia y ensayo.
Supongo que habrá visto las imágenes del ICE de Trump utilizando la violencia e incluso el asesinato para detener inmigrantes ilegales. Conoce muy bien Estados Unidos. ¿Cómo puede desembocar ese conflicto entre fuerzas de seguridad y manifestantes, entre gobierno central y gobierno federal?
Se ha convertido en una fuerza paramilitar fuertemente armada, con equipo de combate, que lleva operaciones de deportación sobre una especie de inmunidad frente a la persecución penal. Eso no es sólo peligroso para los inmigrantes; es peligroso para la democracia.
Uno de los pilares de la democracia es la rendición de cuentas, la responsabilidad ante un público democrático por parte de quienes tienen el monopolio de la fuerza. El ICE ha recibido carta blanca para hacer lo que quiera. Me asusta la ausencia de responsabilidad y control.
Otra cuestión muy preocupante es el desprecio de Trump por los derechos constitucionales que tienen los ciudadanos y que les permiten manifestarse. Las dos personas asesinadas participaban en protestas totalmente legítimas.
Los agentes que las abatieron deben ser juzgados. Es una violación completa de los derechos constitucionales. Es una violación de todos los protocolos policiales. Escandaloso.
Está empezando a darse una contestación social contra esta forma de proceder de Trump incluso entre los republicanos.
Sí. Porque dicen: “Necesitamos control migratorio, pero no una fuerza paramilitar que se despliega sin rendición de cuentas”. La actuación del ICE también tiene un alto componente político. Trump actúa así en Minneapolis porque es un Estado demócrata.
Necesitamos encontrar una solución que reduzca el volumen de la inmigración ilegal en Estados Unidos. Debería haber algo parecido a lo que va a haber en España: procedimientos claros y con cláusulas claras de regularización.
¿Estados Unidos va a explotar si no ha explotado ya?
Sí, creo que va a explotar. Es un ejemplo de cómo un proyecto de derechas se apodera de la ansiedad en torno a la inmigración. Trump cree que su mandato le permite hacer cualquier cosa; incluidas las que suponen la violación de la Constitución. Debería pagar el precio en las elecciones de noviembre por permitir la descomposición del orden público.
Lo del incumplimiento del habeas corpus es muy grave. El habeas corpus obliga a las autoridades a presentar a los detenidos ante un tribunal público. Se diseñó para impedir que el Estado tenga la facultad de detener indefinidamente a alguien. Es una regla básica del Estado de Derecho. Por eso hay miles de manifestantes. No se trata sólo de proteger los derechos de los inmigrantes, sino los de todos los ciudadanos.
¿Qué hacer?
Sólo hay una respuesta: salir a la calle y mantener la protesta pacífica, pero salir a la calle.
"Trump cree que Estados Unidos es el único sujeto soberano del mundo"
Trump es admirado por muchos de los movimientos de la extrema derecha europea. El otro día, usted escribía acerca del “neo-royalismo”. Una tesis según la cual estos líderes –Trump, Putin, Xi, Erdogan– no evocan el fascismo, sino los viejos reyes medievales.
El ICE, en concreto, sí podría evocar el fascismo porque es un grupo paramilitar que usa la violencia para lograr el cumplimiento de la ley. Pero, sin embargo, en general, el problema de Estados Unidos no es el fascismo.
El problema de Estados Unidos es una autoridad presidencial que está volviendo a las formas más tempranas del patrimonialismo. Me refiero a formas políticas en las que no existe división entre el gobernante y el Estado. No hay una separación entre lo que pertenece al gobernante y lo que pertenece al Estado.
Y eso también se traslada, entiendo, a la relación entre Estados.
Exacto. Se parece a los príncipes de la Edad Moderna: todo es un trato entre reyes, no una negociación entre Estados amparada por el derecho internacional. Es la vuelta al mundo anterior a Westfalia. Al mundo anterior a la Carta de la ONU.
Trump no trata a Canadá como si fuera un Estado soberano. Dice abiertamente: “Para mí, sois un Estado más de los Estados Unidos; así que voy a llamar gobernador a vuestro primer ministro”. Es el proceder del que cree que Estados Unidos es el gran sujeto soberano del mundo.
Su presión a Canadá es muy parecida a la presión sobre Europa.
Cualquier relación diplomática, en el caso de Trump, es una relación personal con el jefe de gobierno de ese país. La base jurídica que le obliga a respetar a los países europeos desaparece. Todas las obligaciones legales de respetar las soberanías desaparecen. Todo se reduce a lo que Trump pueda sacar de esa relación.
Sin embargo, no le convence del todo lo de “neo-royalismo” porque, más que a Louis XIV, estos gobernantes le recuerdan al gánster John Gotti.
Sí. Es una combinación del rey temprano-moderno y del mafioso tardomoderno. Porque Trump también utiliza la amenaza y la intimidación para lograr sus acuerdos. Es un fenómeno totalmente nuevo en la ciencia política: la combinación de la violencia patrimonial de la Edad Moderna con el gangsterismo contemporáneo.
En la política interior y exterior, a ojos de Trump, el Estado de Derecho es sólo un obstáculo que hay que apartar o sobornar. Eso asusta a los europeos y a los americanos. Lo dijo Mark Carney, el primer ministro de Canadá, en su discurso de Davos: el orden que conocíamos se ha acabado y las potencias medias deben aliarse para construir uno nuevo donde estén seguras. Sólo así podremos sobrevivir.
¿Es posible desde un punto de vista económico?
Martin Wolf ha publicado en The Financial Times un análisis estadístico muy interesante. Si uno mira el flujo de importaciones globales, el comercio mundial que acaba en China, Estados Unidos y Rusia, los tres hegemones, es del 30%. Pero las potencias medias reúnen el 40%.
Me refiero a la unión de Europa, Brasil, India y América Latina. Trump cree que domina la economía global y que su único adversario es China, pero es algo que se puede desmontar con números. Debemos lanzar un mensaje: tenemos más poder del que creíamos y vamos a utilizarlo.
Ese fue el gran impacto del discurso del primer ministro Carney.
Carney vino a decir: “Construyamos un mundo en el que creemos acuerdos de libre comercio o de comercio con bajos aranceles”. Es el futuro.
Dicho de manera práctica: si América es zona de influencia exclusiva para Trump, Asia Oriental puede serlo solo de China. La disuasión armada en la ley de la selva.
Canadá está plantando cara porque no quiere vivir en una esfera de influencia en la que nuestra soberanía política y económica se sacrifiquen a los estadounidenses. Dudo que los mexicanos acepten vivir en esa esfera de influencia. Tienen una fuerte tradición nacional y revolucionaria. No se someterán.
América Latina, en general, es una zona de luchas de liberación nacional que se remonta a Bolívar. Los españoles conocéis esto mejor que nadie. Así que soy bastante optimista. Los canadienses tampoco vamos a renunciar sin luchar a nuestras instituciones parlamentarias británicas, que datan de hace más de doscientos años.
Ignatieff vive hoy en Viena. Ha impartido clases en Oxford, Cambridge y Harvard.
¿Cuál va a ser la batalla más delicada de las esferas de influencia? ¿América? ¿Europa?
Creo que la frontera oriental con Rusia. Todo europeo lo entiende. Si Putin prevalece en Ucrania, ninguno de los países fronterizos con Rusia, ¡que son muchísimos!, podrá considerar su soberanía segura.
Históricamente, la esfera de influencia rusa se extendía hasta Polonia, los bálticos, Finlandia… Y los rusos acaban reivindicando esos territorios. Es extremadamente importante para el futuro de Europa que esa línea de frontera se defienda con firmeza.
En este contexto, sabe que ha sido muy polémica la actuación del Gobierno español en relación a la inversión en Defensa. Hasta este año, no invertíamos siquiera el 2% del PIB. Ahora, se ha llegado a esa cifra, aunque la oposición sostiene que se ha hecho mediante triquiñuelas. En cualquier caso, después de firmar los miembros de la OTAN, incluida España, el compromiso del alcanzar el 5%, Sánchez dijo en público que él no tiene esa intención.
Para empezar, le diré: creo que muchos españoles sienten muy lejanos los problemas en la frontera oriental de Europa. Miran y dicen: “Pobres estados bálticos, pobre Polonia, pobre Ucrania, pero... están muy lejos. No es nuestro problema”.
Pues sí, sí es problema de los españoles. España está amenazada porque Europa está amenazada. Lo del gasto militar que usted menciona es típico de los partidos de izquierdas. No es algo exclusivo del socialismo español. Forma parte de cierta solidaridad de la izquierda europea con la Unión Soviética.
Que acaba en una falsa dicotomía: “Prefiero construir hospitales que comprar tanques”.
España, probablemente, puede permitirse más gasto en Defensa. ¿Cuál debería ser esa cifra? No lo sé. La decisión sobre Defensa tiene consecuencias para España. Los europeos y el mundo pueden pensar que España no está jugando el partido… y debe jugarlo.
No me gustaría que de esta entrevista pudiera concluirse que vengo a dar lecciones. Todo lo contrario. Canadá, además, tampoco ha cumplido sus objetivos de defensa.
Nosotros también tenemos mucho trabajo por hacer. Pero hay dos ideas que debemos tener en cuenta. La primera: “España está lejos del problema y, por tanto, no es problema de los españoles”. Es peligroso. La segunda: “Las tradiciones socialistas hostiles al gasto militar no son adecuadas para el siglo XXI. Hemos entrado en un mundo nuevo”.
"Si Europa quiere sobrevivir y ser un actor fuerte, debe reducir el 'bla, bla' y aumentar la inversión en Defensa"
¿Asistimos a una Europa dividida que se limita a dar lecciones morales? ¿Cómo debe despertar Europa?
Europa tiene este problema desde hace mucho tiempo. En 1991, cuando empezaron las guerras yugoslavas, el ministro de Exteriores de Luxemburgo dijo: “Esta es la hora de Europa”. Y Europa no hizo nada para resolver el problema de la desintegración de Yugoslavia. Fueron los estadounidenses quienes tuvieron que entrar.
Así que durante décadas se ha dicho que Europa es un conjunto de países ricos que ni siquiera puede apagar un incendio en su propio patio trasero. Esto tiene que acabar. Es un problema liberal: los liberales están constantemente dando lecciones morales al mundo. Si Europa quiere sobrevivir y ser un actor fuerte, debe reducir el ‘bla, bla, bla’ y aumentar la inversión en defensa.
¿Es optimista?
Soy optimista porque vivo en Europa, he hecho gran parte de mi vida en Europa, estoy casado con una europea, amo España, pero… ¡ring, ring! ¡Es hora de despertar!
Los movimientos de las potencias medias no son fáciles. Usted escribe: “Acercarse a uno u otro depredador es un error. Se acaba devorado por la bestia”. En este último tiempo, el Gobierno de España está acercándose a China. Fue allí el presidente Sánchez, suele asistir su enviado el expresidente Zapatero… ¿Qué le parece?
China tiene un historial horrible en materia de derechos humanos. Y también tiene un historial horrible en materia de comercio: lo utilizan como arma y de forma implacable. El problema es que debemos hacer algunos acuerdos con China porque ostentan el liderazgo en algunas tecnologías clave.
Imparto una asignatura sobre derechos humanos. Me interesan muchísimo. Pero se acabó el tiempo de dar lecciones a China sobre eso. Porque le importan un comino. Es una realidad que debemos asumir.
¿Cómo deben gestionarse los acercamientos a China?
No se trata de acercarse a China sin más, sino de equilibrarlo con las relaciones con Estados Unidos, de manera que una contrarreste a la otra. El punto clave es que Estados Unidos no pueda dictarnos cómo deben ser nuestras relaciones con China.
España tiene derecho a establecer relaciones con China, a estrechar relaciones con Mercosur y con Estados Unidos. Todas las potencias medias deben insistir en proteger su soberanía.
Ignatieff lideró el Partido Liberal en Canadá. Fue jefe de la oposición, pero no logró gobernar.
Hablemos de la operación de Trump para capturar a Maduro, que ha desatado buena parte de los grandes debates geopolíticos. Es muy interesante poner este asunto en el espejo de su libro “El mal menor. Ética política en una era de terror” (Taurus, 2018). ¿Hasta dónde puede llegar el presidente de un país democrático para derrotar el terror? ¿Hasta dónde podía llegar Trump para derrotar a Maduro?
Es una muy buena pregunta. Creo que presentar la captura de Maduro como un intento de deshacerse de un violador de derechos humanos sería un poco cómico porque, en la práctica, han secuestrado a Maduro pero han dejado intacto el aparato del régimen chavista. Con todos los abusos que conlleva.
El paradigma del “mal menor” que explico en el libro es distinto, no encaja con Trump porque él no ha capturado a Maduro con la intención de proteger los derechos humanos. Creo, no obstante, que el verdadero objetivo de la operación es acabar con el régimen cubano. Sé que Cuba despierta admiración en algunos sectores políticos españoles, pero se trata de otro régimen horrible.
La violación de la soberanía sienta un precedente peligroso. Eso le preocupa.
Sí. Soy consciente de que a algunos les puede parecer una contradicción, pero, aunque deseo fervientemente la llegada de la democracia a Venezuela, no encuentro justificación a la operación para capturar a Maduro. Está generando un mundo terriblemente inseguro. Supongo que ahora hablaremos de eso.
Le cito: “Derrotar el terror requiere violencia. Y puede requerir violación de derechos”. Usted se pregunta a sí mismo: “¿Cómo puede una democracia actuar así sin traicionar los valores que defiende?”.
Estados Unidos está traicionando los valores por los que lo admirábamos. Es una vieja historia. Traicionó esos valores después de 2001, en Irak. Trump no empezó con esto. La degradación de las normas que rigen la política exterior estadounidense es una historia muy, muy larga. Y por eso, muy grave. No es razonable pensar que vaya a arreglarse cuando Trump desaparezca.
Me ha parecido divertida la anécdota que cuenta de Roosevelt. Preguntó el presidente a su fiscal general por la base legal de la intromisión de Estados Unidos en Panamá para construir el Canal. Le respondió el fiscal: “Oh, señor presidente, no permita que un logro tan grande se vea empañado por alguna mancha de legalidad”.
Son, simplemente, los hechos desafortunados de nuestro mundo. Carney nos exhorta a despertar de esa fantasía de que vivimos en un mundo regido por normas, y creo que tenemos que hacerlo.
"Ya no hay ninguna democracia liberal donde funcionen los mecanismos de equilibrio entre poderes"
He estudiado el método que usted propone: justificación pública de estas medidas, revisión judicial, control parlamentario, cláusulas de finalización… Trump no cumple ninguna de ellas.
En particular, es extremadamente importante la supervisión parlamentaria. Pero vuelvo a la idea anterior: la centralización de la autoridad en la presidencia no es algo que haya creado Trump. Esa centralización empezó con Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial. Es uno de los problemas más serios para el liberalismo.
Cuando voy a España, muchos me dicen: “Fíjate cuánto poder ha centralizado Sánchez”. Pero el ejemplo más extremo está en Estados Unidos. No hay ninguna democracia liberal en el mundo donde los mecanismos de equilibrio funcionen como deberían. Es un reto en España, en Canadá y, sobre todo, en Estados Unidos.
España tiene uno de los regímenes más cómodos para un liberal, la monarquía parlamentaria. Un equilibrio entre los tres poderes. Al gobernar en minoría, el presidente no aprueba Presupuestos desde 2022. Tiene muchas dificultades para aprobar leyes. Los grandes asuntos, como la regularización de inmigrantes, los resuelve de espaldas al Parlamento. Y una vez llegó a verbalizar: “Voy a gobernar con o sin el concurso del poder legislativo”.
Es una decadencia generalizada. Por eso, no señalo a alguien en concreto con el dedo. Debemos ser honestos. Defendemos la idea de la democracia liberal en un momento en que sus instituciones están en decadencia. Sí, eso que usted critica lo hace Sánchez, pero se ha generalizado en Europa.
Volviendo a Venezuela: hay una cuestión innegable: pese al gobierno chavista de Delcy, pese a la todavía ausencia de libertades… Venezuela está un poco mejor que antes. Y hay esperanza como nunca antes. ¿Y si a Trump le sale bien su operación? ¿Y si, aunque lo haga por el petróleo, acaba logrando una transición pacífica?
Cualquiera con sentido común daría la bienvenida a una transición democrática en Venezuela por dudosas que sean las motivaciones que la provoquen. Pero eso no cambia el problema de fondo: los buenos resultados no corrigen necesariamente las malas intenciones.
El hecho de que algo salga bien no significa que debieras haberlo hecho. La violación de la soberanía va a provocar efectos en cadena en varios sitios. Rusia ahora dice: “¿Y tú me das lecciones sobre el respeto a la soberanía de Ucrania?”. Y China ahora dice: “¿Y tú me pides que respete la soberanía de Taiwán?”.
Le parece un precio muy alto.
No creo que la operación de Trump encaje en absoluto con la lógica que expongo en el libro del mal menor. Si tiene éxito, tal vez tengamos una transición positiva en Venezuela, pero a costa de haber debilitado aún más el orden jurídico internacional. Me parece un precio muy alto.
He hablado con muchos colegas venezolanos estos días. La mayoría dibuja este panorama: “No nos gusta que Trump nos controle, no nos gusta que se lleve el petróleo, pero es nuestra oportunidad y toda ayuda tiene un precio”.
Les deseo suerte. Venezuela es un gran país. Un ejemplo grotesco de cómo los ingresos del petróleo se han pervertido, de cómo la democracia, una democracia rica, corre el riesgo de pervertirse.
Ignatieff, en la biblioteca de su casa en Viena.
Un último tema para el análisis: Groenlandia. Allí, la situación es radicalmente distinta. Territorio OTAN, territorio democrático. ¿Cómo debe reaccionar Europa? ¿No hay que echar el resto? ¿Un órdago?
Primer punto: no sabemos en qué consiste el acuerdo entre el secretario general de la OTAN y Trump. Se supone que existe un acuerdo. Espero que sea algo bueno y ventajoso para la soberanía de Groenlandia y de Europa.
La paciencia europea se ha agotado por varias razones. La primera: Dinamarca, como usted sabe, perdió soldados en Afganistán, y escuchar a Trump decir… “Los europeos no combatieron en Afganistán”. Es intolerable. Perdieron cientos de soldados allí.
Luego está la razón de fondo: extirpar un territorio de la OTAN.
No podemos permitirlo. Otra razón para el despertar. Recuperemos nuestra capacidad para actuar como un agente histórico. Me asombra lo débiles que se sienten los europeos y lo fácilmente que han comprado eso de que no tienen un propósito común.
“Estamos a merced de Rusia en el frente oriental y a merced de Estados Unidos al otro lado del océano”. Me parece un análisis ridículo. Europa es una economía asentada en 450 millones de personas. El fatalismo imperante en algunas capitales europeas me preocupa; no se corresponde con la realidad.
"El fatalismo instaurado en algunas capitales europeas no se corresponde con la realidad"
Hay una cuestión curiosa: Vox, la extrema derecha española, al contrario que la gran mayoría de partidos de extrema derecha europeos, ha evitado criticar a Trump por Groenlandia.
¿Ah, sí? Efectivamente, es curioso. Porque el ataque de Trump a Dinamarca ha sido muy embarazoso para la extrema derecha europea.
Porque son nacionalistas.
Sí. Me sorprende que Vox guarde silencio sobre este asunto. Vox va a tener que elegir si defiende la soberanía nacional de España o si permite que su país se convierta en un sirviente de Estados Unidos.
En el otro extremo, también se genera un problema. En España, gobierna una coalición del Partido Socialista con un partido de extrema izquierda. ¿Será muy dañino para España si, llegado el momento, el Gobierno no es capaz de desplegar tropas allí junto a los demás?
En la hora de la verdad, la extrema izquierda y la extrema derecha tienen el mismo dilema: ¿defienden de verdad a España? Eso es lo que está pasando. No va solo de Groenlandia. Si no das un paso adelante para defender la soberanía de Groenlandia, no das un paso adelante para defender la soberanía de España. Son asuntos que no se pueden disgregar.
Por último, una gran contradicción. El presidente Sánchez gobierna en alianza con los partidos nacionalistas-independentistas. ¿Cómo se puede exigir el respeto a la soberanía de Groenlandia si no exige a sus socios respeto a la soberanía de España?
España debe ser clara en la defensa de su soberanía y de su unidad nacional. Igual que Canadá.
¿Este nuevo orden mundial del neo-royalismo va a aportar estabilidad suficiente como para durar?
La pregunta crítica para mañana no es lo que hagan en Moscú, Pekín o Washington, sino lo que se decida en Ottawa, Madrid, París, Londres, Delhi o Río de Janeiro. Estamos construyendo un mundo nuevo. Ese es el desafío que enfrentamos.