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"Populistas", "demagogos" y "antieuropeos": Mariano Rajoy augura que Vox "volverá" al PP

"No tengo historias secretas que desvelar ni conversaciones privadas que merezcan ser recordadas", confiesa Rajoy en su libro. 

30 noviembre, 2021 01:58

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"Es imprescindible que alguien haga de adulto", escribe Mariano Rajoy parafraseando a Gregorio Luri. No concede ni una línea a que alguien cumpla con su deseo. Desde el primer capítulo, se propone hacerlo él. Y las trescientas páginas que siguen no son otra cosa que un alegato contra los "niños" del populismo.

Así se refiere indirectamente, por ejemplo, a Pablo Iglesias y a Albert Rivera. "Dos niños que juegan a la pelota en el salón y acaban haciendo añicos la vajilla del abuela". En este caso –se entiende– del abuelo Rajoy. En ese "populismo", que también puede llevar "traje y corbata", también incluye a Vox, aunque no carga las tintas contra la persona de Santiago Abascal.

Política para adultos (Plaza & Janés, 2021) no ofrece índice onomástico porque su autor, al poco de comenzar, celebra: "No tengo historias secretas que desvelar ni conversaciones privadas que merezcan ser recordadas".

Los silencios no versan solo sobre sus confidencias. La corrupción, la pasividad en la batalla cultural o la mayoría absoluta con la que no desmontó las leyes que ahora critica aparecen de refilón, pero analizadas casi como si tuvieran que ver con otro.

Rajoy no cuenta –casi– nada que no sepamos, más allá de la conversación con el Rey Juan Carlos, que tuvo lugar cuando el Emérito le dijo que se iba de España. Lo demás está despojado de hechos; se trata de un ensayo contra el "populismo", una corriente donde encuadra, por este orden, a Podemos, Vox y Ciudadanos.

Vox "volverá" al PP

El primer análisis de Vox que hace Rajoy tiene que ver con el cartel sobre la inmigración de la campaña electoral madrileña. "Consiguieron un rechazo unánime. Podría decirse que esta formación política perseguía lo mismo que la dama de la anécdota referida en el Quijote: 'Satisfecha por verse con fama, aunque infame'. Y ciertamente no parece que la notoriedad ganada (...) valiera el rechazo y la repulsa generalizada que suscitó la iniciativa".

El cartel –recuerda Rajoy– "confrontaba ante los ojos de los ciudadanos la exigua pensión de 425 euros de una anciana con los 4.700 euros que supuestamente costaba al erario público el mantenimiento" de los Menas.

El expresidente diagnostica los discursos contra los inmigrantes como uno de los rasgos clásicos del "populismo". "Establecían un planteamiento maniqueo y una discriminación inasumible en términos éticos entre una jubilada y un menor inmigrante (...) Insisto, moralmente inaceptable y conceptualmente tramposo", apostilla.

A ojos de Rajoy, Vox es un partido que "inventa cualquier baladronada para agitar el descontento y el malestar social". Aunque concede la invención del "populismo xenófobo" a los "independentistas catalanes".

"Vox y PP ahora mismo representan dos fuerzas políticas muy distintas. Vox es la versión española de los movimientos nacional-populistas que vemos en muchos otros países europeos. Nadie del PP puede compartir el discurso antieuropeo de Vox, ni su política demagógica respecto a la inmigración, ni su discurso de radicalidad y visceralidad. Somos distintos y es bueno que se vea", define Rajoy.

Sin embargo, dicho todo esto, se resigna: "Esto no quiere decir que Vox no pueda apoyar a gobiernos del PP en distintas administraciones, como de hecho ha venido sucediendo en los últimos tiempos".

A partir de ahí, lanza su previsión: "Al igual que sucedió con Ciudadanos, más pronto que tarde los votantes de Vox volverán a apostar por el PP (...) Los votantes de Vox volverán al PP en cuanto lleguen al convencimiento de que el PP es la gran plataforma electoral de todo el centro-derecha español".

Rajoy no pone sobre la mesa qué parte de culpa tuvo su mandato en el nacimiento de una formación con potentes expectativas electorales a su derecha... y el despegue de otra a su izquierda, Ciudadanos.

El Sánchez de la "ruptura"

Rajoy no habla de la vida orgánica de su partido. A Ayuso la menciona de pasada. Igual que a Casado. El único político de esa generación que disecciona, además de Iglesias y Rivera, es Pedro Sánchez.

"Se ha roto el consenso fundamental sobre lo que significa la unidad de la nación y la igualdad de los españoles. Hoy ya no sabemos cuál es la posición del PSOE respecto a estas cuestiones", comienza.

Con algo de sorna, menciona el "federalismo asimétrico", la "plurinacionalidad" y la "España multinivel": "Todos sabemos que responde al intento de pactar un nuevo modelo territorial con los grupos nacionalistas".

La "polarización" –incide Rajoy– se debe a los pactos de Sánchez con ERC o Bildu: "Esta es la ruptura del consenso que más tensión provoca entre los ciudadanos. Nuestro problema no son los nacionalistas o los independentistas, por muy radicales que puedan llegar a ser sus propuestas (...) Ese gravísimo problema no lo sería tanto si se mantuviera el consenso territorial que fuimos capaces de pactar en su día PP y PSOE".

Finalmente, resume: "Sánchez no puede reclamar para sí el consenso o pedir el mismo trato que yo recibí, porque yo busqué con lealtad y trabajé los acuerdos con el principal partido de la oposición, mientras él apostó por el entendimiento con las minorías extremistas".

El "ajuste de cuentas"

La retranca de Rajoy sobrevive, en algunos casos, al aburrimiento que propone el propio autor. La parte más jugosa, el remember de aquellos zascas que reía hasta la izquierda, tiene que ver principalmente con Iglesias y Rivera. Muy a la gallega, les practica... ¡una "autopsia"! La que todavía no ha hecho de su final, ni de las causas que empujaron a su partido al peor resultado de su Historia.

"Encarnaban el final inapelable de esa política que tanto entusiasmo había cosechado (...) Ambos hicieron sus carreras al rebufo de una ola de descontento e insatisfacción general y ambos creyeron que podrían sustituir a los viejos partidos mayoritarios afianzados a lo largo de medio siglo. Sus estrellas políticas eran volátiles y se apagaron con la misma celeridad con la que prosperaron. En el caso de Iglesias con muchas más y fundadas razones".

"No es fácil sustraerse a la posibilidad de un ataque de cuentas", anuncia Rajoy. Y tanto. En este caso, le ha resultado imposible. El expresidente sabe que, cada uno a su manera, ambos formaron parte del paisaje que le dejó en fuera de juego, que le convirtió en un bolso sobre el escaño.

"Se proclamaron apóstoles de la democracia real y heraldos de la renovación de nuestro sistema político frente a unos presuntos vejestorios autoritarios que circulábamos por los pasillos del Congreso ajenos e insensibles a la realidad del país", apostilla el expresidente.

Sobre el auge de la llamada entonces "nueva política", Rajoy se sincera: "Las acampadas y el movimiento de los indignados eran el menor de mis problemas". Sus prioridades eran "evitar el rescate y recuperar el empleo". Pero... "Mi prioridad eran los desempleados reales, no quienes decían representarlos en las calles".

El "adanista" Iglesias

Vayamos con Iglesias, el político que más zurriagazos se lleva en el libro. Su retrato comienza, precisamente, con el 15-M, del que Rajoy dice: "Siempre pensé que el liderazgo de aquel movimiento lo llevaba la extrema izquierda de toda la vida".

El otrora líder del PP no atribuye al movimiento indignado "rasgos esperanzadores de regeneración". Todo lo contrario: "Adanismo, superioridad moral, discurso demagógico y deslegitimación de las instituciones".

Desde que apareció Iglesias –sintetiza Rajoy– "estamos bastante peor en términos de estabilidad y calidad democrática": "Tardaremos en desintoxicarnos de su populismo de extrema izquierda y de sus consecuencias en el conjunto de la sociedad".

Después, el exlíder del PP pasa a analizar la labor de Iglesias como vicepresidente: "¿En qué quedaron esas intensas raciones de moralina de los indignados que se lanzaron de cabeza al chalé, a la piscina o el coche oficial en cuanto tuvieron la mínima oportunidad?". Es el propio Rajoy quien responde: "Sólo queda la exótica ocurrencia de los hijos, las hijas y les hijes".

El gallego resume con una frase lapidaria la llegada de Podemos a las instituciones. Les acusa de haberse comportado "todavía peor" y de no "disponer de los conocimientos necesarios" para la gestión.

Salvo en los casos de Iglesias y Rivera –Pedro Sánchez en muy menor medida– rara vez Rajoy lanza argumentos ad hominem: "Sus aportaciones al bienestar social de sus compatriotas como vicepresidente son una incógnita (...) Naufragó en la distancia que va de sus promesas de activista a los hechos del vicepresidente".

También le acusa de haber diseminado el odio de los escraches, que en su primera época afectaron casi en exclusiva a dirigentes del PP: "Sólo se enteró -y cambió de opinión– cuando la fiesta llegó a su barrio".

El "inquisitorial" Rivera

Mariano Rajoy comienza alabando la labor de Albert Rivera en Cataluña. Deja entrever que admiró su combate frente al nacionalismo. Pero acto seguido le critica por "los ataques personales claramente exagerados e impropios de un partido que se decía liberal y de centro", "su pretensión de monopolizar la moral y la virtud, como si los demás fuésemos la encarnación de todos los males posibles", "su talante inquisitorial y su adanismo evidente".

"Demasiado populismo", dice Rajoy sobre Ciudadanos, casi del mismo modo del que habla de Podemos. "Todo en ellos era excesivo y teñido de un aire de superioridad", remarca.

No cuenta Rajoy, sin embargo, que la mayoría de ataques de Rivera al PP tuvieron que ver con los casos de corrupción que iban apareciendo. Finalmente, la relación personal, que no fue buena estando los dos en activo, mejoró. Almorzaron juntos en casa del catalán y le deseó "lo mejor".

"Es una persona joven y con muchas cualidades. No sé si la política le volverá a tentar en algún momento. Si así fuera, estoy convencido de que actuará con más serenidad y será más condescendiente y flexible", concluye.