Pedro Sánchez vota en su colegio de Pozuelo de Alarcón, en una imagen de archivo

Pedro Sánchez vota en su colegio de Pozuelo de Alarcón, en una imagen de archivo Susana Vera Reuters

CAMINO DEL 10-N

La abstención, la aguja que puede pinchar el globo de Sánchez

La sensación de invulnerabilidad que se ha instalado en el PSOE no se corresponde con el patrón histórico de la participación en España.

Repetir elecciones es una operación que cumple todas las características para ser considerada de alto riesgo, y la probabilidad de que le salga bien a Pedro Sánchez no es mayor que echar una moneda al aire. Porque una vez desechada la mayoría absoluta, la buena noticia sólo sería superar los 140 escaños y alcanzar después un pacto menos malo que el que le ofrece ahora Pablo Iglesias. En cambio, las posibles malas noticias son muchas, entre ellas que una baja participación deje las cosas tal y como están, o peor. Dicho de otra forma: la abstención puede ser la aguja que pinche el globo de Sánchez.

La caricaturesca negociación a la que estamos asistiendo entre el PSOE y Unidas Podemos corre el riesgo de convertir la repetición electoral en un espectáculo de declaraciones y relatos cuyo epicentro no es la necesaria estabilidad política y económica de España, sino quién ganará el pulso al final de la partida.

Repetir o adelantar elecciones es una decisión muy arriesgada que exige al convocante estar seguro de que el futuro será mejor que el presente. De no llegarse a un acuerdo para evitar ir de nuevo a las urnas, quedará claro que en el cuartel general de Moncloa  se ha instalado cierta sensación de invulnerabilidad. Sin embargo, convendría recordar que los anteriores adelantos electorales del PSOE en 1996 y 2011 fueron un desastre.

Desde que en las elecciones de 2008 los micrófonos pillaron a Zapatero contestando a Gabilondo en una entrevista de la Cuatro aquello de "las encuestas bien, pero nos conviene que haya tensión", en el PSOE es doctrina que la izquierda sólo gobierna con alta participación.

Tasas de participación

La historia electoral, en términos muy generales, apunta en esa dirección. Las euforias socialistas de 1982, 2004, 2008 y 2019, se saldaron siempre con participaciones altas, por encima del 75%, mientras que las derrotas de los años 2000, 2011, 2015 o 2016 siempre fueron con tasas de participación mucho menores o con fuertes decrementos respecto de las anteriores.

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Es cierto que para que el PSOE aspire a una mejora significativa hay otras vías, como que Podemos o Ciudadanos le cedan al menos un 20% de su electorado; pero ¿cuál debería ser el motivo para que se diera esa circunstancia? De momento ninguno, incluso las encuestas parecen insistir en que Podemos aguanta, y que el voto de Ciudadanos se va sobre todo al PP o a la abstención, y no más del 10% al PSOE.

Ante este escenario… ¿alguien en Moncloa o en Ferraz ha calculado el riesgo de que la participación quede por debajo del 70% porque muchos votantes vean con distancia y desafección las decepcionantes negociaciones?

La participación en España tiene un comportamiento sensiblemente oscilante que ya forma un cierto patrón estable. Sin que las causas sean del todo homogéneas, la realidad es que de los trece períodos inter-elecciones, doce han cumplido una oscilación perfecta, es decir, que a una subida le ha seguido una bajada, y viceversa.

Cansancio electoral

Sólo una vez se ha roto este patrón de forma evidente, entre 2008 y 2011, con una retirada masiva de la confianza al PSOE bajo las extraordinarias circunstancias de la crisis económica y el germen de lo que sería el 15-M y la consiguiente fragmentación del espacio político.

Eso no quiere decir que en las próximas elecciones tenga que seguir cumpliéndose necesariamente ese patrón, y que la participación vaya a bajar de forma ineludible, pero no sería raro en términos sociológicos que se produzca el lógico cansancio electoral y la consiguiente bajada de la participación hasta quedar alrededor del 70% o algo menos.

Esta tendencia no tendría mayor interés para los equipos estratégicos de Ferraz si no fuera porque la oscilación a la baja es mucho más probable cuando las elecciones se repiten. Ocurrió en junio de 2016 cuando cayó algo más de tres puntos (el PSOE bajó casi dos y obtuvo cinco diputados menos) y en la repetición de las elecciones a la  Asamblea de Madrid en 2003 por el Tamayazo: la participación cayó seis puntos; el PSOE descendió uno y el PP subió otro.

También debería ser objeto de atención el comportamiento de las elecciones en Europa en los últimos cincuenta años, donde siempre se ha preferido gobiernos en minoría con adelanto si es el caso, ante una repetición electoral que siempre se ha vivido con una fracaso de negociación. Sólo una excepción en 2012, en Grecia, donde por cierto la participación bajó tres puntos.

Riesgos mal calculados

Valorando pues como un riesgo la baja participación, que Sánchez no supere los 130 diputados, que se repita la situación de bloqueo, o las tres cosas a la vez, la probabilidad de que la repetición le salga bien a Sanchez no es mayor que echar una moneda al aire.

Negando la evidencia, el equipo de Ferraz ha debido abrazarse a la idea de que cada elección es un suceso independiente, y que la repetición electoral originará un trasvase de votos de Podemos y Ciudadanos al caballo ganador, el PSOE, que compensará cualquier atisbo de desmovilización. Y ahí está el incremento de voto al PP entre 2015 y 2016 para atestigualo, y Tezanos para hacer la profecía posible. Pero el riesgo asumido es grande y la distancia con la opinión de las bases socialistas muy llamativa.

En el año 1961, el psicólogo James Stoner acuñó el concepto de "polarización grupal" para definir situaciones en que las decisiones de grupo podían ser peores que las tomadas de forma individual, y diez años después, el psicólogo Irving Janis, analizando grandes desastres estratégicos como Pearl Harbor, Vietnam o Bahía de Cochinos acuñó la expresión "groupthink" para describir aquellas situaciones en que bajo contagio y sugestión, el grupo termina por consensuar decisiones catastróficas de forma inverosímil. En todas ellas había estrés exterior, reverencia al líder, ilusión de invulnerabilidad, falta de normas, desprecio a la crítica, y creencias inflexibles sobre los adversarios.

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