Cada vez que comienza lo que llaman 'el buen tiempo', yo empiezo a tener sed y a toser cuando me río. Ergo, comienza mi asma alérgica.

Lo sé antes de mirar el calendario. Me lo anuncia el cuerpo: la garganta seca, la nariz protestando y esa tos pequeña que parece educada hasta que decide arruinar una conversación.

El sol vuelve, las terrazas se llenan, la gente celebra la primavera que casi es verano y algunos empezamos una negociación privada con nuestros bronquios.

La expresión 'buen tiempo' siempre me ha parecido injusta. ¿Bueno para quién?

Para los parques, sí. Para las plantas, desde luego. Para quienes pueden respirar sin pensar en ello, magnífico. Para los alérgicos, en cambio, el aumento de temperatura abre una temporada de guerra microscópica. El aire se llena de partículas invisibles que el sistema inmunitario interpreta como amenaza.

Eso es, en esencia, una alergia: una reacción exagerada frente a algo que, para la mayoría, resulta inofensivo. Polen, ácaros, epitelios de animales, mohos y un etcétera cada vez mayor.

El cuerpo confunde una presencia banal con un peligro. Produce anticuerpos IgE. Esas moléculas que se fijan a mastocitos y basófilos y, cuando el alérgeno vuelve a aparecer, las células liberan histamina y otros mediadores inflamatorios.

¿El resultado? Lo conozco muy bien: estornudos, picor, lagrimeo, congestión, tos, fatiga. La biología, a veces, es una dramaturga excesiva.

He de decirte que la palabra 'alergia' llegó tarde. La acuñó en 1906 el pediatra e inmunólogo vienés Clemens von Pirquet para describir un cambio en la reactividad del organismo. Antes ya se conocían fenómenos parecidos, pero faltaba una palabra que los ordenara.

La fiebre del heno, por ejemplo, había sido descrita en el siglo XIX. Primero por John Bostock y luego por Charles Harrison Blackley. Fue este último quien relacionó el polen con esos síntomas y abrió una puerta decisiva para entender las alergias respiratorias.

El asma, en cambio, tiene una historia más antigua.

La palabra viene del griego y alude al jadeo, a respirar con esfuerzo. Ya aparece en la medicina antigua. Hoy la definimos de otra forma: una enfermedad heterogénea, con inflamación crónica de las vías respiratorias, síntomas variables y limitación fluctuante del flujo de aire.

Tos, silbidos, opresión torácica y falta de aire. A veces todo junto. A veces sólo una tos que aparece al reír, al correr, al hablar demasiado o al salir a la calle en plena explosión de polen.

¿Por qué el calor empeora todo?

Porque las plantas también leen el clima. Con temperaturas más altas, muchas especies adelantan la polinización, prolongan la temporada y producen más polen. El aumento de CO2 favorece el crecimiento vegetal y puede incrementar la carga polínica.

La contaminación añade otra capa: irrita las vías respiratorias modificando las partículas de polen, haciéndolas más agresivas para las mucosas. De hecho, la OMS ha advertido que la contaminación y el cambio climático empeoran los efectos del polen y otros alérgenos, aumentando enfermedades inflamatorias y alérgicas.

Así que el 'buen tiempo' no llega solo. Viene con gramíneas, olivo, plátano de sombra, ciprés, alternaria, ozono, partículas en suspensión y noches en que uno respira como si tuviera una puerta entreabierta en el pecho.

En quienes padecemos asma alérgica, la nariz y los bronquios pertenecen al mismo paisaje. La rinitis alérgica inflama la vía aérea superior. El asma inflama la inferior.

Respirar mal por la nariz seca la boca, irrita la garganta y empuja a respirar por donde no toca. Esa sed que siento al inicio de la temporada no es sed poética: muchas veces es sequedad por congestión nasal, respiración oral e irritación.

La tos al reír tiene otra explicación: los bronquios están hiperreactivos. La risa mueve aire de forma brusca, cambia presiones, agita una vía respiratoria ya sensible. Y la vía responde cerrándose un poco más.

No hay nada romántico en un bronquio susceptible. Tiene memoria de sus sustos.

La alergia tampoco es una debilidad moderna ni una moda diagnóstica. Es una respuesta inmunitaria real.

Lo que ocurre es que el entorno actual la favorece: ciudades más contaminadas, temporadas de polen más largas, interiores con más ácaros, menos ventilación natural en algunos espacios, cambios en microbiota, exposición distinta en la infancia.

La hipótesis higienista, con todos sus matices, propuso hace décadas que ciertos cambios en las exposiciones microbianas tempranas podrían influir en la regulación inmunitaria. Hoy sabemos que el asunto es complejo, pero la idea de fondo sigue viva: el sistema inmunitario necesita educación, y el entorno participa en esa escuela.

¿Qué hacer?

Primero, saber qué nos afecta. Las pruebas de alergia ayudan. No es lo mismo gramíneas que olivo, ácaros que mohos. Poner nombre al enemigo mejora la estrategia.

Segundo, mirar los niveles de polen igual que miramos la lluvia. En días altos, conviene cerrar ventanas en las horas de mayor carga, ventilar temprano o tarde, lavar el pelo al volver de la calle y evitar tender ropa fuera.

Tercero, tratar la inflamación antes de que incendie la casa. Antihistamínicos, corticoides nasales, colirios o inhaladores tienen indicaciones concretas. En asma, las guías actuales insisten en confirmar el diagnóstico y tratar la inflamación de la vía aérea, evitando depender únicamente del broncodilatador de rescate.

Cuarto, consultar. La tos persistente, los silbidos, la falta de aire nocturna o la necesidad frecuente de inhalador merecen revisión médica. El asma mal controlada limita la vida y puede ser peligrosa.

El buen tiempo seguirá llegando con su luz y sus trampas. No se trata de odiar la primavera. Se trata de entenderla. De saber que en ese aire dorado también viajan moléculas capaces de convocar al sistema inmunitario como si hubiera empezado una invasión.

Y mientras todos celebran el sol, algunos aprendemos a celebrar algo más humilde: una respiración limpia, completa, sin tos después de reírnos. Ahí también hay belleza. Tal vez menos fotogénica, pero mucho más necesaria.