La España vaciada se ha convertido en uno de los grandes desafíos económicos y demográficos del país. Mientras el 84% de la población española se concentra en apenas el 16% del territorio, los municipios de menos de 5.000 habitantes ocupan cerca del 70% de la superficie nacional, albergando únicamente al 9% de los ciudadanos.

Factores como el envejecimiento de la población, la falta de relevo generacional y las dificultades para atraer talento, configuran un escenario muy complejo para quienes deciden desarrollar su actividad económica lejos de los grandes núcleos urbanos.

En este contexto, mantener un negocio en determinadas zonas rurales se ha convertido en un auténtico ejercicio de resiliencia. Comercios, alojamientos rurales, pequeñas industrias, explotaciones agrarias, talleres o empresas familiares sostienen buena parte de la actividad económica y del empleo local en municipios donde, cuando desaparece un negocio, no solo se pierde actividad económica, también se debilita la capacidad del propio territorio de atraer población y generar oportunidades.

La preocupación no es menor. Según CEPYME, España ha perdido más de 22.700 micropymes desde 2020, afectadas por el incremento de costes, la reducción de márgenes y un entorno cada vez más exigente para los pequeños negocios.

Aunque esta realidad afecta al conjunto del tejido empresarial nacional, sus consecuencias son especialmente visibles en aquellas zonas donde las oportunidades de relevo, crecimiento o diversificación son más limitadas.

Cuando se analiza la situación de la España vaciada, el debate suele centrarse en cuestiones como la conectividad, las infraestructuras, el acceso a la vivienda o la disponibilidad de servicios públicos. Y aunque son, sin duda, factores fundamentales, también existe otra barrera menos visible que rara vez ocupa titulares y que también condiciona la viabilidad de miles de pequeñas empresas: la creciente complejidad administrativa y normativa.

A las dificultades derivadas de la despoblación, la falta de relevo generacional o la captación de talento se suma otro desafío que muchos pequeños negocios identifican en su día a día: gestionar un entorno administrativo y regulatorio cada vez más complejo. En muchas ocasiones, esta tarea debe abordarse con estructuras reducidas y pocos recursos.

El reto no es la regulación en sí, sino poder dar las herramientas adecuadas a las pymes para que puedan adaptarse a estas exigencias de forma sencilla, especialmente en territorios donde los recursos son más limitados y donde cualquier carga adicional puede tener un impacto significativo en la operativa diaria.

Esta realidad adquiere una relevancia aún mayor si tenemos en cuenta que muchas de las estrategias impulsadas para combatir la despoblación pasan precisamente por fortalecer el emprendimiento y la actividad económica en zonas rurales. Cada vez más iniciativas públicas y privadas buscan atraer inversión, impulsar nuevos proyectos empresariales y generar empleo en territorios con baja densidad poblacional.

Sin embargo, para que estas iniciativas prosperen, no basta con crear oportunidades: también es necesario reducir aquellas fricciones que consumen recursos y dificultan el crecimiento de quienes ya están generando valor sobre el terreno.

La propia Estrategia Nacional frente al Reto Demográfico plantea objetivos ambiciosos para impulsar la creación de empresas y hacer viable la vida y el trabajo en zonas despobladas. En este sentido, la digitalización está empezando a desempeñar un papel transformador.

Si durante años la distancia geográfica suponía una limitación para acceder a determinados servicios especializados, hoy la tecnología permite acercar conocimiento experto, automatizar procesos y simplificar tareas que tradicionalmente requerían una elevada carga administrativa.

Quienes trabajamos junto a pymes de todo el territorio nacional vemos cómo estas herramientas están ayudando a reducir barreras que hace apenas unos años parecían difíciles de superar. Hoy, una pequeña empresa puede acceder a herramientas y acompañamiento especializado desde cualquier punto del país, reduciendo el impacto que históricamente ha tenido la distancia respecto a los grandes centros económicos.

La misma digitalización que impulsa nuevos modelos de negocio en el medio rural puede convertirse también en una herramienta clave para democratizar el acceso al cumplimiento normativo. Porque, en última instancia, la competitividad de la España rural no dependerá únicamente de atraer nuevas empresas, sino también de garantizar que las que ya existen puedan desarrollarse en condiciones adecuadas. Y para ello resulta imprescindible que el cumplimiento normativo sea accesible y sencillo para todos los negocios.

Por ello, la España vaciada necesita infraestructuras, conectividad y talento, pero también es esencial que la gestión administrativa de cualquier negocio sea viable. En un entorno donde cada hora cuenta y donde los recursos son especialmente limitados, facilitar la gestión de procesos cada vez más complejos puede contribuir a reforzar la competitividad de miles de negocios que generan empleo, fijan población y mantienen viva la actividad económica de buena parte del territorio español.

*** Alfonso Corral es CEO de Conversia.