Hay quienes piensan que el juego infantil, por no decir casi todo lo que tiene que ver con los niños y las niñas, carece de importancia, es algo en lo que no merece la pena detenerse, frente a la trascendencia de los asuntos de la edad adulta. Olvidan que los más grandes filósofos han hecho el juego infantil objeto de sus reflexiones.

Sin ir más lejos, el propio Kant señaló que los juegos se fundan en cierta tendencia natural de los niños.

El juego es una de las experiencias más profundas y esenciales de la infancia. Jugar no es algo que los niños y las niñas hacen además de vivir, sino su forma de estar en el mundo. En el juego, exploran, experimentan y construyen sentido, de modo que su desarrollo personal está íntimamente ligado a esta actividad.

A través de él, desarrollan capacidades cognitivas, emocionales y sociales. Jugando aprenden a pensar, a imaginar, a resolver problemas y a comprender la realidad que les rodea. Al mismo tiempo, el juego les permite expresar emociones, gestionar conflictos y relacionarse con otros.

Así, el juego no solo forma individuos, sino también personas capaces de vivir en sociedad. La destacada filósofa estadounidense, Martha C. Nussbaum, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2012, ha insistido, incluso, en la potencialidad del juego infantil para sustentar una cultura democrática.

El juego desempeña en la infancia, en este sentido, un papel similar al que tiene más tarde el arte. Como el arte y la poesía, el juego nos descubre a los otros, que hay otros con los que debo contar, que el mundo no acaba en mí.

Me enseña a ponerme en el lugar del otro, a confrontar nuestros intereses sin ver en él o ella un peligro. Y esto es la esencia de una cultura democrática.

La importancia del juego en el desarrollo individual y social, quedó confirmada en 1989 con su proclamación, por las Naciones Unidas, como un derecho fundamental de la infancia.

Pero, a diferencia de otros derechos, como la educación o la salud, carecemos de un sistema que nos permita obtener datos sobre cómo evoluciona, las limitaciones a las que se enfrenta y cómo se ve afectado por diferentes situaciones sociales.

Esta carencia hace que el juego pueda parecer un derecho menor en la percepción social. Resolver esta carencia es una de los objetivos del Observatorio del Juego Infantil.

A través de estudios, informes y campañas de sensibilización, el OJI busca poner de relieve el valor del juego en un contexto de exceso de actividades estructuradas o formas de ocio más pasivas. Recientemente, el Observatorio ha puesto en marcha una encuesta a 600 familias españolas con niños de entre 6 y 12 años, que será aplicada anualmente.

La primera ronda del estudio acaba de finalizar, y ha revelado resultados muy interesantes sobre la experiencia del juego a estas edades. El juego en sí mismo sigue siendo la principal forma de ocio infantil: un 64% lo menciona espontáneamente como su actividad favorita.

Dentro de este ámbito, destacan tres grandes categorías: jugar en general, los videojuegos y jugar con amigos. A partir de los 9 años, los videojuegos adquieren mayor protagonismo. Lo mismo que los adultos desearíamos tener más tiempo de descanso y vacaciones, también los niños y las niñas declaran que les gustaría tener más tiempo para jugar.

El estudio ha analizado las emociones asociadas al juego. La principal emoción es la alegría, especialmente vinculada a actividades sociales y al aire libre. La calma se asocia más a actividades individuales, como leer o ver contenido audiovisual, mientras que los videojuegos aparecen más relacionados con estados de nerviosismo o excitación.

Les provocan mucha satisfacción los juegos en los que se puede crear o inventar algo. La respuesta es coherente con una observación que hizo, hace un siglo, el crítico social Walter Benjamin. Éste notó cómo, a través del juego, los niños y las niñas ponen en funcionamiento su fuerza imaginativa.

Por eso, son preferibles los juegos y juguetes poco específicos, abiertos, como la pelota, que permiten crear algo nuevo. Esta fuerza, que nace del sujeto infantil, y no la intencionalidad con la que es diseñado el juego, o fabricado el juguete, es el fenómeno esencial: "Si el niño quiere arrastrar algo, se convierte en caballo; si quiere jugar con arena se hace panadero; si quiere esconderse se hace ladrón o gendarme".

El juego impulsa a una expansión de la vida. Según hemos visto, generalmente, en estas edades, tiene lugar en espacios cerrados, como el hogar, con los familiares cercanos, incluyendo abuelos y abuelas, que se configuran ya como camaradas habituales de juego. Se juega también en el colegio, con los compañeros.

Pero donde los niños y niñas desearían realmente pasar más tiempo jugando es en los espacios abiertos, como el parque, con amigos y amigas que no tienen por qué ser los del colegio. Y preocupa que más de la mitad de los encuestados afirme que con frecuencia juegan solos.

Estos datos nos deberían hacer pensar en qué tipo de dinámicas estamos metiendo a nuestros pequeños, a veces con agendas tan complicadas como las de los adultos, y qué podemos hacer para que los espacios públicos respondan mejor a su necesidad de expansión.

*** Gonzalo Jover es director del Observatorio del Juego Infantil y Catedrático de Teoría de la Educación en UCM.