Los terremotos duran apenas unos segundos. Sus consecuencias, sin embargo, pueden acompañar a una generación durante años. No solo por los edificios que destruyen o las carreteras que dejan intransitables, sino porque hacen desaparecer, de un instante a otro, aquello que más necesitan los niños y las niñas para crecer: la sensación de seguridad.
Cuando la tierra deja de temblar comienza otra carrera, mucho menos visible que las labores de rescate, pero igual de decisiva. La de conseguir que la infancia vuelva a sentirse protegida.
Quizá resulte fácil pensar que todo esto ocurre lejos. Pero la tierra que hoy tiembla en Venezuela es la misma tierra que habitamos todos. El sufrimiento nunca entiende de fronteras. Cuando una infancia pierde la seguridad, nos interpela a todos.
Tras una de las visitas que nuestra compañera Geraldine realizó a uno de los albergues habilitados en Venezuela después de los terremotos, me contó la historia de dos mujeres de una misma familia que se turnaban para descansar mientras cuidaban a los niños.
Una de ellas apenas conseguía dormir porque temía que alguien pudiera llevarse a su hija. Ni siquiera la dejaba ir sola al baño.
Ningún edificio derrumbado refleja ese miedo. Pero también forma parte del terremoto.
En las primeras horas tras una emergencia, la prioridad es salvar vidas: rescatar a quienes permanecen bajo los escombros, atender a las personas heridas, garantizar agua, alimentos, refugio y atención sanitaria. Es una respuesta imprescindible.
Pero en más de dos décadas trabajando en cooperación internacional he aprendido que sobrevivir no siempre significa estar a salvo.
He visto demasiadas veces cómo las emergencias no terminan cuando dejan de aparecer en las noticias. Ahí empieza el trabajo más difícil: ayudar a que una niña vuelva a dormir tranquila, que un adolescente recupere la confianza o que una familia vuelva a sentirse en casa.
Las emergencias cambian de naturaleza a medida que pasan los días. Muchas familias siguen separadas, las escuelas permanecen cerradas o se convierten en refugios temporales y miles de niños, niñas y adolescentes afrontan el duelo por la pérdida de sus hogares, de sus seres queridos y de la rutina que formaba sus vidas.
Según la organización venezolana de derechos de la infancia Cecodap, en los primeros días de la emergencia se reportó la desaparición o falta de localización de 123 niños, niñas y adolescentes, un dato que refleja la urgencia de reforzar los mecanismos de protección y reunificación familiar.
Los desastres tampoco afectan a todo el mundo por igual. Allí donde desaparecen los espacios seguros, las desigualdades preexistentes se agravan. Las niñas afrontan un mayor riesgo de sufrir violencia, abuso, explotación o trata, especialmente en refugios improvisados y superpoblados.
La interrupción de la educación aumenta además el riesgo de abandono escolar y limita uno de los principales entornos de protección con los que cuentan la infancia y la adolescencia.
Hay heridas que no se ven. Después de un terremoto, muchos niños y niñas dejan de dormir tranquilos, reviven el miedo con cada réplica o cargan con una ansiedad que puede acompañarlos durante mucho tiempo si no reciben apoyo.
Recuperar la salud mental y el bienestar emocional no puede considerarse un paso posterior a la reconstrucción; forma parte de ella desde el primer día.
Después de casi 90 años respondiendo a emergencias en más de 80 países, en Plan International hemos aprendido que reconstruir una comunidad empieza mucho antes de levantar el primer muro.
Empieza creando espacios seguros para la infancia, favoreciendo la reunificación familiar, restableciendo la educación cuanto antes y ofreciendo apoyo psicosocial que permita a niños, niñas y adolescentes recuperar, poco a poco, la confianza perdida.
Por eso, en Venezuela, Plan International está respondiendo junto a organizaciones socias, ayudando a las familias a cubrir necesidades urgentes que salvan vidas y proporcionando apoyo psicosocial y protección a niños, niñas y adolescentes, con especial atención a las niñas.
En las próximas semanas, Venezuela irá desapareciendo de las portadas. Es inevitable. También es habitual que la primera ola de solidaridad vaya perdiendo fuerza. Otras crisis reclamarán nuestra atención y las donaciones disminuirán. Pero las necesidades de quienes han sobrevivido no desaparecen al mismo ritmo que el interés informativo.
De hecho, es precisamente entonces cuando comienza la recuperación más larga y difícil. La verdadera solidaridad no consiste solo en reaccionar cuando la tierra tiembla; consiste también en permanecer cuando el mundo deja de mirar.
*** Virginia Saiz es directora general de Plan International en España.