La tecnología ha ampliado las formas en las que puede ejercerse la violencia de género.

La tecnología ha ampliado las formas en las que puede ejercerse la violencia de género. Julia Ramírez

Historias

Así han normalizado las jóvenes de todo el mundo la violencia de género digital: "Muchas piensan que así es una relación hoy"

Las víctimas consideran como amor e interés la exigencia de compartir contraseñas, la ubicación en todo momento o revisar las redes sociales.

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Dar las contraseñas del móvil y las redes sociales, compartir la ubicación en todo momento o verse obligadas a realizar videollamadas en las que deben mostrar su entorno para demostrar que dicen la verdad sobre su localización. Estos son conductas cada vez más habituales entre los jóvenes y, lo más preocupante, cada vez más normalizado.

Las y los jóvenes no reconocen el control digital como lo que es: violencia sexual y de pareja facilitada por la tecnología. Al contrario, lo confunden con amor e interés. Así lo muestra un artículo científico realizado por Nina Patel, consultora de investigación y psicóloga, para el programa Abuse Is Not Love, de Yves Saint Laurent Beauty.

Noelia Palacios, técnica de empleo en Fundación Ana Bella y coordinadora de este programa desde la entidad española, cuenta que la tecnología ha ampliado las formas en las que puede ejercerse la violencia de género.

El control ya no termina cuando una pareja se separa o cuando cada persona se marcha a su casa: puede continuar a través del móvil, las redes sociales, la geolocalización, las contraseñas, las aplicaciones de mensajería, perfiles falsos e, incluso, a través de bizum, expone.

No solo han observado eso desde la Fundación Ana Bella. Su portavoz habla también de exigir respuestas inmediatas, revisar el móvil, controlar los seguidores en redes sociales o interpretar la falta de respuesta como una falta de amor.

De hecho, lo que más le sorprendió a la autora fue la frecuencia con la que los expertos con los que hablaron para el estudio hablaban de los jóvenes que usaban las videollamadas como prueba.

Sin embargo, era raro que las víctimas lo describieran como control, aunque sí reconocían que es agotador o que les provoca ansiedad constante y pánico. "Muchas pensaban que simplemente era así como se ve una relación hoy en día". Algo que parece ocurrir a nivel mundial.

Para su investigación, Patel se entrevistó con diez expertos de destacadas oenegés que trabajan directamente con jóvenes –de 16 a 24 años– que sufren violencia de género. Los países fueron Francia, España, Estados Unidos, Reino Unido, Suecia y Sudáfrica.

Por ejemplo, Vasiliki Liafou, psicóloga jefa de WIN Hellas (Grecia) y una de las diez expertas consultadas para este estudio, observó que las personas que atiende experimentan el hecho de compartir su ubicación como una fuente constante de presión entre las parejas jóvenes.

Esta exigencia de transparencia no se percibía como un control, sino como una condición inherente a la intimidad, explicó durante la entrevista.

En el mismo sentido, Tracey Vitchers, de la ONG estadounidense It’s On Us, expuso que seguir la ubicación en tiempo real, las constantes consultas y las exigencias de saber con quién están resultan intrusivas para las víctimas, pero a menudo no pueden decidir si tales acciones cruzan un límite.

La vigilancia parece haberse vuelto tan rutinaria que estas acciones pueden pasar desapercibidas como violencia, observa Patel en el documento publicado. La investigadora advierte de los riesgos que entraña.

Cuando compartir contraseñas es lo habitual, conocer la ubicación una expectativa o la disponibilidad sinónimo de intimidad, "una persona joven puede terminar renunciando a todos sus límites, creyendo que eso es amor".

Palacios expone que, precisamente, una de las principales dificultades es que muchas de estas conductas se presentan inicialmente como muestras de amor, interés o preocupación. Además, entra en juego el mito del amor romántico: "Si me quiere, querrá saber dónde estoy", "si no tiene nada que ocultar, me enseñará el móvil" o "los celos significan que le importo".

Vigilancia paterna

Otra de las conclusiones del artículo del programa Abuse Is Not Love es que parte de la normalización de este tipo de violencia se debe a la vigilancia constante de los padres sobre los hijos.

La monitorización excesiva de progenitores y cuidadores sobre el comportamiento de los menores en la red puede ser contraproducente para que los últimos construyan sus propios límites. De hecho, en nueve de las diez organizaciones entrevistadas por Patel, los expertos observaron que los jóvenes trasladan esta lección directamente a sus relaciones íntimas.

Por ejemplo, en Indonesia, Danika Nurkalista observó que compartir la ubicación está tan normalizado como práctica de seguridad dentro de las familias que los jóvenes no lo cuestionan.

Zandra Kanakaris, de 1000 Möjligheter en Suecia, contó en su entrevista que los padres "preparan a sus hijos para que aprendan a ser controlados" mediante el seguimiento y la vigilancia constantes.

Para la investigadora este es un punto crucial. Entiende que los progenitores y tutores lo hacen porque quieren que los menores estén seguros. Sin embargo, la actitud conlleva una lección tácita e implícita: si me amas y quieres que me sienta seguro, no debes tener privacidad digital.

Por eso, cuando su pareja les exige las contraseñas o rastrea su teléfono, no traspasan ningún límite mental, porque nunca se les ha permitido establecerlos digitales en casa, agrega Patel.

La psicóloga defiende que se debe enseñar a los padres a equilibrar la seguridad con el consentimiento digital. Solo así se conseguirá que los niños aprendan que los límites son una parte saludable de cualquier relación afectiva.

El objetivo, continúa, no es eliminar todas las medidas de seguridad, sino ayudar a los más jóvenes a comprender que la seguridad y la privacidad pueden coexistir.

Palacios indica que eso pasa por repensar cómo se educa. En lugar de plantearles únicamente que queremos saber donde están, se puede trabajar para explicarles qué hacer si algo les incomoda. También dejarles claro que pueden acudir a su progenitor si alguien les amenaza o darles las herramientas para protegerse.

La IA como acelerador

Como en otros ámbitos, la inteligencia artificial también ha servido como acelerador. Como advierte Palacios, añade nuevas posibilidades y nuevos riesgos. Puede utilizarse para crear imágenes o vídeos falsos, suplantar identidades, manipular contenidos o generar mensajes de forma masiva.

En este sentido, no crea por sí misma la violencia de género, pero la facilita, amplifica y hace más sofisticadas determinadas formas de violencia y acoso. "Por eso es importante que la prevención avance al mismo ritmo que las tecnologías", agrega.

Stephany Oliveros, CEO de Lyra AI expone que, lo que antes requería que el agresor supiera programar o tuviera acceso a herramientas de vigilancia caras, ahora lo hace una aplicación gratuita o un chatbot en tres clics.

"Una aplicación de nudificación no necesita que el agresor sepa nada de ordenadores, solo necesita que exista y sea accesible". Eso cambia quién puede ejercer este tipo de violencia, ya no hace falta ser técnico, hace falta tener el móvil de la pareja, subraya la experta en inteligencia artificial.

Parte de este problema, destaca, está en la falta de mujeres en el diseño de estos modelos. Habla desde la experiencia, pues ella se ha sentado en salas de producto donde nadie de la mesa se había preguntado si se podía usar esa herramienta para controlar a alguien.

"Nadie lo había vivido ni lo veía como un riesgo prioritario", dice,recordando que todas esas personas eran hombres. No es que los equipos sean malintencionados, reconoce, sino que el celo o la confirmación de lectura en los mensajes nunca pasaron por un comité de riesgo con perspectiva de género.

"La diversidad en el diseño no es una cuota simbólica, es la diferencia entre construir con un caso de abuso en la lista de amenazas o descubrirlo después, con víctimas reales", dice tajante la CEO de Lyra AI.