Playas accesibles.

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El reto de la accesibilidad de las playas españolas: "Puede existir un parking adaptado y no haber un recorrido liso hasta el mar"

El acceso al baño depende de una cadena que arranca en la información previa y sigue por el transporte, el aparcamiento, los servicios y la atención al usuario.

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España cuenta con 1.331 playas catalogadas como accesibles, repartidas entre 13 comunidades autónomas, 24 provincias y 333 municipios, según el listado de playas de movilidad reducida de Discapnet, de Fundación ONCE.

Cruz Roja, por su parte, mantiene este verano 188 zonas de baño y ocio adaptado en 13 provincias, mientras el portal oficial de Turismo de España sitúa en alrededor 600 las playas adaptadas para personas con movilidad reducida.

Las cifras no responden necesariamente al mismo criterio de catalogación, pero dibujan una costa en la que los recursos de accesibilidad están cada vez más presentes.

El problema aparece cuando se mira qué significa realmente que una playa sea accesible.

Para Jesús Hernández-Galán, director de AccessibleEU, el Centro Europeo de Recursos sobre Accesibilidad liderado por Fundación ONCE, la condición fundamental es que la experiencia pueda realizarse de principio a fin con continuidad, seguridad y autonomía.

La accesibilidad comienza, según explica a ENCLAVE, cuando una persona busca información para decidir dónde pasar el día. Debe poder conocer de antemano qué servicios existen, dónde están situados y en qué condiciones se encuentran.

Después llega el trayecto físico. El transporte y el aparcamiento deben estar conectados con itinerarios sin obstáculos que conduzcan hasta la zona de baño. El recorrido debe permitir utilizar aseos, vestuarios, duchas y otros servicios, con señalización comprensible y personal preparado para atender a personas con distintas necesidades.

Es por ese motivo que Hernández-Galán insiste en que todos esos elementos tienen que funcionar coordinadamente porque "una interrupción en cualquier punto del recorrido puede impedir que una persona disfrute realmente del día de playa".

Cada tramo cuenta

La imagen de una playa accesible suele asociarse a una pasarela de madera o caucho que se adentra en la arena, una silla anfibia o una zona reservada. Son recursos importantes. Pero Discapnet incluye entre los elementos habituales los aparcamientos reservados, las rampas, las pasarelas, las sillas y muletas anfibias, los aseos y duchas adaptados, las zonas de sombra y el personal de apoyo.

Turismo de España añade recursos como chalecos, flotadores, grúas de transferencia y soluciones destinadas también a personas con discapacidad sensorial. Sin embargo, la existencia de esos elementos no garantiza por sí misma que una persona pueda utilizarlos.

"El error más frecuente es confundir una medida puntual con una experiencia accesible", sostiene Hernández-Galán.

Rampa hacia la orilla.

Rampa hacia la orilla. iStock

Las barreras pueden aparecer en distintos momentos. Empiezan en ocasiones antes del desplazamiento, cuando falta información fiable para elegir una playa que responda a las necesidades de cada persona. Continúan en el transporte, el aparcamiento, el acceso desde la vía pública, los pavimentos y recorridos hasta la arena. Y pueden reaparecer al utilizar los aseos, vestuarios o servicios de baño.

La cuestión, por tanto, no consiste en sumar equipamientos independientes, sino en conseguir que el itinerario completo funcione.

Esta perspectiva también ayuda a explicar las diferencias que existen entre municipios y entre playas de un mismo litoral. El director de AccessibleEU descarta una causa única. Los recursos económicos influyen, pero también lo hacen la planificación y la coordinación entre servicios.

Por ese motivo, plantea que la accesibilidad forme parte de la planificación turística y municipal desde el comienzo. La adaptación posterior puede resolver una barrera concreta, pero el diseño inicial permite pensar conjuntamente los desplazamientos, los servicios y las necesidades de los usuarios.

El objetivo es que las soluciones formen parte del funcionamiento ordinario de la playa y no dependan de actuaciones aisladas o temporales.

España, además, parte de una posición relevante en materia turística. Hernández-Galán recuerda que existen numerosas buenas prácticas en distintos puntos del litoral y destaca el papel de iniciativas como las Banderas Azules, que incorporan criterios relacionados con la accesibilidad.

También señala los trabajos de ONU Turismo, que identifican experiencias de referencia en materia de accesibilidad turística y han situado a distintas playas españolas entre las buenas prácticas analizadas.

El reto de la coordinación

La existencia de legislación tampoco garantiza por sí misma que una playa sea utilizable.

Hernández-Galán considera que el marco normativo español y europeo ha avanzado, pero advierte de que el verdadero desafío está en trasladar sus principios a los espacios y servicios. "Una norma solo produce cambios reales cuando se traslada de forma efectiva a los espacios, productos y servicios", afirma.

En las playas, esa aplicación debería superar una comprobación basada en elementos aislados. La evaluación debe comprobar si una persona puede completar el recorrido, utilizar los servicios y llegar hasta el agua con seguridad.

Para ello resultan necesarios mecanismos de seguimiento que permitan detectar dónde se interrumpe la accesibilidad y si los recursos continúan funcionando correctamente una vez instalados.

Baños adaptados en la playa.

Baños adaptados en la playa. iStock

Esta cuestión cobra especial importancia porque la oferta de accesibilidad no es homogénea. Hay playas con soluciones básicas y otras que incorporan sistemas de baño asistido, zonas de sombra, aseos y vestuarios adaptados, grúas, sillas anfibias y personal especializado.

El propio portal oficial de Turismo de España advierte de que alrededor de 600 playas están adaptadas para personas con movilidad reducida, pero que no todas ofrecen el mismo nivel de servicios ni pueden considerarse accesibles para cualquier tipo de discapacidad.

La diversidad de necesidades también obliga a ampliar la mirada. Una playa inclusiva debe contemplar las dificultades de movilidad, pero también las relacionadas con la visión, la audición o la comprensión de información.

Turismo de España recoge, entre otros recursos, señalización visual, táctil y sonora, así como sistemas para delimitar las zonas de baño destinados a personas ciegas o con baja visión. La accesibilidad, por tanto, no termina cuando una silla de ruedas consigue alcanzar la arena.

Un litoral diverso

Las experiencias existentes muestran que no existe un único modelo de playa accesible.

En Andalucía, por ejemplo, la playa de La Misericordia, en Málaga, dispone de pasarelas, duchas adaptadas, zonas de sombra y asistencia al baño en temporada alta. La Barrosa y Sancti Petri, en Chiclana de la Frontera, La Antilla, en Lepe, y El Espigón, en Huelva, figuran también entre las opciones recogidas por Discapnet.

En Cantabria, Los Peligros ofrece acceso urbano, baños y duchas adaptados, baño asistido y acompañamiento especializado. En Cataluña, Nova Icària, en Barcelona, dispone de sillas anfibias y servicio de baño asistido, mientras que en Galicia, Samil, en Vigo, cuenta con sillas anfibias y zonas reservadas.

En la Comunidad Valenciana destacan La Malvarrosa, en Valencia, y la Marineta Cassiana, en Dénia.

La diversidad continúa en otros puntos del litoral. Las Vistas, en Tenerife, dispone de grúa de transferencia, baño asistido, sillas anfibias y personal especializado. Las Canteras, en Gran Canaria, incorpora rampas, sillas anfibias, baños adaptados y asistencia profesional durante el verano.

En Baleares, Alcúdia cuenta con pasarelas, duchas y apoyo estacional, mientras que La Concha, en San Sebastián, ofrece acceso adaptado desde el paseo y servicios próximos al agua.

En la Región de Murcia, la información aportada por Turismo de España señala que el 80% de sus principales playas cuenta con accesibilidad para personas con movilidad reducida y que muchas incorporan asistencia al baño y equipamiento específico.

Cruz Roja mantiene, además, 188 zonas activas de baño y ocio adaptado en 13 provincias, con ayudas técnicas destinadas a facilitar el acceso seguro al agua. Estas diferencias hacen especialmente relevante comprobar las condiciones antes de desplazarse. Los servicios pueden ser estacionales, tener horarios concretos o depender de la disponibilidad de personal.

Por eso, Discapnet y Turismo de España recomiendan consultar la información municipal y turística de cada destino antes de acudir, mientras Cruz Roja dispone de herramientas de búsqueda para localizar playas con atención a personas con discapacidad.

Pasos a seguir

Si un ayuntamiento quisiera mejorar de forma inmediata la accesibilidad de una playa, Hernández-Galán plantea tres prioridades.

La primera sería analizar la experiencia completa, desde la información previa y el transporte hasta el acceso al agua. Ese diagnóstico permitiría localizar los puntos en los que se rompe la continuidad y conectar aparcamiento, entrada, itinerarios, aseos, vestuarios y zona de baño.

La segunda pasa por implicar a todo el sector turístico. El director de AccessibleEU defiende que la accesibilidad debe entenderse como una inversión en calidad y no como una partida independiente de la actividad turística. Para que esa idea se consolide, considera necesario que forme parte del diseño de los espacios, productos y servicios desde su origen.

Nieto empujando a su abuela en silla de ruedas en el camino de la playa.

Nieto empujando a su abuela en silla de ruedas en el camino de la playa. iStock

La tercera consiste en mejorar la información y la atención. Las páginas web y los materiales turísticos deben explicar de forma comprensible qué servicios existen y cómo pueden utilizarse, mientras que los profesionales necesitan formación para atender a personas con necesidades diferentes.

A todo ello debería añadirse una evaluación periódica que permita comprobar que las soluciones siguen siendo útiles.

AccessibleEU trabaja precisamente en esa transferencia de conocimiento entre países y en la identificación y difusión de buenas prácticas. Para Hernández-Galán, compartir experiencias permite adaptar soluciones que ya han demostrado funcionar a otros territorios, aunque siempre teniendo en cuenta las características concretas de cada destino.