Varias personas observan el humo del incendio, en La Bisbal d'Empordà, Girona, Catalunya (España).

Varias personas observan el humo del incendio, en La Bisbal d'Empordà, Girona, Catalunya (España). Glòria Sánchez Europa Press

Historias

El desafío español de gestionar unos montes cada vez más vulnerables: "Los incendios no se apagan solo con más medios"

Tras el peor año de fuegos del último siglo y con las llamas reapareciendo antes de que el verano alcance su punto álgido, los expertos analizan la situación.

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El verano apenas acaba de comenzar y España ya vuelve a mirar con preocupación hacia sus montes. Desde este viernes 3 de julio el foco está en Cataluña, donde un virulento incendio ha afectado ya, al momento de escribir estas líneas, a unas 1.280 hectáreas de terreno y quema parte del macizo de les Gavarres (Girona).

Según los Bombers, el fuego tiene un potencial de 10.000 hectáreas, donde preocupa especialmente el flanco derecho. Razón por la que se han movilizado 53 dotaciones terrestres y 11 aéreas, se desplegará la Unidad Militar de Emergencias (UME) y se han confinado 12 localidades.

Asimismo, el pasado martes 30 de junio, un incendio declarado en la sierra de Alcubierre, en Zaragoza, obligaba a desplegar un operativo de unos 250 efectivos, activar a la UME y combatir unas condiciones meteorológicas extremas que permitieron que las llamas devoraran cerca de un millar de hectáreas en apenas dos horas y media.

Al mismo tiempo, otro gran fuego declarado previamente en los municipios oscenses de Tamarite de Litera y Alcampell dejaba un balance de 4.525 hectáreas quemadas, evacuaciones y confinamientos preventivos.

Y, con casi 30 días de diferencia, un incendio en la Región de Murcia ponía sobre la mesa una amenaza que cada año llega antes y golpea con mayor intensidad.

No son episodios aislados. Son el recordatorio de que la temporada del terror —que se cobró al menos ocho vidas el año pasado— ya no comienza cuando marca el calendario.

Las altas temperaturas, las sequías prolongadas y los episodios de viento extremo están adelantando unas campañas que, además, presentan incendios mucho más rápidos, impredecibles y difíciles de controlar en comparación con años atrás, tal y como indica el último informe de WWF Incendios extremos: el reto de adaptar el territorio.

El precedente inmediato tampoco invita al optimismo. De acuerdo con el documento elaborado por el Fondo Mundial para la Naturaleza, España cerró el 2025 con 354.793,50 hectáreas forestales arrasadas, la peor cifra registrada en la última década y uno de los peores balances desde que existen registros oficiales.

Nunca antes en el último siglo habían ardido tantas hectáreas en un solo año. Y la cosa no se queda ahí. Detrás de ese dato, quedan ecosistemas destruidos, explotaciones agrícolas perdidas, miles de personas evacuadas y un enorme coste económico, ambiental y social que tarda un extenso período de tiempo en repararse.

Incendios forestal.

Incendios forestal. iStock

Aquella campaña dejó además imágenes inéditas para los servicios de emergencia. Según explica Valentín Gómez, ingeniero de montes y portavoz del Instituto de Ingeniería de España, agosto de 2025 obligó a gestionar un escenario extraordinario con hasta cuatro incendios de más de 5.000 hectáreas activos de forma simultánea en una misma provincia.

La experiencia, explica, ha servido para introducir mejoras organizativas y reforzar la coordinación institucional mediante nuevas herramientas normativas, como el Real Decreto aprobado a comienzos de este año para mejorar la cooperación entre administraciones en prevención, vigilancia y extinción.

Sin embargo, advierte de que el aprendizaje institucional no resuelve por sí solo el origen del problema.

Por ese motivo, de un modo u otro, la pregunta que vuelve cada año sigue siendo la misma: ¿está España realmente preparada para afrontar una nueva generación de incendios? La respuesta, según coinciden los especialistas consultados para este reportaje, es mucho más compleja que un simple sí o un simple no.

No todo es extinción

Durante años, la estrategia española frente a los incendios ha estado marcada por un enorme esfuerzo en extinción. De hecho, el país dispone hoy de uno de los dispositivos más avanzados de Europa, con profesionales, medios terrestres, recursos aéreos y una capacidad de respuesta que permite controlar las llamas antes de que alcancen grandes dimensiones.

Sin embargo, los expertos consideran que ese modelo ha llegado a un punto de saturación. El problema ya no reside únicamente en apagarlos más rápido, sino más bien en que los incendios actuales encuentran unas condiciones que hacen que, en determinados momentos, sencillamente no puedan combatirse de forma directa.

"Los medios de extinción están relativamente bien dimensionados", explica Valentín Gómez. "Hay margen para mejorar en profesionalización o incorporar nuevas tecnologías como inteligencia artificial, simuladores o drones, pero el gran problema no está ahí".

El reto se encuentra mucho antes de que aparezca la primera chispa. Y es que España cuenta con más de 28 millones de hectáreas forestales, una superficie que no ha dejado de crecer durante las últimas décadas.

En concreto, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), el país supera ya las 19 millones de hectáreas arboladas, cerca de un millón y medio más que a finales del siglo pasado.

A primera vista podría parecer una buena noticia. Pero ese crecimiento también tiene una cara menos visible.

La cuestión es que, cada año, los bosques generan alrededor de 46 millones de metros cúbicos de biomasa, mientras únicamente se aprovecha aproximadamente el 40%. El resto permanece acumulado en el monte en forma de árboles secos, ramas, matorrales o vegetación densa que actúa como combustible cuando llega el fuego.

Ese fenómeno, además, se ha intensificado por varios factores que se retroalimentan: el abandono rural, la desaparición de actividades tradicionales como el pastoreo extensivo, la escasa rentabilidad de muchos aprovechamientos forestales y una propiedad muy fragmentada.

Las estadísticas oficiales del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) apuntan a que cerca del 72% de los montes españoles pertenece a propietarios privados, muchos de ellos con parcelas muy pequeñas que resultan difíciles de gestionar de forma rentable.

El resultado es un paisaje muy diferente al de hace apenas unos años atrás. Donde antes existían cultivos, pastos, zonas aclaradas o aprovechamientos forestales continuos, hoy predominan masas forestales mucho más densas y continuas, capaces de alimentar incendios de enorme intensidad.

Una persona sostiene una pala mientras las llamas de un incendio forestal aumentan en Vilar de Condes (Orense)

Una persona sostiene una pala mientras las llamas de un incendio forestal aumentan en Vilar de Condes (Orense) Reuters

La consecuencia no solo es que ardan más hectáreas. Es que el propio comportamiento de las llamas ha cambiado.

Los especialistas hablan ya de incendios de quinta y sexta generación. Es decir, fuegos capaces de ascender rápidamente hasta las copas de los árboles, generar enormes columnas convectivas, modificar las condiciones atmosféricas de su entorno e incluso crear su propio microclima.

El problema es que, en esas circunstancias, las labores de extinción dejan de centrarse en apagar directamente las llamas y pasan, en muchos casos, a proteger a la población mientras se espera un cambio favorable del viento, de la humedad o de la temperatura.

Como resume Gómez, son fuegos "prácticamente imposibles de combatir directamente", en los que incluso los operativos mejor preparados deben limitar sus actuaciones por motivos de seguridad.

La crisis ya no consiste únicamente en responder cuando aparecen las llamas. Consiste sobre todo, de acuerdo con WWF, en evitar que el monte llegue a convertirse en el combustible perfecto.

El abandono

Los grandes incendios comienzan cuando el monte deja de generar actividad económica.

Cuando desaparecen los ganaderos que mantenían limpio el matorral. Cuando los tratamientos selvícolas dejan de realizarse porque dejan de ser rentables. Cuando los propietarios privados encuentran más obstáculos administrativos que incentivos para cuidar sus terrenos.

En definitiva, cuando el bosque pasa años acumulando combustible sin apenas intervención humana. Y es que precisamente ese abandono explica buena parte de la vulnerabilidad actual de los ecosistemas españoles.

Si bien es cierto que el cambio climático intensifica las olas de calor y prolonga las sequías, el fuego necesita combustible para propagarse con la violencia que hoy muestran los grandes incendios forestales.

Gestionar el monte

La prevención, sostienen los expertos, no consiste únicamente en abrir cortafuegos o reforzar los dispositivos de extinción.

Significa intervenir durante todo el año para reducir la cantidad de combustible disponible mediante desbroces, clareos, podas, quemas prescritas, aprovechamientos forestales o la recuperación del pastoreo extensivo, una práctica que durante décadas mantuvo controlado el crecimiento del matorral que hoy ha retrocedido con el abandono del medio rural.

Sin embargo, trasladar esa idea del papel al territorio sigue siendo uno de los grandes desafíos. Para Kiko González, especialista en iniciativas de gestión del territorio de Nactiva, la clave pasa por recuperar algo que tiempo atrás formó parte de la vida cotidiana.

"Durante generaciones existieron modelos territoriales en los que valor, gestión y cuidado eran inseparables. Pensemos en un ganadero de montaña. Su sustento dependía directamente del estado del territorio", indica.

Y añade: "Mantener pastos, limpiar senderos, conservar puntos de agua o controlar el matorral no eran actividades extraordinarias: formaban parte de su día a día. Cuidar el territorio era cuidar su propio futuro".

La cuestión es que pese a que esos perfiles —ganaderos, agricultores, gestores forestales y otros profesionales ligados al medio rural— siguen existiendo, explica, actualmente necesitan apoyo para multiplicar su impacto.

"Si dotamos a estas personas de herramientas, financiación, tecnología y reconocimiento, estaremos aplicando una de estas formas más eficaces y prácticas de reducir el riesgo de incendios", sostiene.

La prevención, por tanto, no pasa únicamente por invertir más dinero, sino por conseguir que el territorio vuelva a generar oportunidades. Porque cuando un monte tiene valor económico, social o ambiental, también existen más incentivos para conservarlo.

Ese planteamiento conecta directamente con uno de los grandes problemas de la España rural, como lo es la pérdida progresiva de actividad económica.

Para González, el reto consiste en cambiar la percepción de quienes trabajan sobre el territorio: "Debemos conseguir que estas profesiones sean percibidas no como una obligación o un sacrificio, sino como una oportunidad, una forma digna de generar riqueza, bienestar y futuro en las zonas rurales".

En esa estrategia cobran especial relevancia los llamados mosaicos agroforestales. Es decir, paisajes donde conviven bosques, cultivos, pastos y explotaciones ganaderas. Pues, precisamente esa diversidad crea discontinuidades naturales en la vegetación que reducen la velocidad y la intensidad del fuego.

Ejemplo de ello son los grandes incendios registrados en Cataluña en 2017, donde algunas zonas de viñedo actuaron como barreras que frenaron parcialmente el avance de las llamas. Y es que, como resume González, "no se trata de detener por completo un gran incendio, sino de romper su inercia y crear oportunidades para su control".

Imagen de recurso de un incendio forestal.

Imagen de recurso de un incendio forestal. Gilitukha Istock

Por ese motivo, el experto subraya que recuperar este tipo de paisajes es fundamental, ya que supone construir territorios mucho más resilientes frente a unos incendios cada vez más extremos.

La gestión activa del monte también encuentra respaldo en sectores económicos estrechamente vinculados al bosque.

Desde la Asociación Española de Fabricantes de Pasta, Papel y Cartón (ASPAPEL) recuerdan que conservar no se basa en dejar el monte intacto, más bien supone intervenir con criterios técnicos que permitan reducir la acumulación de biomasa, mejorar la resistencia de las masas forestales frente a plagas, sequías e incendios y mantener una actividad económica capaz de fijar población en el medio rural.

No es un asunto menor. Y es que el 88,4% de la madera utilizada por la industria papelera española procede de montes nacionales, mientras las plantaciones destinadas a este aprovechamiento absorben más de 41,5 millones de toneladas de CO₂ al año.

Además, el 95% de las fábricas cuentan con certificaciones de gestión forestal sostenible y la actividad genera cerca de 18.700 empleos directos e indirectos, concentrados principalmente en zonas rurales.

El reto pendiente

Pero si la gestión forestal aparece de forma recurrente como la principal solución, ¿por qué sigue siendo la gran asignatura pendiente?

Para Patricia Gómez, gerente de la Confederación de Organizaciones de Selvicultores de España (COSE), la respuesta está clara. El problema ya no es saber qué debemos realizar; el gran desafío radica en crear las condiciones para poder hacerlo.

"Existe un amplio consenso técnico sobre lo que hay que hacer, pero todavía no existen las condiciones económicas y administrativas para hacerlo a la escala que necesitan nuestros montes", explica.

A lo que añade: "La selvicultura preventiva requiere planificación, inversión y continuidad en el tiempo, pero la rentabilidad forestal sigue siendo muy baja y la normativa resulta, en muchos casos, excesivamente compleja y lenta".

La consecuencia es que el bosque llega al verano con una enorme cantidad de material vegetal disponible para alimentar incendios cada vez más intensos. Por eso la gerente de la COSE considera que el debate sobre los incendios no puede limitarse únicamente al calentamiento global.

"El cambio climático explica por qué los incendios son más agresivos; la falta de gestión explica por qué encuentran las condiciones perfectas para convertirse en grandes incendios forestales", asegura.

Esa combinación de temperaturas cada vez más extremas y montes densos, continuos y abandonados es, a su juicio, la verdadera explicación de la magnitud alcanzada por los grandes incendios en los últimos años.

A ello se suma un problema administrativo que los propietarios llevan años denunciando. Y es que muchas actuaciones preventivas requieren autorizaciones que pueden demorarse durante meses, precisamente cuando la prevención exige actuar con rapidez.

Por ese motivo, desde la COSE reclaman simplificar esos procedimientos, reforzar las ayudas públicas, favorecer la agrupación de propietarios para superar el minifundismo e impulsar infraestructuras como pistas forestales, puntos de agua o áreas estratégicas de gestión.

Pero también piden un cambio de enfoque político.

Los propietarios forestales, recuerda Gómez, no solo producen madera o biomasa. También almacenan carbono, conservan biodiversidad, regulan el agua, protegen el suelo frente a la erosión y reducen el riesgo de incendios, unos servicios ecosistémicos cuyo valor apenas encuentra hoy reconocimiento económico.

Sin preparación suficiente

Los incendios registrados recientemente en Murcia, Aragón y Cataluña han vuelto a demostrar que España dispone de operativos cada vez más coordinados y experimentados para responder a las emergencias. La planificación ha mejorado, la tecnología empieza a incorporarse a la gestión y las administraciones han reforzado su coordinación tras la durísima campaña de 2025.

Sin embargo, los expertos coinciden en que ningún dispositivo de extinción podrá compensar años de abandono del territorio.

La verdadera batalla contra los grandes incendios no se libra solamente cuando despegan los hidroaviones o llegan las brigadas forestales.

Helicóptero arrojando agua sobre un incendio forestal.

Helicóptero arrojando agua sobre un incendio forestal. iStock

Se libra durante el invierno, en los trabajos de gestión forestal; en las explotaciones ganaderas que mantienen limpio el monte; en las cuadrillas que realizan desbroces y clareos; en los propietarios que encuentran rentable seguir cuidando sus fincas y en unas políticas públicas capaces de convertir la prevención en una prioridad permanente y no estacional.

Porque el cambio climático seguirá aumentando las temperaturas y prolongando las sequías. Sobre ese factor existe un margen de actuación limitado. Sobre el estado de nuestros montes, en cambio, todavía hay capacidad para decidir.

Y ahí Patricia Gómez resume, probablemente, la principal conclusión de este debate: "Los incendios no se evitarán únicamente con mejores medios de extinción; se evitarán, sobre todo, con una política forestal que convierta a los propietarios en protagonistas de la prevención".