Decenas de marroquíes tratan de conseguir el certificado de penales el día que arranca la regularización en el consulado de Marruecos en Almería.

Decenas de marroquíes tratan de conseguir el certificado de penales el día que arranca la regularización en el consulado de Marruecos en Almería. Europa Press

Historias

España facilita la regularización de 500.000 migrantes pese a las denuncias: "El epítome del racismo es la Ley de Extranjería"

El proceso extraordinario promete integrarlos en el mercado laboral, pero las organizaciones sociales alertan de trabas estructurales y discriminación.

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España se enfrenta a un momento decisivo en su política migratoria. La regularización extraordinaria impulsada por el Gobierno, en marcha desde abril de 2026, aspira a sacar de la invisibilidad administrativa hasta 500.000 personas migrantes que ya viven en el país.

Se trata de una medida de gran alcance, tanto por su dimensión —con previsiones que apuntan a hasta 750.000 solicitudes— como por su impacto potencial en el mercado laboral y en el acceso a derechos básicos.

El mecanismo establece condiciones claras. Solo podrán acogerse quienes hayan llegado antes del 1 de enero de 2026, acrediten al menos cinco meses de estancia continuada en España, carezcan de antecedentes penales y cumplan alguno de los supuestos vinculados al empleo, la unidad familiar o la situación de vulnerabilidad.

Desde el momento en que se admite a trámite la solicitud, el sistema concede un permiso provisional de trabajo, lo que supone una ruptura con el modelo anterior, caracterizado por largos periodos de irregularidad forzada.

Sin embargo, esta apertura administrativa convive con una realidad estructural compleja. Pues, la regularización no parte de cero. Intenta corregir un sistema que, según denuncian organizaciones sociales, produce irregularidad de forma sistemática.

Sarahi Boleko, de Articulación Antirracista de Madrid, sitúa el problema en la base del marco legal: "La Ley de Extranjería en España es el epítome de lo que es el racismo institucional". Su análisis apunta a una desigualdad de origen en las oportunidades de migrar de forma regular.

Mientras la movilidad dentro de la Unión Europea está garantizada, las personas procedentes del sur global encuentran barreras casi infranqueables en los consulados. "Muchas veces no te facilitan una visa de trabajo", explica, lo que empuja a los migrantes a entrar o permanecer en situación irregular.

Irregulares marroquíes hacen cola en el consulado de su país en Almería este miércoles para conseguir el certificado de penales.

Irregulares marroquíes hacen cola en el consulado de su país en Almería este miércoles para conseguir el certificado de penales. EFE

Las consecuencias atraviesan todos los ámbitos de la vida. "No tienes acceso a un médico regularizado, ni a medicamentos, ni a poder trabajar y cotizar en la Seguridad Social", denuncia Boleko, subrayando que la irregularidad es una categoría administrativa, pero, además, una situación de exclusión efectiva.

El propio diseño del sistema, añade, obliga a permanecer durante años en esa situación: "Se exige haber vivido tres años en el país para acceder al arraigo social, en un contexto de total desprotección".

Falsas creencias

En paralelo, el debate público sobre la regularización sigue condicionado por narrativas erróneas. Marga Morales, responsable de programas de Calala Fondo de Mujeres, identifica una serie de mitos que distorsionan la percepción social del fenómeno migratorio.

El primero, la asociación entre migración y delincuencia. "Para iniciar el proceso es obligatorio presentar antecedentes penales del país de origen y de España. Si existe algún delito, la regularización no puede continuar", aclara.

El segundo, el supuesto "efecto llamada". Morales lo desmiente asegurando que "las personas que acceden a este proceso ya estaban en España desde hace meses o años".

Y el tercero, su impacto político. "La regularización es de residencia, no de ciudadanía. Para votar se requieren años adicionales de permanencia legal", explica, desmontando una de las ideas más extendidas en el discurso político.

Dejando a un lado el marco normativo, el principal cuello de botella se encuentra en la burocracia.

Giselle Barona, directora de HomologIN, grupo de trabajo especializado en asesoría y gestión de trámites para la homologación de títulos profesionales y académicos extranjeros en España, describe un sistema administrativo tensionado hasta el límite, especialmente en el proceso de convalidación, un paso imprescindible para miles de profesionales cualificados.

"La primera gran muralla es homologar los títulos en un ministerio desbordado", afirma. Los plazos, lejos de estabilizarse, se han vuelto impredecibles.

Algunos expedientes se resuelven en semanas, mientras otros permanecen bloqueados durante años. "Las demoras superan los dos años, y en algunos casos se vuelven a solicitar documentos ya entregados", señala.

El problema no es menor. España arrastra un déficit estructural en sectores clave como la sanidad, mientras miles de profesionales extranjeros ven bloqueada su incorporación al mercado laboral. "Si no fuera por los médicos extracomunitarios, el colapso sanitario sería de alcance apocalíptico", advierte Barona.

Desigualdad de oportunidades

Pero incluso cuando se supera el laberinto administrativo, la integración dista de estar garantizada. El acceso a la vivienda y al empleo sigue marcado por dinámicas discriminatorias.

"Que te regularices no significa que te alquilen un piso o que consigas un contrato", explica Boleko, quien insiste en que el racismo estructural trasciende la situación administrativa. "Los sesgos siguen operando en el acceso a derechos básicos".

Es por ese motivo que la irregularidad deja cicatrices invisibles, especialmente en mujeres migrantes. Morales describe un escenario de vulnerabilidad extrema marcado por la explotación laboral, dificultades para acceder a la sanidad y un mercado de vivienda donde proliferan abusos.

"Se generan situaciones de indefensión y vulneración de derechos humanos", advierte.

A pesar de todo, los efectos positivos de la regularización son evidentes. La incorporación al mercado laboral formal se traduce en cotizaciones, estabilidad económica y mayor protección social.

Morales lo resume de forma clara: "Es un escenario de ganar-ganar". No solo para las personas migrantes, que acceden a derechos fundamentales, sino también para la sociedad española, que se beneficia de su contribución económica y social.

Sin embargo, las organizaciones coinciden en que la medida, por sí sola, no es suficiente. Reclaman más tiempo para el proceso, mayor financiación para entidades que acompañan a las personas migrantes y la creación de espacios de asesoramiento accesibles.

Aunque, en este caso, el debate trasciende la coyuntura de esta regularización. Para Boleko, la clave está en un cambio más profundo: "Si no reconocemos que el racismo es estructural, no estamos partiendo de una situación de igualdad".

Así pues, España abre ahora una ventana para corregir una realidad de exclusión prolongada. Pero la magnitud del reto plantea una cuestión de fondo.

Si las estructuras que generan la irregularidad permanecen intactas, la regularización, por ambiciosa que sea, corre el riesgo de convertirse en una solución temporal a un problema permanente.