Laura Bowles
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Con la reciente cita del Día Internacional de la Mujer, desde ACNUR homenajean a las mujeres que viven en campamentos, ciudades y comunidades de todo el mundo, cuyas capacidades y experiencia enriquecen su entorno y contribuyen a forjar futuros más prometedores.

En todo el planeta, mujeres y niñas desplazadas por la fuerza —o apátridas— se enfrentan a la desigualdad no solo con determinación, sino también con acción.

A pesar de convivir con el conflicto, el desarraigo y la incertidumbre, las abuelas preservan historias de supervivencia, las madres luchan por garantizar la identidad de sus hijos, y las jóvenes dan un paso al frente para asumir responsabilidades y ejercer liderazgo.

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Aunque los datos de la ONU muestran que las mujeres cuentan en el mundo con solo el 64% de los derechos legales de los que disfrutan los hombres, siguen impulsando cambios con enorme valentía.

Con el apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y de sus socios, su resiliencia fortalece comunidades y sienta las bases de sociedades más seguras e inclusivas.

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    Al Mafraq, Jornadia

    Con 115 años, Zahra Al‑Zaydalani es la residente de mayor edad del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania. Dejar atrás su vida en Siria hace catorce años fue doloroso, pero la presencia constante de su familia la ha protegido de la soledad que a menudo acompañan a la edad y al desplazamiento.

    Matriarca de su hogar, Zahra llegó a Jordania como refugiada cuando tenía 101 años y aún sueña con regresar al país en el que vivió más de un siglo. Por ahora, Zaatari es su hogar, y Zahra sigue siendo un pilar para su familia. Su vida en el campamento gira en torno a sus cuatro hijas, sus 17 nietos y un hijastro entregado que la cuida cada día.

    "Mi madrastra es una de las mayores bendiciones de nuestra familia", cuenta Tamer Abdelqader. "La quiero como si fuera mi propia madre, y paso la mayor parte del día atendiéndola. A pesar de su edad, sigue siendo fuerte y profundamente cariñosa".

    ACNUR /Shawkat Alharfoush
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    Campamento de Rwanga Camp, Irak

    Cerca de la ciudad de Dohuk, en la Región del Kurdistán de Irak, el campamento de Rwanga para personas desplazadas internas ofrece a toda una generación de niñas apoyo y un espacio de encuentro a través del deporte.

    El programa Skating Sisters ha ayudado a las chicas del campamento a forjar amistades sólidas y a construir un fuerte sentido de comunidad. Bajo la guía de Nathifa, que también vive en el campamento, las clases semanales se apoyan en su experiencia con el monopatín para acompañar e impulsar a la próxima generación.

    Puesto en marcha por The Lotus Flower en marzo de 2025, el programa no solo contribuye al bienestar físico y mental, sino que también crea un espacio para conversar sobre la igualdad de género y de las oportunidades dentro del campamento. Muchas de las niñas nunca han conocido una vida fuera del desplazamiento. Para ellas, las clases de skate se han convertido en un lugar donde ganar confianza y fortalecer los lazos entre compañeras.

    ACNUR /Lilly Carlisle
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    Valencia, España

    Mientras se desplaza entre los pupitres de un aula luminosa en Valencia, Aminata Soucko corrige con suavidad la pronunciación mientras un grupo de mujeres refugiadas practica frases en español.

    Nacida en Mali, Aminata sobrevivió a la mutilación genital femenina y fue obligada a casarse a los 17 años, lo que truncó su sueño de convertirse en médico. Tras llegar a España con su marido, aprender español se convirtió en su salvavidas. Encontrar su voz en un nuevo idioma le dio el valor para denunciar los abusos que había sufrido, una decisión que provocó el rechazo de su familia y de su comunidad.

    Decidida a transformar su experiencia en acción, Aminata fundó en Valencia la asociación Red Aminata. Hoy, junto a socios como ACNUR, apoya a supervivientes de violencia de género y trabaja para sensibilizar sobre la mutilación genital femenina, ayudando a otras mujeres a reconstruir sus vidas y a recuperar su identidad en una nueva comunidad.

    ACNUR /Ébano Stories
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    Madrid, España

    En agosto de 2021, Khadija Amin presentaba los informativos de la televisión nacional en Kabul, Afganistán. Nacida en 1993, había logrado abrirse camino en el periodismo pese al acceso limitado a la educación y a un matrimonio forzado.

    Cuando los talibanes recuperaron el control del país, su visibilidad como periodista la puso de inmediato en peligro. Con el apoyo de una periodista española, huyó a España, dejando atrás a su familia y la vida que había construido.

    Empezar de nuevo en un país desconocido trajo consigo nuevos desafíos. Con el apoyo de asociaciones de mujeres y de otros periodistas, logró rehacer su camino. Hoy, Khadija publica artículos, desarrolla documentales y participa en actos públicos para hablar sobre la situación de las mujeres en Afganistán.

    A su llegada a la estación de Chamartín, en Madrid, tras viajar para ofrecer otra charla, sigue utilizando su voz para defender los derechos de las mujeres y los principios del periodismo que siempre ha defendido.

    ACNUR /Ébano Stories
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    Sopot, Polonia

    En todo el mundo, mujeres desplazadas encuentran maneras de devolver a sus comunidades lo que han recibido, incluso en medio de la adversidad. En Polonia, la refugiada ucraniana Viktoria ha hallado propósito y esperanza al volante de su furgoneta.

    Viktoria, que era conductora de reparto y operadora de carretilla elevadora en Dnipró, en el este de Ucrania, hoy pone sus habilidades y experiencia al servicio de una organización solidaria en Gdansk, desde donde gestiona y distribuye ayuda humanitaria, llevando suministros allí donde más se necesitan.

    Pese a la guerra, ha conducido personalmente cargamentos de ayuda hasta Dnipró para apoyar a vecinos en dificultades y también ha entregado asistencia humanitaria a comunidades afectadas por inundaciones en el suroeste de Polonia.

    Viktoria huyó de Ucrania cuando la invasión a gran escala y las dificultades económicas posteriores hicieron casi imposible mantener a su familia, a la que llevó a salvo a Polonia. "No había de qué vivir. Tuvimos que irnos", recuerda.

    Hoy, su trabajo diario como conductora se ha convertido en un salvavidas para su familia mientras esperan poder regresar a casa. Viktoria se siente orgullosa de utilizar su talento para ayudar a otros. "Gano menos que en mi empresa en Ucrania, pero me siento más satisfecha porque ayudo a la gente. Hago lo que siempre he querido".

    ACNUR /Anna Liminowicz
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    Condado de Turkana, Kenia

    Para Nyagwa Maker, refugiada de Sudán del Sur, el baloncesto también ha sido una experiencia transformadora. Creció en el asentamiento de refugiados de Kalobeyei, en Kenia, donde descubrió que el deporte podía abrirle puertas hacia una educación que nunca había imaginado.

    "Conseguí una beca para el instituto cuando terminé la primaria", explica. "Y pude ir a la universidad sin preocuparme por las tasas académicas. Eso me permitió centrarme en mis estudios".

    Para Nyagwa, el baloncesto se ha convertido en una forma de vida y en una herramienta de cambio. Hoy es un referente para otras jóvenes del asentamiento, a quienes inspira a imaginar un futuro con acceso a la educación e independencia económica.

    ACNUR /Charity Nzomo
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    Cox's Bazar, Bangladés

    La mayoría de las mujeres rohinyás que viven en los campamentos de refugiados en Cox’s Bazar, Bangladesh, llevan casi una década desplazadas tras huir de la violencia y la persecución en Myanmar en 2017. Muchas de ellas están ahora aprendiendo nuevas habilidades y explorando formas de ganarse la vida mientras esperan poder regresar a su hogar.

    Algunas están rompiendo barreras tradicionales de género al asumir roles que habitualmente desempeñan los hombres, utilizando sus nuevos conocimientos para apoyar tanto a sus familias como a sus comunidades.

    La experiencia en la reparación de pequeños electrodomésticos y paneles solares resulta especialmente valiosa en los campamentos, donde el acceso a la electricidad y a servicios técnicos es limitado. Al mantener equipos esenciales, estas mujeres generan ingresos y contribuyen a fortalecer la autosuficiencia de la comunidad.

    ACNUR/Shari Nijman
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    Abeche, Chad

    Para muchas personas que viven el desplazamiento forzado, dejar el hogar también significa abandonar tu profesión y una parte importante de su identidad. Tener la oportunidad de seguir trabajando aporta autonomía económica y refuerza la confianza en uno mismo.

    Ameera Abdalla, abogada originaria de El Fasher, en Darfur del Norte, acababa de abrir su propio despacho en Omdurman cuando el conflicto la obligó a huir de Sudán.

    Ahora vive en el campamento de refugiados de Iridimi, en el este de Chad, donde ha participado en un programa de formación que ha permitido a 100 juristas refugiados obtener las licencias necesarias para ejercer en Chad y en otros 17 países africanos. Para Ameera, retomar su trabajo le permitirá hacer una contribución importante mientras reconstruye su vida en una nueva comunidad.

    ACNUR /Ala Kheir
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    Lima, Perú

    En Perú, la refugiada venezolana Michelle Zapata ha encontrado algo más que una nueva habilidad: ha descubierto un sentido profundo de pertenencia. Mientras estudiaba en Lima, empezó a aprender la marinera, un baile tradicional del norte del país que combina influencias indígenas, africanas y españolas. Fascinada por su historia y su belleza, Michelle creó un fuerte vínculo con la danza. "Bailar es una forma de liberación para mí", confiesa.

    Hoy estudia en la Escuela Nacional Superior de Folklore de Lima y aspira a convertirse en bailarina y profesora profesional. Aunque ganarse ese lugar no fue fácil, nunca se sintió excluida por ser refugiada: "Si bailaba bien, me ponían en primera fila; si no, atrás. Pero nunca sentí discriminación".

    Michelle ha hecho de Perú su hogar sin renunciar a sus raíces venezolanas, y se enorgullece de preservar y transmitir una de las tradiciones culturales más emblemáticas del país. "Sé más de Perú que de mi propio país", admite.

    ACNUR /Jaime Giménez
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    Mae Hong Son, Tailandia

    En un pequeño taller cerca de la frontera entre Tailandia y Myanmar, el sonido constante de los telares de madera llena el aire mientras mujeres karenni tejen complejos patrones transmitidos de generación en generación.

    Para muchas de ellas, desplazadas desde Myanmar, tejer es tanto una tradición cultural como medio de vida esencial. A través de este oficio mantienen viva su identidad y sostienen a sus familias, creando estabilidad en medio de la incertidumbre.

    La organización WEAVE (Women’s Education for Advancement and Empowerment) trabaja con estas mujeres para ampliar sus oportunidades y fortalecer sus capacidades. Comprometida con la igualdad de género, la organización apoya a mujeres indígenas en situación de desventaja y marginación, así como a sus hijos, en Tailandia, Myanmar y otros países de Asia, mediante el impulso de la educación, los medios de vida y el liderazgo

    En la luz suave del taller, la concentración es absoluta. Sus manos tejen no solo prendas: también tejen futuro, comunidad y continuidad cultural.

    ACNUR /Beatriz Huélamo
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    Basilan, Filipinas

    En las remotas comunidades costeras de Lantawan, en Filipinas, los niños y niñas apátridas de la comunidad sama‑bajau están empezando a recibir oportunidades que pueden transformar sus vidas.

    Binita Jumaat, una joven madre de este pueblo nómada del mar, acude con su hijo a una jornada de registro móvil de nacimientos. Financiada por el Gobierno de Japón e implementada por la oficina de ACNUR en Filipinas y socios locales, esta iniciativa lleva el registro civil directamente a comunidades aisladas y desplazadas, permitiendo que miles de familias accedan a una identidad legal.

    Para Binita, el proceso significa mucho más que un documento: representa reconocimiento, inclusión y la garantía de que sus hijos podrán acceder a educación, atención sanitaria y otros derechos fundamentales. Al otorgar documentación oficial, programas como este ofrecen seguridad jurídica y abren la puerta a un futuro más estable.

    ACNUR /Gia Luga