Sara Curruchich, cantautora guatemalteca.

Sara Curruchich, cantautora guatemalteca. Sandra Sebastián

Historias

Sara Curruchich, artista maya: "Mientras defendemos el territorio, también somos criminalizados y despojados"

Con más de 200 conciertos en Europa, la cantautora analiza el papel de los pueblos indígenas en la sostenibilidad y el costo de alzar la voz por la tierra.

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Tania Ortega
Publicada

Sara Curruchich no solo sube al escenario a cantar; se presenta como una reafirmación de su identidad maya kaqchikel. Es una de las voces más fervientes de Centroamérica y ha logrado ocupar un espacio histórico en la música. Un lugar negado a los pueblos originarios.

Curruchich, incorpora en sus canciones el kaqchikel, su lengua originaria. No como un gesto ornamental, sino como una forma de mantener vivo su idioma y darle un lugar en los escenarios internacionales donde se presenta.

Iniciará en julio una nueva gira de verano por España, Francia y Alemania, mientras trabaja en la producción de su tercer disco. Y cuenta con más de 200 conciertos realizados en diversos países de Europa. Además, ha compartido escenarios con figuras de talla internacional, como la reconocida mexicana Lila Downs.

En sus canciones conviven la marimba y las ocarinas con batería, el bajo y guitarra. El rock o incluso guiños al reggae. Más allá de lo folclórico, tiene una búsqueda consciente de explorar ritmos que la sitúa dentro del circuito de la world music.

En 2025 fue elegida para escribir e interpretar el himno del Foro Mundial de la Alimentación (FAO). Porque, en su caso, la música no es solo una propuesta estética. Es también una forma de posicionarse frente al poder, de nombrar lo que incomoda y de recordar que la identidad y el territorio no son conceptos abstractos.

La propuesta sonora de Curruchich la ha llevado a escenarios en España, Francia y Alemania.

La propuesta sonora de Curruchich la ha llevado a escenarios en España, Francia y Alemania. Markus Rindt

Para ella son realidades que se empoderan."Defender el territorio no es un discurso: es nuestra vida", sostiene. Y así lo muestra en una conversación con ENCLAVE ODS, donde reflexiona sobre identidad, territorio y las consecuencias de defenderlos, mientras reivindica el papel de los pueblos indígenas en la sostenibilidad global.

Identidad y resistencia

Pregunta: ¿En qué momento entendió que su música no solo era arte, sino también una forma de resistencia?

Respuesta: Me di cuenta cuando empecé a notar un trato muy diferenciado hacia mí en la ciudad. En el transporte público escuchaba comentarios como 'la india que está ahí', o sentía esas miradas que no necesitan palabras para hacerte saber que hay algo negativo en cómo te ves o cómo te vistes.

Son violencias cotidianas. Remueven heridas históricas que cargamos. En ese momento la música comenzó a ser un recordatorio personal de que mi lugar de origen no debía ser motivo de vergüenza.

Hubo un periodo en el que dejé de usar mi indumentaria y de hablar mi idioma. Fueron varios meses en los que sentí que así era más aceptada. Ahí entendí que no era yo quien incomodaba, sino mi identidad. Recuerdo una conversación con mi mamá. Me dijo: '¿Te da vergüenza verte igual a mí?'. Eso me dolió profundamente. Pensé: ¿Qué estás haciendo? No me da vergüenza mi mamá ni mis abuelas.

Fue entonces cuando empecé a escribir con más conciencia. Si a mí me estaban ayudando esas canciones, seguramente podían acompañar a otras niñas y jóvenes que vivían lo mismo. Ahí entendí que posicionarnos como mujeres indígenas con una guitarra ya era algo simbólico y profundamente político.

Yo no comencé queriendo hacer música política. Quería ser maestra de música. Pero el contexto, las experiencias de racismo y discriminación en la ciudad, me llevaron a buscar en la composición una forma de entender lo que estaba viviendo.

P: ¿Qué significa hoy día nombrarse como una mujer maya kaqchikel?

R: Hoy lo digo con más fuerza y con más determinación. No siempre fue así. Con los años entendí que nombrarme de este modo es una forma de resignificar y dignificar mis raíces, mi cultura y mi ancestralidad.Cada vez que entro a un espacio y me presento de esta forma, estoy reafirmando que nuestras voces deben ser escuchadas. También es una responsabilidad.

Cuando llego a un festival y me dicen que es la primera vez que hay una persona indígena en el cartel, pienso en mis abuelas, en mi mamá, en las mujeres que no pudieron estar ahí. Por eso lo siento como un acto de amor y de ternura. Pero también como una acción política. Decir quién soy es decir que existimos, que somos cultura viva y que somos sujetas de derecho.

Tierra y Sostenibilidad

P: Fue elegida para escribir el himno del Foro Mundial de la Alimentación en 2025. ¿Qué papel deberían ocupar los pueblos indígenas en los debates globales sobre alimentación y sostenibilidad?

R: En el encuentro de la FAO se hablaba mucho de las semillas. Y yo pensaba en que muchas de ellas siguen existiendo porque los pueblos indígenas las han resguardado durante generaciones. Ahí fue muy claro para mí que no somos un tema secundario en el debate sobre alimentación.

Los pueblos indígenas ocupan un papel central como guardianes de la tierra, de las montañas, de los ríos y de una cultura alimentaria que existe en relación con el territorio. No lo digo desde algo romántico. Existe una relación espiritual con la tierra, y cuando esa relación existe, se protege.

Pero mientras defendemos las semillas y el territorio, también somos criminalizados, agredidos y despojados. Entonces ocupamos un lugar clave en la defensa de la vida, y al mismo tiempo enfrentamos muchas violencias. Y eso es urgente de atender. Porque si desaparecen las semillas, desaparece también la posibilidad de sostener la vida.

Decir quién soy es decir que existimos, señala la artista.

"Decir quién soy es decir que existimos", señala la artista. Sara Curruchich

P: En Europa se habla mucho de transición verde. ¿Cree que se reconoce realmente el papel de las comunidades indígenas en los territorios?

R: No dudo que existan personas con un interés real en la conservación y en acercarse a las comunidades para aprender cómo vivimos en equilibrio con la tierra. Pero también existe algo que yo llamo extractivismo epistemológico y espiritual. Se toman los conocimientos de las comunidades indígenas, se los llevan, y después no hay reconocimiento ni participación real en las decisiones.

Muchas veces se adoptan prácticas verdes sin reconocer a los pueblos que han sostenido esos saberes durante generaciones. Y reconocer esos saberes implica reconocer también derechos sobre la tierra y el territorio.

Eso toca privilegios. Por ese motivo, creo que muchas propuestas no terminan de escuchar a quienes viven en los territorios. No siempre hay una verdadera conversación ni una mesa de diálogo donde nuestras propuestas sean tomadas en serio.

P: En su comunidad, ¿qué amenazas enfrenta hoy el territorio?

R: Se está hablando de la tala ilegal y de los incendios provocados. Muchos de esos incendios ocurren en tierras comunales, y eso es algo muy alarmante para nuestras comunidades.

También está el tema del agua, que es una preocupación constante. En mi contexto pagamos el derecho al agua cada año, pero eso no garantiza que la tengamos. Muchas veces hay que ir a traerla o comprarla porque simplemente no hay. Hay nacimientos que quedaron dentro de terrenos que ahora pertenecen a autoridades municipales que pudieron comprarlos.

Tejer nuevas voces

P: Hoy muchas jóvenes le ven como un referente. ¿Qué implica para usted acompañar a otras mujeres indígenas que están empezando en el mundo de la música?

R: No me pienso como un antecedente desde un lugar de superioridad. Lo siento más como una responsabilidad. Estoy impulsando una productora que se llama Tejiendo Sonidos, como un gesto de reciprocidad. Un espacio que busca trabajar con compositoras y compositores indígenas. Acompañarles en sus propios procesos.

La música en los pueblos no es algo nuevo. Siempre ha existido. Lo que no siempre hemos tenido es la posibilidad de grabarla y compartirla. En Comalapa hubo abuelas que compusieron sus canciones. Pero muchas de ellas fueron silenciadas.

En conversaciones nos compartían que dejaron de cantar porque el ejército podía hacerlas desaparecer. Esa historia forma parte de la memoria de nuestros pueblos en Centroamérica. Entonces, que hoy podamos grabar y compartir una canción no es algo pequeño. Es también continuidad de esas mujeres que no pudieron seguir.

Ahora pienso en al menos seis chicas jóvenes que están componiendo desde sus comunidades. El simple hecho de ver a una mujer indígena tomar una guitarra o un micrófono sigue siendo algo profundamente simbólico. Y sí, también es político.

Sara Curruchich y su banda durante una presentación, donde fusionan instrumentos tradicionales y sonidos contemporáneos.

Sara Curruchich y su banda durante una presentación, donde fusionan instrumentos tradicionales y sonidos contemporáneos. Elsa Ros

Alzar la voz implica riesgo

P: Hoy, ¿hay libertad para hablar de lo que se quiera o todavía existen límites?

R: No es que podamos hablar de lo que queramos. Hablar de identidad, de territorio o de nuestra existencia ya es algo político, y eso a mucha gente no le gusta. Multitud de proyectos indígenas están relacionados con temas de territorio, derechos y memoria. Pero no existe una tranquilidad real para navegar esas temáticas.

Además, nosotras como mujeres, y sobre todo como mujeres indígenas, enfrentamos un cuestionamiento constante sobre lo que deberíamos o no deberíamos ser. También nos acusan de separatistas por hablar de nuestro pueblo. Como si nombrar nuestra identidad fuese dividir.

P: ¿Qué riesgos corren cuando hablan de estos temas?

R: Cuando la postura se vuelve más crítica, la situación cambia. He tenido muchas ocasiones en las que mi seguridad ha estado en riesgo. Ha habido seguimientos y amenazas por hablar de territorio o por cuestionar decisiones del poder. Y eso no me ha pasado solo a mí. Muchas colegas han decidido no involucrarse en ciertos temas para protegerse.

El año pasado bajé muchísimo el perfil. Dejé de hacer activismo público como una forma de resguardo. Incluso salí de Guatemala por seguridad.

A veces me preguntan si me gustaría dejar de hablar de desigualdades. Y claro que me encantaría. Pero eso significaría que ya no existen. Y mientras lo hagan, tendremos que seguir hablando.