Ruly Revatta Mattos Alex Orihuela Payano
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Hablar de democracia en el Perú suele remitirnos a elecciones nacionales, discursos políticos o instituciones muchas veces lejanas a la vida cotidiana. Sin embargo, en las comunidades altoandinas de Huancavelica la democracia adquiere un rostro distinto, más cercano y tangible.

Allí, en escuelas donde el frío de la mañana acompaña la llegada de los estudiantes y donde la comunidad es el eje de la vida, los municipios escolares no son una formalidad: son una experiencia viva de ciudadanía.

Sostengo que fortalecer estos espacios en la educación rural no solo es pertinente, sino urgente, porque permite construir una democracia auténtica desde sus raíces.

En Castrovirreyna, la escuela no funciona como una burbuja separada de la realidad social. Por el contrario, es una extensión del tejido comunitario.

Esta característica convierte a los municipios escolares en una herramienta poderosa para el aprendizaje democrático, ya que conectan la experiencia educativa con prácticas culturales profundamente arraigadas, como la toma de decisiones colectivas, el diálogo y el consenso. No se trata de enseñar la democracia desde un libro, sino de vivirla en el día a día.

Desde esta perspectiva, los municipios escolares representan mucho más que una estructura organizativa promovida por el sistema educativo. Son espacios donde los estudiantes aprenden a ejercer su voz, a escuchar a otros y a construir acuerdos.

En los contextos rurales, donde históricamente muchas voces han sido invisibilizadas, brindar a niñas, niños y adolescentes la posibilidad de participar activamente en las decisiones escolares es un acto profundamente transformador. Es reconocerlos como sujetos capaces de pensar, proponer y liderar.

Uno de los aspectos más valiosos de esta experiencia es su conexión con la tradición andina. En las comunidades de Huancavelica, las asambleas comunales y el trabajo colectivo no son conceptos nuevos; forman parte de la vida cotidiana.

Los municipios escolares retoman estas prácticas y las adaptan al contexto educativo, lo que genera un puente entre los saberes ancestrales y los aprendizajes contemporáneos. Esta articulación fortalece la identidad cultural y demuestra que la democracia no es un modelo impuesto, sino una práctica que puede construirse desde las propias raíces.

Además, estos espacios promueven el desarrollo del pensamiento crítico, una competencia clave en la formación ciudadana. Cuando los estudiantes participan en debates sobre problemáticas reales —como la escasez de agua, el cuidado del entorno o la convivencia escolar— no solo expresan opiniones, sino que analizan, argumentan y proponen soluciones.

Este proceso les permite comprender que la democracia implica responsabilidad, reflexión y compromiso con el bien común.

La autonomía también se fortalece en este ejercicio. Cuando un estudiante asume un rol dentro del municipio escolar, organiza actividades o representa a sus compañeros, desarrolla habilidades que difícilmente se logran mediante metodologías tradicionales. Aprende a tomar decisiones, a asumir consecuencias y a trabajar en equipo.

Pero, a diferencia de los enfoques individualistas, esta autonomía se construye en clave comunitaria: el liderazgo no se ejerce para destacar individualmente, sino para aportar al bienestar colectivo.

Ilustración elaborada por Cristina Lamara para la OEI.

Ilustración elaborada por Cristina Lamara para la OEI. OEI

Desde el rol docente, este enfoque implica un cambio significativo. Ya no se trata de transmitir contenidos de manera vertical, sino de acompañar procesos de participación. El docente se convierte en facilitador, en guía que promueve el diálogo, la escucha activa y el respeto por la diversidad de opiniones.

Esta transformación pedagógica no es sencilla, pero es necesaria si se quiere formar ciudadanos críticos y comprometidos.

No obstante, es importante reconocer que la implementación de municipios escolares en contextos rurales enfrenta desafíos. Las limitaciones de recursos, la escasa formación en educación ciudadana y, en algunos casos, la persistencia de las prácticas autoritarias pueden dificultar su desarrollo.

Sin embargo, estos obstáculos no deben ser motivo para desistir, sino para reforzar el compromiso institucional. La evidencia en el propio territorio muestra que, cuando se apuesta por la participación genuina, los resultados son significativos.

Uno de los logros más evidentes es el fortalecimiento del vínculo entre la escuela y la comunidad. Las iniciativas impulsadas por los municipios escolares —como campañas ambientales, actividades culturales o jornadas de limpieza— trascienden el aula e involucran a las familias y autoridades locales.

Este diálogo intergeneracional no solo enriquece la experiencia educativa, sino que también refuerza el sentido de pertenencia y corresponsabilidad.

Asimismo, estos espacios permiten que los estudiantes comprendan que sus acciones tienen un impacto real. No se trata de simulaciones, sino de experiencias concretas donde las decisiones tomadas generan cambios visibles en su entorno.

Este aprendizaje es fundamental para contrarrestar la apatía y la desconfianza que muchas veces caracterizan la relación de los ciudadanos con la política.

En un contexto global donde la democracia enfrenta múltiples amenazas, desde la desinformación hasta la deslegitimación de las instituciones, experiencias como las de Castrovirreyna ofrecen una esperanza concreta.

Demuestran que es posible construir ciudadanía desde abajo, desde la escuela, desde lo cotidiano. Los municipios escolares, en este sentido, son semilleros de una democracia más participativa, inclusiva y consciente.

Sin embargo, para que estas experiencias se consoliden y se expandan, es indispensable el respaldo de las políticas públicas.

La educación rural no puede seguir siendo tratada con enfoques homogéneos que ignoran su diversidad y riqueza cultural. Se requiere una inversión en formación docente, en recursos pertinentes y en estrategias que promuevan la participación estudiantil como eje del aprendizaje.

En definitiva, educar para la democracia implica mucho más que enseñar conceptos; significa generar experiencias donde los estudiantes puedan ejercerla. En las escuelas rurales de Huancavelica, los municipios escolares están demostrando que esto es posible.

Allí, en cada reunión, en cada acuerdo y en cada iniciativa colectiva, se está formando una ciudadanía que no solo entiende la democracia, sino que la vive.

Apostar por estos espacios es apostar por un país distinto: uno donde las decisiones no se impongan, sino que se construyan colectivamente; donde la voz de todos importe; y donde la educación sea el punto de partida para una transformación social profunda.

Porque, al final, la verdadera democracia no nace en los grandes discursos, sino en los pequeños actos cotidianos que, como en Castrovirreyna, siembran la ciudadanía desde la escuela.

Referencias bibliográficas

Dewey, J. (1916). Democracia y educación. Ediciones Morata.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Ministerio de Educación del Perú (MINEDU) (2019). Lineamientos para la promoción de la participación estudiantil. MINEDU.

Organización de Estados Iberoamericanos (OEI) (2023). Educación y democracia en Iberoamérica. OEI.

Unicef (2021). Participación adolescente y ciudadanía activa. Unicef.

*** Ruly Revatta Mattos es jefe de Gestión Pedagógica; y Alex Orihuela Payano es docente e investigador en Educación Rural, UGEL Castrovirreyna, Huancavelica, Perú.