La psicóloga y sexóloga Ana M. Ángel Esteban sobre una imagen captada por Ángel Pulido Díaz.

La psicóloga y sexóloga Ana M. Ángel Esteban sobre una imagen captada por Ángel Pulido Díaz.

Vivir PSICOLOGÍA

La sexóloga Ana M. Ángel Esteban analiza por qué dejarse querer puede ser un problema... aunque te mueras de ganas

Existen personas que pueden dar amor y apoyo sin límites, pero se bloquean cuando alguien intenta hacer lo mismo con ellas. Nuestra psicóloga y sexóloga de cabecera te explica los motivos.

Más información: Ana M. Ángel Esteban habla de la adicción a la esperanza: "Cuando esperar se convierte en una trampa emocional"

Julia Toledano
Publicada
Actualizada

Hay personas que dan amor, achuchan, cuidan y dan apoyo sin límite, pero se bloquean en cuanto alguien intenta hacer lo mismo por ellas. La psicóloga y sexóloga Ana M. Ángel Esteban analiza en su consultorio situaciones como esta, que dejan patente que a veces, para muchos, dejarse querer puede resultar más difícil que querer, aunque se mueran de ganas:

¿Por qué hay personas a las que les resulta tan difícil dejarse querer?

Para ellos dejarse querer implica bajar la guardia. Les da miedo porque en algún momento de la vida mostrarse vulnerable salió caro. Si de pequeño aprendiste que pedir cariño no siempre se correspondía con cariño o que depender de alguien te dejaba expuesto a la decepción, o que cuando menos lo esperabas alguien desapareció dejándote con los mayores sentimientos, el cuerpo y la mente crean una estrategia de protección muy eficaz: mejor no necesitar, no exponerse y poner barreras para que así nadie me pueda fallar.

El problema es que esa misma estrategia, cuando somos adultos, nos aleja precisamente de lo que más buscamos, querer y sentirnos queridos, que es lo normal.

¿Qué diferencia hay entre no dejarse querer y desconfiar del otro?

Son cosas distintas, aunque a veces se confunden. Puedes confiar plenamente en la otra persona y, aun así, no saber qué hacer cuando te cuida o te halaga. No es desconfianza hacia el otro, es falta de costumbre e incomodidad con la propia vulnerabilidad que sentimos con la cercanía emocional de otros.

Mucha gente sabe dar amor, muchísimo, porque dar mantiene el control de la situación y es mantener lo que hacías de pequeño para obtenerlo, sin resultado. Recibir, en cambio, te coloca en un lugar casi desconocido para ti, en un lugar de falta de control y que te genera ansiedad.

¿Cómo se manifiesta esta dificultad en el día a día de una relación?

A veces, de maneras muy sutiles. Restar importancia a un gesto bonito del otro aunque te encante pensar, ¿por qué lo hará?, sentir la necesidad de devolver inmediatamente cualquier favor para no quedar mal o en deuda, incomodarse ante un cumplido o incluso buscar excusas para alejarse justo cuando la relación empieza a ir bien.

También es habitual interpretar el cuidado del otro con sospecha, como decía antes, pensando que algo querrá a cambio o que "esto no puede durar", en lugar de disfrutarlo sin más.

¿Tiene relación con la autoestima o con la propia historia afectiva?

Con las dos cosas. Si en el fondo crees que no mereces demasiado, te resultará extraño que alguien te quiera bien y tenderás a buscarle una explicación racional que justifique tu desconfianza. Y si tu historia afectiva está marcada por vínculos de "ahora si y ahora no", inconsistentes, personas que aparecían y desaparecían, o cariño y cuidado que obtenías si te comportabas de cierta manera, el sistema nervioso aprende que el amor es algo inestable y se prepara siempre para la pérdida en lugar de para el disfrute.

¿Qué se puede hacer para aprender, poco a poco, a dejarse querer?

Empezar por gestos pequeños. Aceptar un cumplido sin quitarle importancia, dejar que alguien te ayude sin devolverlo inmediatamente, permitirte recibir sin sentir que debes algo.

También ayuda mucho darte cuenta del pensamiento que aparece justo cuando alguien te cuida. ¿Qué te dices a ti mismo en ese momento? Es clave, porque ahí suele estar la creencia que hay que empezar a cuestionar y a trabajar contigo mismo o con el psicólogo.

Dejarse querer no es algo pasivo, es un acto activo de confianza que se entrena con la práctica porque no sólo para uno mismo es gratificante disfrutar de ser querido, también lo es para quien nos quiere.