Señor presidente:
Permítame que le haga unas preguntas que quizá hace demasiado tiempo que nadie se atreve a formularle directamente.
¿De verdad no ve lo que está ocurriendo en España?
¿De verdad cree que el problema son siempre los demás? ¿La oposición, los jueces, los periodistas, quienes protestan y quienes le critican? ¿De verdad cree que España está lleno de fachas?
Porque mientras usted se atrinchera en La Moncloa, entiéndame la metáfora, España se ha ido acostumbrando a una confrontación permanente que está rompiendo algo mucho más importante que cualquier legislatura: la confianza entre los españoles.
Usted debería preguntarse por qué una parte tan importante de la sociedad ha llegado a sentir un rechazo tan profundo hacia su persona. No basta con atribuirlo a campañas políticas o a quienes quieren que usted se marche. Quizá debería preguntarse si algunas de sus decisiones han contribuido a generar ese rechazo y polarizar España de la forma que lo ha hecho su Gobierno.
Lo ocurrido en Ceuta debería avergonzarnos como país y, sobre todo, debería exigir respuestas y responsabilidades.
Murieron personas. Miles de personas fueron utilizadas en una crisis fronteriza de una gravedad extraordinaria quedando España expuesta ante nuestros propios aliados. ¿Qué ocurrió realmente? ¿Qué información tenían nuestros servicios de inteligencia? ¿Qué decisiones se tomaron? ¿Qué se hizo mal?
Presidente, sobre todo, ¿por qué después de aquello nuestra relación con Marruecos se ha convertido en una cuestión sobre la que tantos españoles tienen más preguntas que respuestas?
No es descabellado exigir explicaciones cuando hablamos de la seguridad de España.
Como tampoco lo es preguntarse por qué su Gobierno ha mantenido enfrentamientos tan graves con jueces e instituciones independientes. Un presidente no puede considerar legítima una institución únicamente cuando sus decisiones le benefician.
La democracia no consiste en controlar las instituciones. Consiste en aceptar que incluso el Gobierno tiene límites.
Y hay algo que resulta todavía más preocupante: que se haya llegado al punto de poner en cuestión públicamente a instituciones como la Guardia Civil, la Policía o nuestras Fuerzas Armadas cuando deberían ser elementos de unión para todos los españoles. Recuerde que son las instituciones que protegen nuestro país.
No deberían convertirse en piezas de una guerra política.
Pero quizá lo más preocupante sea contemplar cómo España se ha convertido en un país en el que cada acto público suyo parece terminar convertido en un plebiscito. Gritos, protestas, enfrentamientos y mucha fruta.
Puede usted despreciar esas protestas. Puede pensar que son únicamente obra de sus adversarios.
Pero quizá debería hacer algo mucho más difícil: escuchar.
Porque cuando una parte de la sociedad siente que su presidente no la representa, cuando la crispación se convierte en permanente y cuando millones de españoles han dejado de confiar en quienes gobiernan, no estamos ante un problema de comunicación; el problema quizás sea usted.
Usted es quien ocupa la Presidencia del Gobierno. Algún día abandonará La Moncloa. Eso es inevitable y la pregunta entonces será qué quedará detrás de usted.
¿Una sociedad más unida o más enfrentada? ¿Instituciones más fuertes o más cuestionadas? ¿Más confianza o más dudas? ¿Un país que se reconoce a sí mismo o uno acostumbrado a vivir permanentemente dividido?
Señor Sánchez, el poder tiene muchas ventajas, pero no le va a permitir escapar de la historia y ésta no juzga a los presidentes por cuánto tiempo consiguieron mantenerse en el poder, sino por lo que dejaron atrás y usted va a dejar situaciones que tardarán mucho tiempo en revertirse.
No lo dude; la historia le juzgará por las consecuencias de sus decisiones.
Todavía tiene tiempo para preguntarse si el camino que ha elegido merece realmente la pena, porque España seguirá cuando usted ya no esté y quizá esa sea la única cosa que ningún presidente debería olvidar jamás.
No olvide el poder pasa, señor Sánchez, pero España queda.