Toledo se llenó el sábado de un aire naranja, polvo envolvente de sexta generación que daba la vuelta al cuerpo y las sienes. Nos vimos de pronto en un Matrix irregular, paralelo y acechante, como una Pompeya de lava hirsuta que baja desnuda de los montes. Se abrió el cielo y dejó una cueva al descubierto… El fuego, los humos, el magma, un volcán penetrante a las entrañas. Y vimos o presentimos el fin del mundo, las trompetas de Jericó, el valle de Josafat y el Juicio Final. El cielo se volvió naranja, el sol se deshizo en polvo y la ceniza se deslizó entre el viento, cayendo muy despacio sobre las copas de los árboles. Así trocó el color y se puso pálido, mortecino, macilento, melancólico, como si algo quisiera decirnos y no acertase. El aire venía del fuego a cien kilómetros, igual que un mensajero que avisa, lo mismo que en la batalla de Maratón. Cogió, resopló, habló y murió. Las llamas se atisbaban a lo lejos, detrás de las montañas.
España se quema literalmente y no hay gobierno que pueda con ello, quizá porque ya se encarga de hacer como Nerón en Roma. No apaga fuegos, pero llama mamarrachos a los gobernados y siempre encuentra el victimario posible. Busca a quien echarle la culpa. El cambio climático, la extrema derecha, los jueces y los medios… Nada es culpa suya, salvo la Primera Cadena. Y los montes se queman, arden rastrojos, las casas se hunden y la gente se marcha. Salen con lo puesto entre las ruinas de un régimen que se desmorona y un presidente quemado, achicharrado. Lo siento, será injusto. Pero son tantas veces ya, que la llama lo único que incendia es el desencanto.
Se quema la sierra, los parajes que tanto paseé y a los que tantas veces volví. No hay ganado que coma el pasto porque no hay pastores que puedan vivir de ello. La ruina es esta, el abandono del medio rural y su utilización como casa de campo. Si no damos futuro a nuestros pueblos, se quemarán todos ellos y arderemos dentro en una fogata interminable. Y el cielo se volverá gris. Y el sol y la luna, naranjas, como la noche del sábado, implacable, genuflexa, abierta en canal contra un vómito de sangre. El país se asfixia mientras lo vemos por televisión y pensamos “que no nos toque”. Pero los discursos son los mismos y las realidades, peores. No sé a qué quieren venir tantos nietos, si arderemos por los cuatro costados.
Los incendios siempre han existido y la Naturaleza se regula sola. Pero hay formas de ayudarla y entenderla u otras de marginarla y postergarla. El ecologismo es una de estas últimas. Entender la Naturaleza como algo virgen e intocable desde un sillón de la ciudad, es haber crecido a base de Nintendo y procesados. La leche viene de las vacas y no del tetrabrik. Pero quizá nos hemos hundido en nuestra riqueza y no sepamos ver más allá de las joyas, que siempre son para los mismos. El aire se vuelve naranja y es como si el país se diluyera en un zumo de aguardiente que abrasa el estómago. Es la metáfora de una nación que no se encuentra. Hace una semana ganamos el Mundial y destrozamos el mural de quien nos hizo el gol. Normal que ardamos. Normal que muramos. Normal que nadie hable de nosotros sobre calaveras, rastrojos y cenizas. Normal.