Lo hablaba hace unos días con mis amigas. Qué difícil es poner fin a una amistad y qué difícil entender que una amistad ha acabado. Qué difícil y que poca atención se le presta al adiós a un amigo, una situación tan traumática como el fin de una relación sentimental, de un amor.

Sí, la ruptura de una amistad duele tanto, a veces más, que un desengaño amoroso. Porque la palabra amigo es grande, muy grande, aunque la utilicemos de forma habitual, quitándole importancia y en situaciones en las que no corresponde. Solemos decir eso de "aquí estoy con unos amigos", "viví esto o aquello con unos amigos", "son unos amigos"... pero lo cierto es que esa frase de "los amigos se cuentan con los dedos de una mano" es cierta, si entendemos el significado profundo de la palabra amigo.

Amigo es aquel que te acompaña siempre, que te acompaña emocionalmente siempre, esté lejos o cerca, esté de acuerdo o en desacuerdo con lo que haces. Es aquel que siempre que pasa algo importante se te viene a la cabeza. El que está para reírse contigo, para llorar, para echarte la bronca y lo más difícil para decirte lo que piensa de verdad.

Hay una especie de química profunda entre los amigos. No sabes muy bien por qué las cosas entre amigos funcionan, fluyen y cuando las cosas se tensan —porque es evidente que también hay discusiones entre amigos— se desenredan de forma natural. No hay categorías de amigos. No hay amigos del trabajo, amigos de salir, amigos de viajes... No. Solo están los amigos y el resto de la gente con la que te relacionas.

Por eso es tan duro perder a un amigo. La muerte de un amigo supone un duelo profundo. Y el fin de la amistad, por cualquier otra razón no luctuosa, también supone un duelo profundo.

Con la edad tomas consciencia de que no todos los amigos son para toda la vida y que amistades profundas también pueden disiparse, pueden acabarse sin que eso borre el vínculo que se ha mantenido durante años. Cualquiera que haya roto una amistad sabe perfectamente el momento en el que se ha abierto la brecha que será imposible reparar. Es ese momento en el que notas ahí, en el pecho, que su mirada ha cambiado o que la tuya ha cambiado cuando le miras, que ese gesto que siempre te pareció normal ahora te daña, ahora te irrita, ahora te sobra.

Empiezas a ver esas briznas de egoísmo, de descuido, de distancia que antes nunca notaste. Ahí sabes que esa relación va a morir. Puede explotar con una bronca o puede morir poco a poco en una desidia salvaje que es casi más dura que un fin abrupto.

Cuando tienes cierta edad y has vivido rupturas de cualquier tipo: laborales, de pareja, de amigos, sabes que todo en la vida tiene un principio y un fin. Hay que saber afrontar ese fin. Hay que saber disfrutar del último baile. Me llamo Ángeles y estos son mis demonios.