Le pareció que resonaba a lo lejos el galope de los cuatro jinetes apocalípticos atropellando a los humanos. Vio al mocetón brutal y membrado con la espada de la guerra, al arquero de sonrisa repugnante con las flechas de la peste, al avaro calvo con las balanzas del hambre, al cadáver galopante con la hoz de la muerte (…) Los cuatro jinetes eran la realidad. Blasco Ibáñez. Los cuatro jinetes del apocalipsis.

Hace noventa años de la fecha más nefasta de nuestra historia contemporánea. Aquel día, una parte del Ejército se levantó en armas contra la República Española.

Al no triunfar el golpe de Estado, y ante la resistencia del Gobierno legítimo, aquel levantamiento militar derivó en una cruenta guerra civil en la que las insidias, los bulos y las falacias que durante largos años se habían acumulado se personificaron en todo tipo de crueldades, en los odios más mezquinos, las pasiones más desenfrenadas, las venganzas más atroces. Todo ello despertó lo más oscuro de una sociedad española que acabó comprobando que la guerra era, en realidad, un ajuste de cuentas de unos contra otros, de todos contra todos. El conjunto de la sociedad se contaminó de aquel maldito virus.

La democracia difícil de aquel tiempo fue suplantada por un régimen dictatorial que conformó sus estructuras conforme al modelo fascista. La dictadura añadió muerte a la muerte, odio al odio, venganza a la venganza…, persecución y exilio para los perdedores de la contienda.

España tardó más de veinte años en recuperar los parámetros económicos de 1936, y cuarenta en recuperar un régimen democrático que nos permitiese convivir en paz.

Aquella guerra fue inútil. Una inutilidad que provocó millares de muertos, miles de desaparecidos e infinidad de exiliados. Miles de españoles quedaron, de repente, sin presente y sin futuro alguno. La guerra diezmó a toda una generación; causó sufrimiento, dolor, miseria, hambre y enfermedades; y nos empobreció económica e intelectualmente.

Aquella guerra nunca debió existir. Los radicalismos, minoritarios durante la República, acabaron siendo mayoritarios después de 1936, lo que agudizó los odios y la radicalidad.

Es cierto que la República, desbordada por una oposición contumaz, por el desenfreno independentista, por una grave cuestión social nunca resuelta, por la crisis económica derivada de la depresión de 1929, por el surgimiento de los fascismos en Europa y por los problemas acumulados durante las décadas precedentes, acabó viendo cómo todo explotaba sin control alguno.

Hoy comprobamos que aún hay nostálgicos de un pasado que nunca debió existir, empeñados en reproducirlo como si su resurrección fuese el "bálsamo de Fierabrás" capaz de curar no se sabe bien qué males.

Más nos valiera conocer la historia de España que intentar reproducir viejos esquemas deslegitimados por su actitud, sus formas, su ideología, su enorme desprecio por la verdad y su trágico fracaso. Y, contra ello, nada mejor que más y mejor democracia.

Por lo acontecido en aquella fatídica guerra, por las crueldades, por los muertos, por los perseguidos, por los fusilados, por los asesinados, por los exiliados…, nadie pidió perdón, ni entonces, ni ahora, ni unos ni otros, como si en este país estuviésemos obligados a odiarnos eternamente.

Solo un hombre, Manuel Azaña, presidente de la II República, en un memorable y elocuente discurso pronunciado el 18 de julio de 1938 en Barcelona, culminó con un sonoro PAZ, PIEDAD, PERDÓN, que figura como epitafio en su tumba de Montauban (Francia).

Fernando Mora es politólogo y secretario de Análisis y Estudios Estratégicos del PSOE de Castilla-La Mancha.