Ayer sonó el teléfono a las 3:17 de la tarde, de este caluroso mes de julio.

Al otro lado, una amiga ahuyentándome la siesta. Con la voz indignada y el ventilador de fondo. "Es que no puede ser. Con 40 grados, el país parado y yo aquí tirada con la sábana hasta las rodillas. Me siento improductiva. Me siento mal. Pero es que si no paro, me derrito".

El reloj del ayuntamiento de su pueblo marcaba la hora con pereza, como si también él sudara. Las paredes encaladas devolvían el calor por la cara.

Julio es el hermano mediano del verano.

Junio todavía huele a exámenes y a "casi". Agosto llega con fotos, maletas y moreno. Pero julio es el mes bisagra. El que suda en la puerta de la iglesia, sin saber si entrar o irse a la sombra. Finge que aguanta. Que las obligaciones no cogen vacaciones. Que se puede seguir al 200 % aunque una se esté derritiendo por dentro como un polo en el bordillo de la plaza.

Mentira.

Porque poco a poco todo se va poniendo en "ausente".

Los correos con el cartelito automático. Las persianas bajadas a las 2. El bar de la esquina con las sillas patas arriba. La fuente del centro sin niños. Y la gente también. Por dentro.

Como ya cantaba Mecano y es que lo clavó: "Un año más y ya van dos, que en verano me quedo yo".

Pues aquí están. Los que se quedan a apagar la luz y a encender el ventilador.

Y menos mal que se quedan.

Porque el cerebro no es de hierro. El cerebro es de cera. Si se le tiene 11 meses al sol, dándole vueltas, tachando listas, apagando fuegos, llega julio y se empieza a derretir. Gota a gota. Y si no se le da sombra, se hace un charco en septiembre.

Julio es la ITV del alma. Aunque pese.

Desconectar en julio no es irse a un retiro con incienso y zumo verde. Eso está muy bien para Instagram. Desconectar en julio es de pueblo. Es de andar por casa y de memoria.

Es la siesta con la sábana hasta las rodillas y el ventilador soplando como un testigo que no cree.

Es el gazpacho que baja frío hasta el estómago y lava por dentro.

Es salir al pueblo a las 9 de la noche, cuando el asfalto ya no muerde y las calles huelen a jazmín, a riego y a tortilla de patata del bar. Cuando los bancos de la plaza se llenan de abuelos, de niños con patinete y de gente que no tiene a dónde ir y por eso se queda hablando bajito.

Es entrar un momento a la iglesia solo para encender una vela a la Virgen a la que se iba a venerar de la mano de la madre. Y quedarse 10 segundos en silencio, sin pedir nada. Solo estar.

Es el sonido de las chancletas contra el suelo y las voces que bajan de los balcones.

Es ponerle "modo avión" a la cabeza aunque el cuerpo siga ahí, entre las macetas de geranios y el olor a pan que sale de la panadería.

Ese julio, mucha gente hizo un máster acelerado en desconexión. Y solo sirvieron 3 asignaturas:

1. Desconexión de agenda.

El lujo más caro del siglo: un día sin plan. Sin "tenemos que aprovechar". Levantarse y que la única decisión sea si se duerme siesta o siestón. Si melón o sandía. Si sombra bajo el olmo de la plaza o más sombra. Eso es riqueza.

2. Desconexión de ruido.

Fuera notificaciones. Dentro grillos. Fuera podcast de productividad. Dentro la radio vieja de la cocina, el vecino de enfrente que riega a las 8 y el perro que ladra a los coches. Silencio. Que ya se lleva demasiado ruido dentro todo el año.

3. Desconexión de una misma.

Reírse de lo mal que se hacen las cosas. Ver series que no hacen mejor persona. Comer fatal en la terraza y ser inmensamente feliz. Dejar de arreglar el mundo 5 minutos y arreglarse una.

Porque al final va de eso. De recordar que no se vino aquí solo para tachar casillas.

Se vino también para esto: para el calor que ablanda el orgullo, para la risa que sale sin motivo en el banco de la plaza, para encender una vela y acordarse de quién se era, para el rato largo sin hacer nada y que sin embargo lo es todo.

Julio no es para aprovecharlo.

Es para que julio aproveche a una. Para que desarme. Para que quite capas. Para que recuerde que se está hecha de carne, de siesta, de agua fría de la fuente y de conversaciones en la puerta.

Que España se vacía por fuera para que una se llene por dentro.

Así que nada.

Pon el "modo ausente".

Sin nota. Sin justificante. Sin explicar.

Que no pasa nada.

Que pasa la vida. Y que pase despacio. Como en su pueblo en julio.