Más fiesta y más siesta. No lo dijo un cuñao ni un presidente amante del vino, sino uno de los filósofos más leídos del mundo a pocos días de recibir el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades.
Byung-Chul Han, ensayista alemán de origen surcoreano, pudo soltar la perla para ganarse al público español, pero lo cierto es que sintetiza de forma deliberada y accesible algo bastante más complejo. Lejos de la trivialidad, lo que Han defiende es la inactividad contemplativa y, en ese marco, la siesta, la fiesta o el silencio son formas de no dejarse devorar por la lógica del rendimiento.
La filosofía lo reivindica, pero ¿qué dice la biología? Recurro a Emma Burgos, profesora universitaria, que me explica, apoyándolo con publicaciones científicas, cómo la siesta mejora la atención, la memoria y la creatividad. Todo esto es su beneficio central y tiene que ver con lo que ocurre en el hipocampo, esa pequeña estructura cerebral con forma de caballito de mar donde se procesa y consolida la información nueva antes de almacenarla de forma más duradera.
Las siestas cortas, de no más de media hora, son las que producen esos efectos. Incluso podrían ralentizar el envejecimiento cerebral y reducir el riesgo de alzhéimer, señala la profesora. Pero si ustedes tiran de pijama y orinal, el efecto podría invertirse: siestas largas y frecuentes se asocian a deterioro cognitivo, riesgo cardiovascular y otros problemas metabólicos.
Quienes padecen de insomnio y otras alteraciones del sueño deberían evitar la siesta para asegurar el descanso nocturno, especialmente si la temperatura no ayuda, como viene sucediendo estos días.
Ahora que ya es verano y muchas personas afortunadas podemos disfrutar del horario reducido, festejemos la sexta hora del día romano, correspondiente al mediodía, con esos 30 minutos que convierten en sana la costumbre de "sextear", de donde procede "sestear" y, finalmente, "siesta". En el siglo VI, Benito de Nursia ya prescribió a sus monjes la pausa reponedora después de la comida principal. Sin embargo, la palabra "siesta" aparece por primera vez, siete siglos más tarde, en la General Estoria de Alfonso X, tan vinculada al entorno cultural de un Toledo que ya conocía el valor del descanso intelectual.
Este hábito no es exclusivamente mediterráneo. En Japón, la cabezadita pública en el metro o en el trabajo se llama inemuri, que se traduce como "dormir estando presente", y está bien vista porque se interpreta como señal de que esa persona trabaja duro. Es la paradoja perfecta: mientras Han reivindica el descanso como resistencia al productivismo, el inemuri es precisamente un síntoma de ese productivismo llevado al extremo.
Me gusta más la siesta a la española, la que no necesita justificarse con el agotamiento. Si ustedes acaban de despertar, sepan que han hecho filosofía, lingüística, historia y neurociencia a la vez. Y solo por contemplación.