Me llega la noticia de la muerte de Andrés Gómez Mora en mitad de este ferragosto tremendo toledano, donde las piedras se derriten al sol de las cigarras. Mi amigo Javier Rodríguez me previene y nos ponemos en el escenario peor. Horas más tarde, sobrevuela la muerte de un hombre bueno, magnífico, prudente, del suelo que da la tierra y no engaña.

Las veces que lo conocí y lo traté siempre fueron una lección de corrección, sinceridad y bonhomía. Lo conocí y admiré en vida. Pero incluso viendo a su familia, uno advertía la sinceridad de su existencia.

Puedo decir que Andrés fue alguien muy próximo y cercano, que siempre me animó a seguir en el camino, buscar mi sitio, el puesto, aquello que tanto anhelaba y siempre perseguía. Un hombre exquisito desde que se levantaba hasta que se acostaba. Y fue un gran hombre porque jamás le perturbó ni la posición ni la jerarquía. La elegancia la llevaba entre el tractor y la corbata.

Se levantaba a las cinco de la mañana y a las seis andaba bajo el olivo. Era ahí donde más me reconocía, donde me sentía más él. La pasión que uno vive y siente, cuanto antes y más cerca. A las nueve, ya tenía despachada la vida, porque el resto era intercesión, camino y cintura. Lo vi contender con todos, los de izquierdas, los de derechas y los medio pensionistas. Y siempre aprendí de él.

Fue un grandísimo compañero en el anchuroso camino de la vida y puedo intuir lo que amigos y compañeros como Rafael Martín Molero o su hijo, Víctor Manuel, pueden sentir hoy.

Siempre lo he dicho, lo corroboro y los años dan la razón. Las entidades son las personas y son ellas quienes las hacen grandes. Y Andrés hizo grande Eurocaja Rural, con su cambio, simbiosis y encuentro en el sendero.

Hizo un excelente dúo con Víctor Manuel cuando, a contrapié, pilotaron el plan de expansión de la caja. Antes lo hizo con Rafael, en momentos complicados, salvando a la entidad del naufragio y el abandono.

Pero, sobre todo, tuvo cariño, empatía y comprensión. Donde las personas se distinguen. El sitio en que los toreros encuentran la distancia. Andrés daba, como Ulpiano, a cada persona lo suyo.

Su muerte deja un vacío imborrable, perpetuo y alargado. Eurocaja Rural, por las personas que componen la entidad, siempre ha sido una institución que he sentido próxima y cercana. Y Andrés era pieza clave en ello. Por eso, sólo puedo expresar mi dolor, pena y condolencia por su pérdida.

Andrés, creyente, volará ya en el cielo lejano de olivos que prendió en la tierra y alzan para siempre. Su corazón, aceite y agua, será semilla de la memoria para quienes lo conocimos en vida.

Me dice Javier López, su sucesor como presidente, que es hoy uno de sus días más tristes y aciagos. Lo creo, lo comparto, lo afirmo. Su hija Paloma es alma, esencia y vida de lo que él fue y supuso. Descanse en paz. Los olivos lloran en la paz y espesura de la noche.