Dicen que en julio todos somos más felices. Mentira. En julio solo tenemos más tiempo para mirarnos y descubrir cuántas veces hemos dejado la vida para después.
Lo vi claro en la playa. Un chico joven estirando la toalla, con esa prisa triste de quien piensa que la felicidad se le va a pasar: "necesito desconectar este fin de semana". Dos toallas más allá, un hombre de unos 40, con ojeras y dos niños que le tiraban de la mano hacia el mar: "a ver si llegan ya las vacaciones... les debo tantas tardes".
Y al lado, una señora mayor untándose crema muy despacio, como quien acaricia su propia piel. Me dijo bajito y sonriendo: "yo ya me conformo con los domingos, cuando viene la nieta y me abraza y me huele a colonia".
Y entre ola y ola, con el mar haciendo de nana, se me quedó esta frase aquí, en el pecho: "No quiero ser feliz a ratos. Quiero ser feliz siempre". Sé que suena a frase de taza. Pero las verdades más grandes a veces caben en lo más pequeño.
Porque hemos convertido la felicidad en una suscripción. Se paga los viernes y se cancela los lunes por la mañana.
Al joven le han dicho que la felicidad es el chiringuito, la música alta, la noche que no acaba. Al de mediana edad le han vendido que la felicidad son quince días al año, con maleta, para recuperar todo el amor que no dio durante el año. A la señora mayor le han enseñado que la felicidad son retazos. Una visita, un abrazo, un rato prestado que te sabe a gloria.
¿Y los martes en los que nadie te llama? ¿Y los miércoles que se hacen eternos? ¿Y esos jueves en los que el pecho te pesa y no sabes ni por qué lloras?
Nos han convencido de que querer ser feliz siempre es de ingenuos. Nos han enseñado a conformarnos con migajas y a llamarlas destino.
Pero la felicidad no es una fiesta. La felicidad de verdad es una luz bajita que llevas dentro. Y no se apaga, aunque fuera truene.
Es el camarero de las ocho que te sirve el café y te pregunta por tus hijos y se acuerda la semana siguiente. Es quejarte del calor y, cinco minutos después, cerrar los ojos con un espeto en la mano y dar las gracias por estar vivo. Es que te rompan un lunes y que el martes, entre la pena, te rías porque se te quemó el pan y la vida, terca, sigue.
La felicidad a ratos depende de fuera. Del trabajo, del tiempo, de que te quieran hoy. La felicidad de siempre depende de ti. De cómo abrazas el día que te ha tocado, aunque venga torcido.
Mi padre tenía un pequeño huerto en Jaén. Cada mañana, con 80 años, salía con su sombrero viejo a regar los tomates. Les hablaba. "Buenos días, chiquillos", les decía. Y luego me decía a mí: "hija, quien espera al domingo para vivir, pasa la semana apagada".
No sé si era feliz entre tomates y habas. Pero yo le veía las manos en la tierra y los ojos tranquilos. Estaba. Estaba entero. Cada día. Y eso, es querer mucho.
Hoy queremos la felicidad urgente. Con envío en 24 horas. Y así vamos, guardando ratos felices como si fueran fotos en el móvil. Y entre foto y foto, se nos olvida vivir de verdad. Pues no. Yo no quiero ratos.
Quiero ser feliz en la sala de espera del médico, cogiendo fuerte la mano de quien me acompaña. Quiero ser feliz en la cola del supermercado, sonriendo a la señora de detrás que va cansada. Quiero ser feliz hasta pagando los impuestos. Bueno, eso ya es pedir un milagro gordo.
Pero entiéndanme: prefiero intentarlo siempre a rendirme siempre. Porque para la tristeza permanente ya tenemos bastante con las noticias.
La vida no nos debe fines de semana memorables. Nos debe días. 365 oportunidades de querer. Y en cada uno de esos días tenemos dos opciones: vivirlo a ratos, o vivirlo con el alma entera.
Así que, si me ven un miércoles a las once de la mañana, sin cumpleaños, ni lotería, yendo por la calle silbando... No piensen que estoy despistada. Piensen que he decidido querer mucho los días normales. Que he decidido que ningún día se me escape sin un poco de cariño.
Porque al final, queridos lectores, los ratos se olvidan. Lo que se queda para siempre es cómo vivimos los días, hasta aquellos que se llenan de problemas.