EL ESPAÑOL de Castilla-La Mancha ha entregado sus primeros premios en veinte años. Lo ha hecho en el Teatro de Rojas, la bombonera con que los toledanos nos deleitamos a lo largo de los siglos. Toledo es un poco como el rey pasmado… Vemos el paso del tiempo y los siglos y esperamos que rompan en nuestro rostro, pues ya sabemos que reyes y ancestros vienen finalmente a postrarse de hinojos. "Falta la Custodia", me dijo un toledano de rancio abolengo.

Y es verdad, porque cada convocatoria que hace EL ESPAÑOL es un éxito pleno de asistencia. En ello tiene mucho que ver Esther Esteban, mi gran amor de senectud, cuando ya los caballos no arrancan y apenas aciertan. Lo he escrito más de una vez. Esther es la Katherine Graham toledana, que en su teléfono tiene la agenda que todo periodista quisiera alcanzar algún día. Ella diseñó este periódico y ella lo moldea con su temple cada mañana, cuando se levanta.

Pedro Jota es caso aparte. Y Cruz, con su traje rojo, ni te cuento. Ambos hacen un tándem sensacional, que se complementa como los Reyes Católicos. Tanto monta, cada uno en su parcela. Pedro es el periodista más importante del último medio siglo en España e hizo una intervención más cervantina que nunca. Habló de la tercera salida del Quijote, que fue la definitiva. La de El Español, en este caso. Y Cruz lidió como los grandes maestros, rojo cárdeno, pisando la arena con la naturalidad que sólo ella posee. Había mucha miga en esa gala y se desmenuzó con el paso del tiempo.

Gregorio Marañón es el toledano más listo e inteligente que he conocido. Probablemente en la Historia haya habido otros, pero como alguien dijo en un momento de la gala, su ejemplo y su vida son espejo en el que mirarse. Ha buscado el consenso, lo ha hecho con pincel fino, de sabiduría incansable. He leído sus memorias y me han sabido a poco. Debe escribir más. Emiliano lo dijo en su sensacional discurso. Su inteligencia la ha puesto al servicio de la comunidad. Eso es lo único que salva al ser humano. La comunidad, el otro, el resto, los demás.

Eugenia Silva es una diosa para los que venimos de fuera de la muralla. La veíamos inaccesible, inquebrantable, grandiosa. Y, sin embargo, en la gala se rompió como porcelana fina, igual que cristalería y bohemia, lo mismo que un suspiro de almena. A Eugenia la he conocido más por Juan Ignacio y otros toledanos que la trataron. Y ha resultado un árbol frondoso que da sombra. La seguimos en la distancia y la admiramos en el silencio callado de los torreones y las sinagogas.

Rafael Canogar es la simbiosis del arte completo e incluso el carácter de la comunidad. Mezcla la toledanía con la humildad manchega, tanto que pareciera franciscano. Lo ha sido todo y ha roto vanguardias. Como sensacionalmente explicó María Porto, causa impresión ver su nombre y obra en las galerías más importantes del mundo. A un hombre le hace más grande la humildad de su trono que la arrogancia de sus méritos. El arte en España no se entiende sin Canogar, El Paso y todo lo que aquello supuso. Un joven de noventa años al que acercarse con mimo.

Y Ana Céspedes, el gran descubrimiento de la gala. Manchega como yo, de Albacete. La Mancha es la alegría de vivir y el Quijote su profeta. Hay una lanza común que atraviesa todas las Manchas de la comunidad, la toledana, ciudadrealeña, conquense y albaceteña. Igual que un San Sebastián transido debajo del árbol por la flecha. Es la humildad. Mi vida ha transcurrido entre Toledo y la Mancha y habré de escribir de ello.

Toledo es la elegancia, la mística y la intelectualidad. La Mancha, sin embargo, compendia la alegría de vivir y el anchurón de la existencia. Son las alpargatas de España. La gran lección del Quijote es descubrir el personaje que uno lleva dentro y lanzarlo por el mundo. Aunque se rían, te apaleen o zurzan… De qué vale la vida si no es para gastarla según tú quieres.

Cuando el hidalgo es derrotado en Barcelona y vuelve a su aldea, muere de pena porque ya no ve sentido alguno. Vivamos nuestras lanzadas y peleas. Por eso tiene explicación lo que Pedro Jota dijo en su discurso. Son gigantes y son molinos. En la molienda de su trabajo, callado, cifrado, silente. En la mística de sus invenciones, las noches y sus llamaradas. Gigantes son, pero también molinos.