Leo en este digital que el CD Deportivo Carranque ha decidido que su equipo juvenil jugará a puerta cerrada el resto de partidos de liga tras una temporada marcada por los insultos en la grada, incidentes entre algunos padres y sanciones económicas.

No soy seguidora del Deportivo Carranque, pero me imagino que algo muy gordo habrá tenido que pasar para que un club de fútbol tome esta drástica decisión. Por lo que leo, desde insultos racistas hasta “una pelea que terminó con gente en los hospitales, un loco sin dientes y una mujer con los ojos hinchados”, según relata el entrenador carranqueño a EL ESPAÑOL. Al parecer, entre unas cosas y otras, el club acumula más de mil euros en multas. Lo raro es que les queden ganas de jugar.

Lamentablemente, lo que pasa en Carranque no es un caso aislado, doy fe de ello. Pese a no ser una gran futbolera, sigo de vez en cuando a mis hijos por los campos de fútbol de esta región y, aunque no es lo habitual, he visto cosas que no me han gustado nada. Y a quién no le valga con mi opinión, le remito a un estudio reciente financiado por LaLiga y Puma, que dice que el 57% de los incidentes violentos en el fútbol base tiene su origen en el comportamiento de los adultos.

En mi caso, el último susto fue hace un par de semanas, cuando en un lugar de La Mancha de cuyo nombre prefiero no acordarme, llegué a temer que el partido terminara en el cuartelillo. La cosa pintaba mal: padres chillándose los unos a los otros, un árbitro poco acertado y un entrenador que perdió los nervios… Menos mal que triunfó la razón y cada mochuelo se fue a su olivo. Eso sí, todos enfadados… y no por lo que dictó el marcador.

No por mucho repetirlo deja de ser verdad la máxima de que el fútbol, como cualquier otro deporte, debe ser una escuela de valores. Valores como la camaradería, el esfuerzo, la gestión de la frustración ante la derrota, la perseverancia… son intrínsecos al fútbol. O al menos deberían serlo. Enseñar esto es cosa de todos, de los entrenadores, de los clubes y, también, de los padres.

Pero es que, además, el fútbol es -más que ningún otro deporte- un espejo en el que se mira la sociedad. ¿O es acaso una casualidad que la mitad de los adolescentes que conozco quieran cortarse el pelo a lo Lamine Yamal? No desvelo ningún secreto si digo que todo lo que ven nuestros hijos en los campos, lo repiten en la calle. Y cuando digo todo es todo: lo bueno, lo banal como el corte de pelo y, obviamente, también lo malo. Por eso me pregunto qué pensarán estos chavales al ver a sus padres gritando en las gradas como energúmenos. Les aseguro que bueno no será.

Si no es para animar en positivo a nuestros chicos, yo me apunto al ‘voto de silencio’ en el fútbol. ¿Qué opina usted, querido lector? ¿Seremos capaces de dejar de ser hooligans y comenzar a ser padres responsables? Se verá.