Suspiramos mal. Como si hasta para eso hubiera que pedir perdón. Lo hacemos bajito, a escondidas, como quien se encierra en el baño no porque tenga pis, sino porque necesita dos minutos sin que nadie le pregunte qué le pasa. Hemos aprendido a decir «estoy bien» con una naturalidad asombrosa mientras recogemos la cocina, contestamos mensajes y seguimos haciendo cosas como si dentro no estuviera pasando absolutamente de todo.
Pero el suspiro es un chivato. Tiene esa mala educación de salir sin preguntar y contar lo que tú llevas horas, días o meses intentando disimular. A veces es apenas aire, un fffff pequeño mientras conduces o doblas una camiseta. Otras nacen mucho más abajo, justo en ese lugar del estómago donde vamos metiendo todo lo que decimos que no nos preocupa. Entonces sube, raspa un poco la garganta y sale. Tú miras alrededor por si alguien lo ha oído y sigues con lo tuyo.
Hay suspiros que te salvan. Son los de «menos mal», los que aparecen cuando llegas a casa, cierras la puerta y durante unos segundos consigues dejar el mundo fuera. El de meterte en unas sábanas limpias después de un día horrible. El del café que sabe a domingo, aunque sea martes. El que se te escapa después de varios días esperando una noticia y, por fin, alguien te dice que todo está bien. Duran poquísimo, pero hay semanas enteras que se sostienen gracias a uno de esos.
Y luego está el suspiro de mirar dormir a alguien que quieres. Ese es otra cosa. Lo miras y piensas qué suerte, pero casi inmediatamente aparece otro pensamiento bastante menos bonito: qué miedo querer tanto. Esa parte del amor nos la explicaron regular. Nos hablaron mucho de querer y muy poco del vértigo que da tener algo que te importa de verdad. Porque querer mucho también es descubrir que existen cosas que no podrías controlar, aunque te pasaras la vida intentándolo. Quizá por eso algunas noches miramos a los nuestros dormir y soltamos aire sin saber muy bien si estamos agradeciendo o pidiendo que todo se quede exactamente así.
Después están los otros suspiros, los que pesan. Los de las tres de la mañana, cuando coges el móvil para mirar la hora y terminas buscando en Google algo que sabes perfectamente que no deberías buscar a las tres de la mañana. A esas horas Google no informa: sentencia. Entras buscando una explicación para una molestia y cinco minutos después tienes quince pestañas abiertas y una angustia que antes no tenías. Apagas el móvil, miras al techo y sueltas aire, como si con ese suspiro pudieras deshacer todo lo que tu cabeza acaba de construir.
También está el suspiro del «ya te diré». Qué frase tan útil hemos inventado para no decir la verdad. Muchas veces «ya te diré» significa «no puedo», igual que «no pasa nada» suele significar que sí pasa y «estoy cansada» no siempre tiene que ver con dormir. Y luego está nuestro favorito: «todo bien». Todo bien mientras trabajas, compras, recoges, llegas, sonríes y cumples. Todo bien mientras por dentro llevas un fuuuuuuuu que, como encuentre una rendija, tira abajo media casa.
Porque suspiramos cuando no sabemos decir que no podemos más, pero también cuando nos da miedo reconocer cuánto queremos algunas cosas. Queremos que los nuestros estén bien. Queremos que alguien se quede. Queremos que, por una vez, eso que tanto nos importa salga bien sin tener que dejarnos media vida empujándolo. Pero decir «lo quiero muchísimo» nos deja demasiado expuestos, así que preferimos decir «ya veremos», «tampoco pasa nada» o ese maravilloso «lo que tenga que ser será» que utilizamos justo cuando daríamos cualquier cosa por decidir nosotros lo que va a ser.
Nos hemos vuelto bastante buenos enseñando la respiración bonita. La del viaje, la puesta de sol, el mar, la copa, la foto en la que parece que durante unos minutos entendiste perfectamente de qué iba la vida. Lo que casi nunca enseñamos es el suspiro de la cocina cuando todos se han ido a dormir. El del coche antes de abrir la puerta y entrar donde tienes que entrar. El de después de colgar una llamada. El de cerrar la puerta del baño y quedarte unos segundos apoyada contra ella porque necesitas recomponerte antes de volver a salir. Esos no salen en las fotos. Y, sin embargo, probablemente sean los que más cuentan de nosotros.
Porque quizá el problema nunca fue suspirar. El problema es habernos creído que lo que hacemos bajito cuenta menos. Que lo que no contamos pesa menos. Que si repetimos suficientes veces «es una tontería», terminará convirtiéndose en una tontería. Pero el cuerpo tiene una memoria bastante puñetera. Guarda lo que callamos, lo que aplazamos, lo que minimizamos y hasta aquello de lo que nos reímos para que nadie se dé cuenta de que nos importa demasiado.
Por eso me gustan los suspiros. No porque solucionen nada. Un suspiro no cura, no responde mensajes pendientes, no cambia un resultado ni hace desaparecer aquello que te preocupa. Pero durante un instante ocurre algo difícil de conseguir el resto del día: el cuerpo dice la verdad antes de que nos dé tiempo a maquillarla.
Quizá por eso deberíamos dejar de disculparnos cuando suspiramos. De decir «perdón» cuando alguien pregunta qué pasa. A veces no pasa nada y, al mismo tiempo, pasa todo. A veces simplemente llevamos demasiadas cosas dentro y el cuerpo necesita abrir una rendija para que salga un poco de aire.
Luego seguimos. Hacemos la cena, contestamos ese mensaje, preguntamos qué tal el día y volvemos a decir que todo bien.
Hasta que, sin avisar, otra vez:
fuuuuuuuu.
Y el cuerpo nos vuelve a pillar diciendo la verdad.