Ustedes no tienen por qué saber qué es el Invisible College. Se trata de -¿cómo decirlo?- una institución amistosa, una especie de tertulia literaria que no tiene más objeto que el de convocar periódicamente a un escogido grupo de profesores universitarios, editores, traductores, escritores, críticos y letraheridos que se reúnen para escuchar lo que sobre un tema determinado viene a proponer cualquiera de ellos, que imparte una breve charla o ponencia, replicada por una persona de su elección, y seguida luego por un coloquio abierto, que se suele prolongar durante la cena posterior. Con sede en Barcelona, el Invisible College, impulsado por el editor Andreu Jaume y el escritor Gonzalo Torné, es heredero del espíritu que en su día animó a la Societat d'Estudis Literaris, fundada por Jordi Llovet. Durante cerca de veinte años (corrían las décadas de los ochenta y noventa), la SEL aglutinó también a un puñado de gentes de letras, casi todas ellas excelentes en sus campos respectivos, que se juntaban para debatir y conversar sobre los más variados asuntos, dando lugar a sesiones a menudo memorables. Llovet da cuenta de esta iniciativa en uno de los capítulos de su justamente celebrado Adiós a la universidad (Galaxia Gutenberg, 2011).

El pasado 9 de enero, el Invisible College celebró una sesión extraordinaria en memoria de Juan Benet, de cuya muerte acaban de cumplirse veinte años. La sesión contó con dos invitados de excepción: Eduardo Mendoza y Francisco Rico, ambos pertenecientes en su momento al círculo de Benet. Los dos evocaron con cariño la figura del amigo y maestro, y debatieron con los asistentes, en su mayoría más jóvenes, de qué clase y cuán honda es la huella que Benet ha dejado en la cultura española.

Durante la conversación, distraída por abundantes excursos humorísticos, se produjo una cierta polarización entre quienes -como Mendoza y Rico- celebraban por encima de todo la personalidad de Benet, el importante ascendente que su talante tan peculiar tuvo sobre una portentosa constelación de entonces jóvenes periodistas, poetas y novelistas, que en su mayor parte desarrollaron luego trayectorias bastante señaladas; y quienes, sin haberlo conocido, se declaraban admiradores y frecuentadores de su obra narrativa, a la que asignaban un lugar muy principal en la literatura española del último medio siglo.

En refuerzo de las posiciones de unos y otros cabe hacer dos reclamaciones que estimo cada vez más apremiantes.

Dado el papel tutelar que la figura de Benet desempeñó para tantos, empieza a echarse en falta la publicación de una biografía que vuelque luz sobre su formación intelectual, sobre el tejido de sus relaciones, sobre la forma en que concibió y abordó su personal proyecto literario, y administró su personaje público. Además de procurar un anecdotario suculento, una buena biografía de Benet contribuiría decisivamente a documentar un episodio fundamental de la modernización y puesta al día de la cultura española, a entender mejor qué resortes operaron en la transición cultural del franquismo a la democracia, y a sopesar los méritos y servidumbres a que dio lugar la llamada Cultura de la Transición.

Por otro lado, urge la edición de unas obras completas de Juan Benet que reúna y ordene convenientemente un legado que, si bien nunca ha dejado de estar al alcance del lector (pues muchos de sus títulos han sido regularmente reimpresos), no ha sido tampoco objeto de un adecuado abordamiento crítico. Una buena edición de las obras completas de Benet pondría de manifiesto los alcances, sí, pero también las diversas etapas que atraviesa su proyecto narrativo, de tan elevada ambición y exigencia, las direcciones a veces muy divergentes a las que apunta, el calado muy distinto de sus diferentes libros, y los sentidos que cabe atribuir a la invención del territorio imaginario de Región. A la vez, la reunión de los ensayos y artículos de Benet, no sólo los literarios, sino también los políticos, e incluso los relacionados con su oficio de ingeniero, dibujaría muy elocuentemente el marco de sus inquietudes tanto éticas como estéticas, y los contornos de su influencia, quizá más visible en el plano de las ideas que en las huellas dejadas por su escritura. Y aún quedaría la correspondencia, deslumbrante según todos los indicios.

A partes iguales, la figura y la obra de Benet siguen constituyendo, veinte años después de su muerte, el enigma y el reto quizás más estimulantes -también más importantes y fértiles- a los que se enfrenta cualquier intento de comprender y sopesar la cultura española contemporánea.