Reservoir Books. Barcelona, 2015. 112 páginas, 18'90€

De igual manera que en nuestra literatura actual hay una serie de autores que libran una batalla contra la ideología dominante contaminando, con mayor o menor fortuna, cada poro de su escritura, hay en nuestra historieta creadores que actúan con esa misma autoexigencia de ser agentes morales y autoconscientes de un presente a cuyo esclarecimiento quieren contribuir. En esa necesidad de explicarse la realidad y su relación con la misma con un cierto orden, son muchos los que naufragan al no ser conscientes de que dicha tarea, con mucho de empeño de Sísifo, conlleva una simplificación que puede devenir en una pobre caricatura o en un mero panfleto (y, lo que es peor, un panfleto pésimamente elaborado).



Pero si algo tiene siempre de apasionante la obra de Miguel Brieva (Sevilla, 1974), ya desde los tiempos en que empezó a sorprendernos con sus autoediciones, es precisamente verle practicar el funambulismo en ese alambre, en el que se mueve con una gran destreza, debatiéndose entre ayudar al lector a esa tarea de comprensión, rayana siempre al maniqueísmo, o simplemente ayudándole a experimentar su entorno de una forma más profunda, merced a la rotundidad de una estética que se reclama heredera de los mejores dibujantes clásicos del underground.



Los avatares de este joven emperdedor, que no emprendedor, Víctor Menta, de 32 años, que estudió Geología y sobrevive merced a contratos basura en trabajos de mierda, un españolito más de aquí y ahora, podían haber sido un mero trabajo testimonial para convencidos previos de no haber puesto en práctica Brieva, una vez más, ese juego tan suyo de articular lo visible, pero no inteligible, con lo ininteligible, pero invisible.



Al deprimido Menta, a diferencia de sus colegas emperdedores, le asalta un buen día la sospecha platónica de que todo aquello que le parece "lo efectivamente real" tal vez lo esté únicamente viendo a la luz de las "ideas", unas ideas conformadas por unos poderosos y perversos medios que, como si respondieran al mito Matrix, están contribuyendo a generar un sistema paralelo al mundo real con la finalidad de sustituirle por completo.



Pero, a través de sus conversaciones con personajes tan interesantes como esa criatura de nombre Aparicio, buen nombre para una aparición, o El Hombre Invisible, dicho protagonista comienza a entender mejor su experiencia personal, a la que se irá sumando la experiencia histórica como parte del sustrato de cada uno de nosotros, y su naturaleza y la de la Naturaleza (otro de los temas recurrentes en Brieva).



En ese sentido, pocos como este creador manejan la inserción de lo pasmoso en lo cotidiano para derribar las barreras que nos aíslan del contacto con lo real, para lo que se vale a menudo de la dislocación de unas imágenes publicitarias, ya de por sí dislocadas, que niegan el conocimiento ponderado. Y a partir de las cuales, construye un discurso nuevo con el que pone en jaque las técnicas opacas que poseían esos referentes: sus supuestas belleza (con mucho de kitsch), paradoja y sorpresa.



Hay elementos en esta distopía del joven Menta de los que yo puedo disentir por lo que tienen de comunión con esa visión esquemática de ciertos movimientos que tratan de articular la indignación actual, pero sin embargo no puedo permanecer indiferente ante ese estado de ánimo desde el que el autor se está expresando y que va dictando el "cómo" de los materiales que conforman la historia, al tiempo que suspende mi incredulidad como lector con su continua invención de metáforas que conectan lo ordinario con lo extraordinario y que me son familiares de otras de sus obras precedentes regidas siempre por los mismos valores.



El crisismo, esa ideología que apela a una situación de crisis permanente, tiene en Brieva al mejor de sus retratistas y la vertiente más interesante de su propuesta es permitirnos experimentar ese presente continuo en su estado más alterado, aquel en que las visiones abren grietas en el marco que delimita la realidad.