Rodolfo Walsh. Foto: archivo

Libros del Asteroide. Barcelona, 2018. 228 páginas. 17,95 €. Ebook: 9,99 €

Ajena en principio a la intimidad de la operación lectora, está la historia de la literatura: Operación Masacre es un título importante. Citadísimo, dicen que fundacional, cristalización de un modo de escritura y militancia. Rodolfo Walsh (Río Negro, 1927-Buenos Aires, 1977) venía siendo un escritor valioso cuya narrativa policíaca despuntaba en el panorama argentino, y con el tiempo adquiriría fama (tal vez un poco exagerada, si bien esto es mera opinión) de gran cuentista; pero en 1957 tomó la decisión de vivir y escribir históricamente, un paso del que derivaría este texto extraordinario dedicado a la reconstrucción y explicación minuciosa, obsesiva, de un caso de terrorismo de estado tan cruel como grotesco. Unos meses antes, en 1956, se había producido un golpe fallido contra el régimen militar del general Aramburu.



Cuanto 'Operación Masacre' se cierra, uno entiende la diferencia entre una escritura necesaria y otras ruidosas

La represión fue inmediata y durísima, además de torpe, puesto que entre sus víctimas se contaron una docena de personas que ni siquiera tenían que ver con el asunto. Las arbitrariedades cometidas por las fuerzas del orden son resumidas así en el libro: "Que se detuvo a un grupo de hombres antes de entrar en vigencia la ley marcial; que no se les instruyó proceso; no se averiguó quiénes eran; no se les dictó sentencia; y se los masacró en un descampado". Pocos meses después, Walsh anda matando el tiempo en un café de La Plata cuando escucha una frase fascinante que contiene una novela o un país: "Hay un fusilado que vive". Y a partir de entonces, como insinué antes y explica Leila Guerriero en su introducción, todo lo que el escritor podía intuir vagamente sobre la política y la historia se convierte para él en vivencia política e histórica. No será ya el mismo, tampoco como escritor. Ahora tiene que contar esa historia, sin renunciar a un solo dato, sustentando cada hipótesis, escuchando las voces silenciadas. Y sí, esta dimensión histórica de la escritura walshiana se imbrica en nuestra lectura hasta dotarla de un espesor único y vigente.



Esa vigencia puede tener varios sentidos: quien quiera jugar a establecer analogías entre épocas, latitudes y comportamientos (pienso básicamente en Latinoamérica, para no pasarnos de caprichosos), tendrá con qué hacerlo. Quien prefiera servirse de Operación Masacre para discutir sobre las relaciones entre literatura y periodismo, por fortuna más conflictivas de lo que solemos admitir en nombre de la comodidad y todavía en debate, podrá preguntarse cuánta verdad objetiva, fáctica, cabe en la dramatización de hechos cuyo único registro es la memoria traumática de sus protagonistas, y a veces ni siquiera ese.



No le faltan posibilidades lectoras a la obra maestra de Walsh, desde luego. Para mí, el temperamento moral de estas páginas, cuyo sentido de la justicia no cede ni un momento a la utilización de las víctimas en beneficio de posibles efectos retóricos o sentimentales,es la clave de bóveda del conjunto. El rigor es una forma de valor aquí; y el valor, una forma de estilo. Es cierto que aparte, fuera del texto, hay una biografía segada como consecuencia de ese valor y ese estilo: en 1977, tras años de compromiso y habiendo entregado al menos otra pieza clave del periodismo argentino, ¿Quién mató a Rosendo? (publicada por última vez en España por el desaparecido sello 451 Editores, con rescatable prólogo de Isaac Rosa), Walsh fue uno más de los masacrados y desaparecidos de la dictadura militar, de una época, de lo peor de un país.



Por supuesto, el libro presenta como base de su perdurabilidad un catálogo inagotable de recursos narrativos ejecutados con una tensión precisa difícil de superar: la primera parte, dedicada a presentar el elenco de protagonistas, tiene un ritmo fatídico y ajustado; el estallido de la acción es seco y veloz como la violencia real; en la segunda mitad, Walsh registra la onda expansiva de los hechos para someterla a una disección sistemática que va de lo factual a lo textual o de la memoria a su registro oficial. Cuando el relato se cierra señalando con nombre y apellidos al máximo responsable del terror, uno entiende la diferencia entre una escritura necesaria y otras ruidosas. En Operación Masacre, si se me permite una pirueta que no quiere ser ornamento, hay un desaparecido que vive.