Marta Sanz. Foto: Ricardo Martín

Anagrama. Barcelona, 2017. 208 páginas, 16'90€

A simple vista, Clavícula parece el relato confesional de una hipocondríaca. A partir de un primer síntoma de enfermedad, el dolor detectado durante un vuelo, la propia autora, Marta Sanz (Madrid, 1967), ensortija un bucle de dolencias con sus correspondientes itinerancias por médicos especialistas. Esta sencilla y capciosa línea anecdótica pronto adquiere notable espesor.



Un sutil juego de paradojas revela el terreno movedizo entre la realidad y el fantaseamiento en que se mueve una narración autobiográfica. Por supuesto, presenta abundantes noticias privadas apuntadas con detalle: acerca del marido, los padres o su trabajo de escritora.



Pero el testimonio verista se abre también a lo visionario, se conjuga con lo ensayístico e incorpora heterogéneos componentes (un cuento viajero algo vanguardista o un poema de denuncia social). La materia biográfica da un autorretrato descarnado cercano al desvalimiento que suena a verdadero porque la desnuda sinceridad (reivindicada como recurso para enfrentarse a un mundo de hipócrita sensiblería) se arropa con registros tan variados como la queja, el enfado o el humor y se analiza con la lucidez de una perspectiva distanciada.



La emocionalidad, en cualquier caso, ocupa un buen espacio y da páginas excelentes por su intensidad sobre el amor, el deseo, la maternidad, la soledad, la culpa o el dolor. Pero la sentimentalidad evita a toda costa el griterío y el narcisismo románticos y se inserta en sus antípodas, en una visión materialista de la existencia.



Todo en este relato confesional hunde sus raíces en las condiciones materiales e históricas de la vida. Los impulsos, las relaciones y las circunstancias particulares, la felicidad, la misma salud dependen de determinantes económicos. Por ello la autora detalla la situación laboral de paro del marido o la incierta suya como escritora que le obliga a prodigarse en el trabajo (llega a pormenorizar los gastos e ingresos mensuales).



Clavícula de ninguna manera se explica, es decir, se justifica como escritura, sin una básica impronta social. Marta Sanz expone lo que le pasa porque "algo [le] duele" y porque no se puede "resistir a los mandatos de [su] época". La escritura, piensa, quiere poner nombre al caos e imponerle un protocolo, tanto al que habita en la naturaleza -las células enloquecidas causantes de la enfermedad- como al "orden de ciertas estructuras sociales". Esta analogía entre dolencias y sociedad le permite compararlas con gracioso sesgo irónico: su enfermedad puede ser lo mismo "demasiado burguesa" que"la punta del iceberg de mi profunda naturaleza proletaria".



Marta Sanz exige a su confesión la capacidad del arte militante de intervenir en el mundo. No quiere que sus páginas sean convencionalmente interesantes sino que "aspiran a operar como herramientas afiladas". De este modo, su autobiografía desvela la realidad y no se limita a servir de base para un relato. El noticierismo de lo particular de ninguna manera supone una escritura solipsista y supera por completo la recreación ensimismada del yo. Al revés, las vivencias personales sostienen un discurso declaradamente ideológico.



Desde la intimidad del yo se accede a una realidad histórica concreta. Para alcanzar este objetivo se utiliza una lente analítica, que se conjuga también con una alta temperatura emocional. La composición formal miscelánea, la mezcla de discurso y sentimiento y la combinación de argumentos y confesión impúdica hacen de Clavícula un objeto narrativo muy original. Con esta engañosa autobiografía apunta Marta Sanz un novedoso y atractivo camino para la actualización de la narrativa social.