Irish Murdoch. Foto: Archivo

Traducción de Jon Bilbao. Impedimenta. Madrid, 2016. 556 páginas, 24'95€

El marxismo ha ejercido una poderosa seducción sobre los intelectuales europeos. "Los cinco de Cambridge" protagonizaron una de las traiciones más sonadas de la historia del espionaje. Todos eran brillantes estudiantes universitarios que se pusieron al servicio del NKVD -más tarde, KGB- para apoyar a la Unión Soviética en los años de la "guerra fría". Iris Murdoch (Dublín, 1919-1999) no pretendió seguir los pasos de John Le Carré, que escarbó en la doble vida de los topos, sino mostrar la falsa épica de los revolucionarios de salón. El libro y la hermandad narra la historia de David Crimond, un carismático adalid del marxismo, que conseguirá el apoyo de un grupo de compañeros de Oxford para escribir una obra definitiva sobre la revolución comunista. Sus amigos crearán una hermandad para financiar el libro, pero cuando años más tarde el proyecto se hace realidad, nadie se ha librado de los inevitables cambios que acarrea el tiempo. Sólo se mantienen en pie las pasiones, que circulan con la inocencia del deseo, desatando un estrafalario crimen, cuyo eco revela que cualquier ideología zozobra ante el amor, una fuerza infinitamente más perturbadora que el fervor utópico y la conciencia revolucionaria.



Reúne las virtudes de las grandes novelas: caracteres inolvidables, diálogos chispeantes, reflexiones profundas, un final redondo

Iris Murdoch es una novelista torrencial, que -según cuentan sus allegados- nunca corregía sus manuscritos. Enemistada con las máquinas de escribir y los ordenadores, su mano volaba sobre el papel, reflejando su temperamento apasionado y desinhibido. Nunca toleró que sus libros se sometieran a un proceso de edición. Es un dato asombroso, pues en nuestros días las editoriales mutilan, corrigen y desfiguran los originales, sin otra justificación que incrementar el caudal de lectores. El libro y la hermandad es literatura en estado puro, que brota de una creatividad desenfrenada. Es cierto que el aluvión de personajes y emociones pueden desconcertar al lector, pero esa intensidad se transforma en embriaguez conforme avanza la escritura. La política se perfila como el aspecto central de la novela. Sin embargo, el sarampión marxista declina enseguida, cediendo el protagonismo al amor. "El amor es más que sexo, es una profunda y apasionada energía que todas las personas llevan dentro y que puede ser buena o mala. Pienso que esa energía es la cosa más importante en la vida del hombre". Murdoch aborda el sexo sin tapujos, derrochando la misma libertad que exhibió en su vida personal. El homicidio accidental que irrumpe en mitad de la trama acontece como un acto sexual. De hecho, los implicados se despojan de algunas prendas y se mueven como dos amantes a punto de fundirse en el lecho. El "Hombre Nuevo" al que David Crimond ha dedicado sus esfuerzos intelectuales durante largo tiempo parece menos creíble que su propia imagen bailando, celebrando la vida, relativizando las preguntas, liberando pasiones, escarneciendo su impostada misantropía y su huero narcisismo. Murdoch muestra con crudeza el desmoronamiento del marxismo, pero no se desplaza hacia el polo ideológico opuesto. Su naturaleza inconformista prefiere afincarse en una espiritualidad heterodoxa, que rehúye el burdo materialismo. Lo fantástico no es un recurso de la imaginación, sino una fuerza que fluye subrepticiamente por lo real. Su identificación con la filosofía platónica le permite desplegar una peculiar metafísica que exalta la creatividad de la materia. Iris Murdoch no peca de intelectualismo. Su literatura exalta la vida, con sus dosis de alegría, azar y misterio. No ignora que el universo algún día desaparecerá tal como lo conocemos, pero entiende que lo sagrado no anida en una hipotética eternidad, sino en el instante, que trasciende sus propios límites cuando admite su fugacidad.



La caverna platónica no es la prefiguración del cielo cristiano, sino una metáfora sobre la esterilidad de vivir con los ojos cerrados. El amor no dura siempre, pero siempre apunta hacia lo divino. El libro y la hermandad reúne todas las virtudes de las grandes novelas: unos caracteres inolvidables, una trama llena de incidencias, diálogos chispeantes, reflexiones profundas, giros inesperados, un final redondo. Nada de eso sería posible sin la apabullante personalidad de Iris Murdoch, capaz de concentrar toda la magia de su relato en una imagen. El caracol que se comunica con los seres humanos mediante una tímida mirada resume perfectamente la inteligencia, delicadeza y ternura de una escritora que jamás conoció la angustia de la página en blanco.



@Rafael_Narbona