Selva Almada

Lumen. Barcelona, 2014. 200 páginas, 16'90 e. Ebook:

Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) se va convirtiendo, por derecho, en una de las voces más interesantes y fuertes de la narrativa hispanoamericana más reciente. Con este Ladrilleros podríamos enmarcarla (malditas etiquetas útiles) en una corriente de novela social argentina contemporánea que sabe poner voz a los habitantes de las poblaciones y barrios más desfavorecidos de su país. Entroncaría con obras recientes de Saccomano o Alicia Plante, o con Una historia sencilla, de Leila Guerriero. Sólo que, en esta última, el héroe popular consigue escapar esforzadamente del submundo originario hasta convertirse en una gran figura de la danza gaucha del malambo.



Ni Pájaro Tamai, ni Marciano Miranda -los adolescentes del descampado municipal del parque de atracciones con los que arranca Ladrilleros- pueden tener salvación posible, pues de lo que nos habla Selva Almada es de juguetes del destino, de rivalidades familiares y de venganzas que vienen muy de atrás, casi desde un oscuro código genético que con el tiempo cumplirá la desgracia anunciada. La falta de oportunidades, la brutalidad de los cabezas de familia (obsesionados por mostrar masculinidad y virilidad), germina y pasa en herencia para que los hijos y los nietos se enreden en reyertas que parecen atávicas. Selva Almada, eligiendo el habla apropiada del grupo, urde una habilidosa trama para dar lugar al callejón sin salida que espera a unos niños habituados a correrías nocturnas, hurtos, peleas, abusos sexuales o palizas en casa, una casa que sólo el lugar donde comer o al que volver finalizando el día, deseando hacerse grandes para poder plantar cara algún día a su maltratador padre ("Un día su cuerpo dejará de quedarle chico a tanta furia como siente desde que tiene memoria"). Otras veces les toca demasiado pronto ser el hombre de la casa o vengar la muerte de su progenitor. Hay en el libro una gran definición del papel de estas esposas de maridos "de mala bebida", candidatos firmes a asesinados o fugados, mientras ellas soportan vejaciones y sostienen las columnas del mundo.



Selva Almada es una excelente narradora que mantiene el pulso de la narración, sembrando pistas fragmentadas e impulsándola de modo eficaz con la alternancia de secuencias, recuerdos y significados. El lector reconstruye y comprende poco a poco la situación que se describe al inicio y se sumerge en este mundo donde falta la compasión y rigen viejas cuentas pendientes. Aquí, las rachas de suerte, caso de llegar, duran poco, tan poco como el descubrimiento del amor verdadero e inesperado (caso del Pájaro Tamai en las últimas páginas, donde su pasión parece entenderse como una gracia inmerecida). La sexualidad, el erotismo son también una línea fuerte y bien desarrollada en esta novela. El sexo, la bebida, o las apuestas a las carreras de galgos se describen como únicos reductos de felicidad y liberación de un grupo social que llega a la vida siendo "changuitos indefensos" y con las cartas marcadas. La autora conduce su narración hacia una buena trama policial desde el asesinato de Miranda padre. Esta es la tragedia anunciada y recurrente de toda una comunidad, y Selva Almada consigue un texto firme, brillante, de gran riqueza léxica y mucho vuelo.