Image: Érase una vez el amor pero tuve que matarlo

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Novela

Érase una vez el amor pero tuve que matarlo

Efraim Medina Reyes

2 diciembre, 2004 01:00

Efraim Medina Reyes. Foto. Begoña Rivas

Destino. Barcelona, 2004. 229 páginas, 16 euros

Efraim Medina Reyes, nacido en Cartagena de Indias (Colombia), cuenta treinta y cuatro años y ésta es su segunda novela. Sus provocadores títulos delatan ya la naturaleza de su producción.

Técnicas de masturbación entre Batman y Robin y la de ahora, érase una vez el amor pero tuve que matarlo, con título de aire de tango, ganadora en 1997 del premio Nacional de Novela del Ministerio de Cultura en su país, donde obtuvo también el Premio Nacional Colcultura con Cinema árbol y otros cuentos en 1995. Enlaza no con la tradición colombiana, que repudiará, sino con el mundo neoyorquino, con el cine y el cómic, aunque también con el rock duro, Pearl Jam, Alice in Chains, Nirvana, Alan Price, Grateful Dead, Ramones (nombres que encabezan algunos fragmentos de la novela) y Jimi Hendrix y Miles Davis, a quien el padre del protagonista le hizo escuchar cuando tenía 8 años y le dijo: "Ya lo has escuchado todo". Medina Reyes construye una novela a base de capítulos fragmentados en una prosa de frases muy breves, con palabras que carga de significado, diálogos entrecortados, escenas de sexo sucio, alcohol, droga y, a la vez, con una desbordada poesía que, como algunas de las canciones que escucha el protagonista, rayan la sensiblería. Admitirá, incluso, que tras algún fracaso amoroso escucha en secreto a Julio Iglesias. Rep (abreviatura de reptil, el protagonista) y su grupo son universitarios colobianos que cabalgan entre Bogotá y Cartagena de Indias, designada como Ciudad Inmóvil.

Como organismo, el relato constituye un caos porque el narrador altera tiempos e incluso lugares, mezcla el desarrollo de la novela con una serie de proyectos de guiones cinematográficos, con imaginación, alterando los puntos de vista. Los escenarios urbanos van también de las ciudades colombianas a Seattle, Londres o Nueva York en otra historia paralela. Kurt (en el capítulo tercero, "La muerte de Sócrates", título de un guión cinematográfico), cantante y guitarrista que ha alcanzado el éxito, se explaya en una entrevista. Algunos de los personajes acaban trágicamente. Sid y Nancy, bajo la inspiración de Sex Pistols, porque Nancy "era demasiado blues para Sid", y tras drogarse y definir a Sid como masoquista, éste acaba apuñalándola y después se ahorca.

Uno de los modelos es Bukowski, a quien se cita en la pág. 85. Pero el autor no tiene empacho en arremeter contra García Márquez (págs. 79, 86, 93), contra Mutis, contra Vargas Llosa; es decir contra los escritores-mitos supervivientes de la modernidad y contra el pintor Botero, al que asocia. El grupo de amigos se mueve en un ambiente que se torna violento cuando en Bogotá arrecia también la violencia. Pero en ocasiones un fragmento (pág. 203 y ss.) se convierte en poema en prosa: la descripción del cuerpo femenino.
El eje del relato son los amores y el fracaso de las relaciones. Hay violencia física y desesperación vital. Sexo, pasión, violaciones y perversiones, frustraciones diversas, conforman esta caótica realidad literaria. Porque la imagen que Medina Reyes intenta transmitir es la del caos vital de una generación sin futuro. Otra forma de decir que tampoco hay salvación, como, aunque le moleste, concluíamos tras la lectura de Cien años de soledad. Poco de lo dicho ha de resultar formalmente nuevo para los lectores; sin embargo, ese toque colombiano convierte la novela en un experimento que han de agradecer los partidarios de la provocación y el happening. ¿Cultura pop, más de lo mismo, postmodernidad? Se agradece la audacia en castellano.