Pío Baroja en su despacho durante la última etapa de su vida

La editorial Ipso, dirigida por Joaquín Ciáurriz, lanza "Baroja & Yo", una colección formada por veinticinco libros breves en los que escritores y críticos reflexionarán, en tono autobiográfico, sobre su relación con el autor de La busca.

Serán veinticinco libros breves, en formato bolsillo, todos firmados por barojianos insignes, entre los que figurarán Andrés Trapiello, Fernando Savater, Jon Juaristi, Sergio del Molino o Valentí Puig. Aunque a las librerías llegan estos días sólo los tres primeros de la colección: Mujeres barojianas, de Ascensión Rivas; Un anarquista de derechas, de Luis Antonio de Villena, y Lúcida melancolía, de Soledad Puértolas. Todos, los que aparecen ahora y los que vendrán después, abordan a Baroja desde el ángulo personal. Y todos tratan de volver al escritor como quien vuelve -en palabras de Azorín- "a un lugar seguro", a un autor que "nos da la seguridad de lo elemental, de lo espontáneo, de lo primigenio".



"Baroja & Yo" se titulará esta colección ideada por Joaquín Ciáurriz, editor navarro de Ipsos, en cuyo proyecto da forma a dos de sus pasiones más íntimas: por un lado Baroja, claro, y por otro la literatura confesional. Él mismo no evita hablar del autor de El árbol de la ciencia desde su experiencia. Cuenta que, cuando presentó su tesis, homenajeó a Baroja frente al tribunal. "Un miembro del jurado me preguntó entonces, en vista de esa cita a Baroja, si me consideraba pesimista y recuerdo que le contesté: ‘Yo soy realista, como él'".



Antes de empezar a hablar de este proyecto, cree urgente el editor definir el término barojiano, que trasciende, dice, las fronteras del lector o admirador de Baroja. "El sentimiento barojiano se identifica con un sentimiento individualista, que no casa con una ideología concreta y busca la libertad de pensamiento". El barojiano, visto así, sería alguien con una importante carga de individualismo personal y socio-político, y con dosis elevadas de sensibilidad, melancolía y escepticismo.



Evitar las hagiografías

Ciáurriz dice haber huido de las hagiografías, por lo que será posible encontrar en estos libros cierta crítica a Baroja. La estructura será en principio la misma en todos los textos: una reflexión más o menos autobiográfica, en primera persona, a la que seguirá una aproximación ensayística al autor vasco. "Me interesa mucho también la visión de aquellos que, a pesar de no ser aparentemente barojianos, de alguna manera sí lo son, aunque sea a medias o con ciertas críticas", subraya el editor.



Los tres libros que se presentan ahora cumplen estas premisas, pues son aproximaciones muy distintas a don Pío. Ascensión Rivas, crítica de El Cultural y autora de una tesis doctoral sobre la técnica narrativa en las novelas de Baroja, suscribe la cita de Azorín y habla de la literatura barojiana como una "literatura familiar, cómoda y agradable a la que siempre se vuelve". La segunda parte de su libro, la propiamente ensayística, se centra en la sensibilidad de Baroja para trazar los personajes femeninos de sus novelas, lo cual quiere acabar con la idea de Baroja como un escritor incapaz de entender a las mujeres, cuando no directamente misógino.

Baroja, ¿poco actual?

Rivas no fue, asegura, barojiana a la primera. Cuando decidió hacer la tesis doctoral en Salamanca -en donde la figura de Baroja estaba eclipsada por la de Unamuno, y otros- acudió junto a una amiga a su maestro, Ricardo Senabre. Ambas pidieron consejo sobre el autor al que, en su opinión, harían bien en dedicar sus esfuerzos. Senabre propuso a dos: Torrente Ballester y Baroja. A las dos les gustaba más Torrente. "Me costó mucho, pero viendo que mi amiga no cedería me quedé con Baroja", recuerda Rivas, a quien el vasco, al principio, le parecía "falto de chispa y poco actual".



Con el tiempo, no obstante, encontró en el creador de Zalacaín el aventurero a un autor mucho más complejo cuyas novelas, distintas entre sí, tenían sin embargo "un agradable aire de familia". Eran historias pobladas de personajes "apesadumbrados, pesimistas o tristes; malhumorados, con ideas arbitrarias", a menudo "reflexivos, aunque lo que en realidad querían era ser hombres de acción".



A las mujeres de Baroja también dedica sus reflexiones Soledad Puértolas, que ya hizo una incursión en la obra barojiana cuando escribió El Madrid de La lucha por la vida. Pero su relación con Baroja se remonta mucho más atrás, a cuando, de niña, en las excursiones familiares por la Vera del Bidasoa, salía a relucir en las conversaciones el nombre del escritor. Aunque no lo había leído aún, ya lo conocía cuando murió en 1956, un suceso, recuerda Puértolas, que "causó gran consternación a mi alrededor". Ya gracias a sus libros, Baroja se convirtió en "su amigo incondicional".



Después de transitar por otras coordenadas literarias, por el TBO, Celia, Antoñita la fantástica y por algunas "novelas adolescentes de intención moralizante", después también de ‘engancharse' a Agatha Christie y a las novelas de misterio, llegó Baroja a la mesilla de noche de la escritora. "Creo que tenía dieciséis años", recuerda, y aún conserva aquellas ediciones de Biblioteca Nueva. "La letra era pequeña, el papel finísimo -de los llamados tipo Biblia- y el texto estaba distribuido en dos columnas". De pronto, asegura, encontró en Baroja a unos personajes que "juzgaban la vida desde la más completa subjetividad, se sentían solos e incomprendidos y, a la vez, tenían curiosidad, querían entender algo". Y termina: "En su radicalidad, en sus opiniones tajantes, me resultaban admirables".



Puértolas destaca a los personajes femeninos de Baroja, a los que él se aproximaba con curiosidad, con intriga. "En esto, precisamente, consiste el respeto -añade-: en aproximarse a las cosas con la mente despejada. Algo que no es tan fácil como parece. Sobre todo en el caso de los personajes femeninos, tan sembrados de prejuicios y de convenciones interesadas".



Barojianos insospechados

Un barojiano que no lo parece es el poeta Luis Antonio de Villena, en principio un opuesto al escritor "del gabán austero y boina calada que paseaba por el Retiro". Villena toma una afirmación del propio Baroja: "Soy un anarquista de derechas". Y la matiza: "Hombre íntimo y desengañado del vivir humano, quiso a los anarquistas que pululaban en su juventud, quiso su libertarismo, pero jamás los hubiera acompañado con sus estiletes asesinos y sus bombas".



Villena aborda la ideología de Baroja, pero también explica su admiración por determinadas obras suyas, como La busca, que confiesa haber leído al menos tres veces. Le gustan las "estampas" que Baroja sacó "del lado más astroso de cierta bohemia". Y esa manera tan barojiana de entender la novela "como un fragmento, un pedazo de realidad que no termina". Varias páginas se van en explicar cómo puede gustar Baroja a alguien tan poco barojiano como Luis Antonio de Villena. Al poeta, entre otras muchas cosas, dice, le gusta "ese Baroja de la boina y el aire un poco desastrado, pero que tiene algo como estilo, quizá cerca de un dirty chic prematuro, un voy como quiero, pero ese desastramiento con mucho de propio, de suyo, de inimitable…". En resumen, cada uno su Baroja.



@albertogordom