Ramón Andrés. Foto: Domenec Umbert

Acantilado. Barcelona, 2015. 512 páginas, 16€

El lector aficionado a la música clásica relacionará inmediatamente el nombre de Ramón Andrés (Pamplona, 1955) con unos libros de culto consagrados a compositores egregios, en especial Bach y Mozart. A esas obras habría que añadir varias más que relacionan la música con otras artes y, sobre todo, la insertan en su contexto histórico y cultural. Aparte de algunos diccionarios (como el de instrumentos musicales o el que vincula música, mitología, magia y religión), la mejor muestra de esa voluntad integradora o totalizadora de Andrés sería esa joya que tituló El luthier de Delft (2013) que, como aclaraba su subtítulo, estudiaba la correspondencia entre música, pintura y ciencia en la época de Vermeer y Spinoza.



No siempre, sin embargo, ha sido la música el centro de su atención. La inquietud intelectual de nuestro autor desborda el campo estrictamente musical y se extiende a otras múltiples facetas de nuestra cultura. Al crítico que firma esta reseña le interesó especialmente No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio (2010). Años antes, en 2003, había publicado otro volumen que reflejaba su curiosidad ajena a las modas, un rasgo ciertamente excéntrico en el panorama ensayístico español: una Historia del suicidio en Occidente que no alcanzó ni de lejos el eco que merecía.



Ahora, doce años después, el "acopio de conocimientos" y la "sedimentación de la mirada" le permiten rehacer lo entonces escrito "desde sus mismos cimientos" para ofrecernos "un libro más amplio y matizado, más objetivo, incómodo con los asertos". Estas páginas, en efecto, constituyen un ensayo en su acepción más prístina, es decir, como "un tiempo de pensar y un intento de aprendizaje", en el que el primero que se embarca para perfilar interpretaciones y matizar ideas es el propio autor.



El resultado -digámoslo ya sin cortapisas- es de una erudición aplastante, un recorrido pormenorizado por cómo se ha entendido, juzgado y ejercido la "muerte voluntaria" en nuestra cultura, desde los lejanos tiempos de Mesopotamia y Egipto hasta el vacío existencialista y la depresión del hombre contemporáneo. Un larguísimo camino que empieza en Gilgamés y Osiris y que termina en Durkheim, Freud y Ricoeur, después de transitar por la antigüedad grecorromana, la perspectiva cristiana, Tomás Moro, Pascal, John Donne y el Siglo de las Luces, por señalar tan solo algunos de los jalones que marcan las meditaciones de este singular investigador.



Debe advertirse que no estamos ante un ensayo fácil sino todo lo contrario. La rectitud intelectual de Andrés le conduce a una especie de rigorismo implacable que no da tregua al lector, al que se exige un esfuerzo sostenido a lo largo de unas densas quinientas páginas de disquisiciones filológicas, planteamientos filosóficos y elucubraciones culturales. Nada de fuegos de artificios, concesiones a la galería ni, muchos menos, soluciones fáciles. Para que se hagan una idea, ya en la primera página encontrarán una inequívoca toma de postura que marcará la singladura que les espera: "No hay, no puede haber teorías nuevas sobre el suicidio". El hombre se da muerte hoy, prosigue el autor, por las mismas razones que hace miles de años. En términos resumidos, para "poner fin al dolor", sea físico o moral. Frente a la óptica medicalista o psiquiátrica que ha ido ganando terreno en los últimos decenios, Andrés defiende lo que podríamos llamar una perspectiva humanista clásica. Es falso, argumenta, que el noventa por ciento de los suicidios tengan una base patológica. Sería inocente dar por buena esa hipótesis.



El libro va desgranando temas, autores y momentos de la historia de nuestra civilización con un ritornello consecuente con lo antedicho: en síntesis, que el malestar y la desesperación son consustanciales al ser humano. Nada, y mucho menos la razón, puede atemperar el sufrimiento que, como una sombra ominosa, acompaña la vida del hombre en este mundo. Las palabras literales del autor compendian con mucha más exactitud que cualquier paráfrasis el sentido global de su reflexión (p. 363): "Una historia del suicidio no es más que una historia del dolor o, mejor dicho, una historia individual y social del dolor, poner boca arriba las cartas de nuestra fragilidad, desde la que, pese a todo, tratamos de dar sentido al devenir del mundo".