Carl Sagan

Traducción de Alfredo Brotons. Akal, 2015. 542 páginas, 38€

En 1939 el promotor Grover Whalen drenó grandes extensiones de las marismas de Long Island para alzar allí la Feria Mundial de Nueva York. Su lema, "El tiempo futuro", puso a mil por hora la imaginación del niño de cinco años al que sus padres llevaron allí de visita, bien abrigado, con la boca abierta. El niño era Carl Sagan y, al final de su vida, lo recordaría así: "aquel día ejerció una poderosa influencia sobre mi pensamiento". Sagan había mirado por un día el futuro y ya nada sería igual para él.



El ensayista y escéptico William Poundstone ( Morgantown, Virginia, 1955) ha fijado en su imponente biografía Carl Sagan. Una vida en el Cosmos la narración de vida de referencia del mejor divulgador científico de todos los tiempos. Porque nadie ha hecho más por la difusión social de la ciencia que el Sagan autor de tantos libros y de esa referencia para generaciones que fue la ochentera serie Cosmos, cuyo reciente remake de Neil deGrasse Tyson, con todas sus bondades, no ha logrado superar. El acercamiento biográfico que emprende en este libro publicado en el lejano 1999 en EE.UU. -y que ya tardábamos en disfrutar en español- es peculiar, rompedor, tremendamente narrativo, lo que resulta más que apropiado para quien fue por encima de todo un gran contador de historias. Y la Ciencia es la mayor de todas las historias.



La familia de Sagan huyó a principios del siglo XX de la aldea de Sasov, en Ucrania, después de que su abuelo Leib matará a un hombre por "honor". En el Nuevo Mundo, en la comunidad de judíos emigrados a Nueva York nació Carl en 1934. Allí descubrió "la prueba de la realidad", en Chicago, Berkeley, Cambridge o Ithaca se toparía con la química, la cosmología, la ecuación de Drake, la teoría de la condensación, la paradoja del Sol, Marte, o el dilema de la inteligencia extraterrestre.



Y a su curiosidad caníbal por saberlo todo sólo la superaba el nervio por contarlo, actividad que fue reconocida en 1978 con un Pulitzer.



La brecha llegó en 1980 con Cosmos, aquella mágica epopeya gracias a la cual toda una generación supo de los agujeros negros, descubrió qué ocurre cuando viajas a la velocidad de la luz, o se maravilló con las posibilidades de la cuarta dimensión. Si un día alguna avanzadilla alien encuentra a la solitaria Voyager que se aleja de nuestro sistema solar, encontrará un mensaje en su interior que le contará quiénes somos. Lo escribió Carl Sagan.