Las cartas entre Isherwood (al fondo) y Bachardy rebosan crueldad. Imagen del filme Chris & Don: A Love Story

Chatto & Windus, 2014. 481 páginas, 30 dólares

En 1956, Christopher Isherwood escribía desde Cheshire, en Inglaterra, a su pareja, el artista Don Bachardy. Es la primera entrada de una correspondencia de 14 años; un breve y extravagante documento que, en poco espacio, hace referencia al funeral de Alexander Korda, al incesto entre dos gatos y a La diligencia en la nieve, de Courbet. "Pienso en ti constantemente", escribe para concluir, "y en las veces en que podría haber sido más cariñoso y comprensivo, y hago muchos propósitos para el futuro, algunos de los cuales espero mantener".



Su relación empezó el día de San Valentín de 1953, y estuvo marcada por sus muchos periodos de separación. El mundo de las letras vivía dentro del críptico y más amplio mundo de la homosexualidad de mediados de siglo. En él, Isherwood y Bachardy podían expresarse mediante un código personal, en lo que se convertiría en la perdurable metáfora de los animales. Bachardy era Kitty, e Isherwood, un caballo llamado Dobbin. En esta recopilación de las cartas conservadas, editada y prologada por Katherine Bucknell, no acaba de quedar claro por qué dos hombres adultos querrían escribirse simulando ser un caballo y un gato; no llegamos a saber cómo nacieron los animales, pero los vemos a lo largo de los años, bajo variaciones tan ridículas como "adorado trotador".



The Animals nos brinda un atisbo parcial de los 33 años de una relación que concluiría con la muerte de Isherwood en 1986. La mayor parte de la correspondencia se sitúa en la década de 1960, una década fructífera para dos artistas que se encontraban en puntos casi opuestos de sus carreras. Para Bachardy, mucho más joven, fueron años de duda, de crisis existencial. Para Isherwood fueron prolíficos profesionalmente, y en ellos vivió la transformación de sus historias berlinesas en el musical Cabaret; escribió las novelas Un hombre soltero, Una visita y Encuentro junto al río; e investigó y desarrolló Kathleen y Frank, sobre sus padres. Desde 1956 hasta 1970 estuvieron con frecuencia en orillas diferentes trabajando en proyectos distintos. Cuando Bachardy recibió su primer encargo serio -dibujar los retratos de los actores que decorarían el vestíbulo en el montaje estadounidense de Un sabor a miel en 1960- logró acceder al deslumbrante mundo de los artistas, la gente del espectáculo y los expatriados en el que Isherwood era una institución. Ese mundo era lo que compartían y -como la ambición de Bachardy y la ansiedad de Isherwood dejan claro- lo que los mantuvo separados tantas veces.



Las cartas brindan lo mejor y lo peor de aquello a lo que nos han acostumbrado los diarios de Isherwood de esa época, y presentan el mismo elenco de personajes expuestos bajo el mismo prisma, por lo general poco halagador. Nos brindan originales retratos de Paul Bowles y Cecil Beaton (en un momento surrealista, este último se ofrece a llevar a Bachardy a ver Mondo Cane, de E.M. Foster, quien, según Isherwood, "sigue pensando" en el sexo a los 88 años; y de Frank O'Hara, cuyo séquito erótico provoca el desdén de Bachardy. Bachardy despacha a Franco Nero y a Vanessa Redgrave calificándolos de "sustitutos probeta de seres humanos reales", mientras que Charles Laughton se ve privado del privilegio de visitar la casa de Isherwood porque "se queda sentado y no se levanta".



Pero esto es indispensable para los animales, para los que la crueldad es a menudo la mejor forma de sinceridad. Con frecuencia, las historias que se cuentan uno a otro van en detrimento de los demás, puesto que los amantes ilustran por escrito el espectáculo grotesco en que se convierte el mundo cuando falta la persona amada. En 1958, Bachardy ofrece un extenso informe del intento de suicidio del padre de una amiga común. Isherwood responde diciendo que le había gustado tanto que "casi me olvidé de sentir lástima por nadie. ¡Francamente, eso es literatura!".



Las cartas se nutren de ese tipo de relatos de frontera. En ellas hay una obsesión con el peso, se denigra la bisexualidad, las vidas y muertes están en constante revisión, y suelen incluir recortes de periódicos con imágenes de gatos.



The Animals se promociona como una colección de cartas de amor, pero puede que limitarse a esa definición peque de delicadeza. El lenguaje no es verdaderamente amoroso, muy pocas veces hermoso, y algunas misivas son sosas. Para ser una correspondencia privada, es sorprendente qué pocas cosas emotivas, inadecuadas, íntimas -verdaderamente privadas- hallamos en ella. Aunque quizá sorprendente no sea la palabra. En la ficción, el punto fuerte de Isherwood es una forma de distancia autoimpuesta. Las cartas nos muestran un aspecto de la vida de Isherwood que en ocasiones debió de quedar algo más fuera de su control de lo que le habría gustado. Los dos hombres buscaron sexo fuera de su relación; para Isherwood fue más una concesión a las necesidades de Bachardy que su propio deseo. Cuando se trata de pedir cuentas el uno al otro, las cartas deparan un extraño silencio, en el m ejor de los casosuna leve agresión pasiva por parte del mayor de ellos.



"Los Isherwood no sentimos demasiado las cosas", escribe citando a su madre. Cuando más tarde se refiere a sí mismo -mejor dicho, a Dobbin- como "una cosa incapaz de sentir", cabe pensar que es la expresión de un deseo. Si lo que buscan estas cartas es la verdad, muchas veces lo hacen a expensas de los sentimientos. En algún momento, Isherwood sospecha que Bachardy está siendo más sincero que él. "¿Se debe a que puedes permitírtelo? ¿Tengo miedo de ti? Sí, en cierto modo. Pero, a decir verdad, casi desearía poder sentir más temor". En el mundo de los animales, a veces la veracidad puede parecer una acusación.



Bucknell ha sido exhaustiva en su búsqueda para presentarnos a Isherwood en su integridad. En los últimos años ha publicado los cuatro volúmenes de sus diarios, y ahora los culmina con las cartas. Pero, cuando se trata de un escritor que escribía como si no tuviese nada que ocultar, la persona en su integridad sigue siendo un constructo: Isherwood como creación de Isherwood y determinado por las expectativas de su público; en el caso de las cartas, el público más importante de todos, su pareja hasta la muerte.



Cuando menos, The Animals nos proporciona una vía de entrada más desconocida y, en ocasiones, más accesible. Después de todo, hay algo hermoso en ver a Christopher Isherwood como otra persona más a la que el amor vuelve inescrutable y a veces insufrible, un amante que envía fotos de gatos en el correo a la única persona que comprenderá su verdadero significado.