Bajo una luz de caramelo que le concreta en la frente un brillo de inteligencia, Ida Vitale mira a los acompañantes como quien desea seguir descubriendo travesías, lenguajes, magias cotidianas. Hay algo acuático en sus ojos, que modulan en cada mirada un arrebato de nitidez y una clave de humanidad. La cara en dimensión de mapa, de colapso de rutas hacia todo, como una síntesis de formas y sabidurías que remonta tiempos y continentes, signos orientales, coordenadas rioplatenses y derivas atlánticas. “Perdonen, pero estoy sordísima”. Al filo de los 100 años, circunvalando sosiegos pero siempre a punto de la risa, da la sensación de que a ese cuerpo de inquieta elasticidad solo le fallan, un poco, los oídos.

Ida Vitale atiende a los medios en un hotel de Córdoba pocas horas antes de inaugurar Cosmopoética 2023, edición con la que el festival internacional de poesía celebra su vigésimo aniversario (y que tiene también entre sus protagonistas, hasta el 7 de octubre, a J. M. G. Le Clézio, John Banville, Antonio Muñoz Molina, Eduardo Sacheri, Francisco Ferrer Lerín, Emilio Gutiérrez Caba, Ángel Antonio Herrera y Manuel Jabois).



Opina que los que la eligieron para este cometido “son inconscientes”, repara en el intenso calor, pregunta por el río Guadalquivir y dice que quizá alguna vez visitó esta ciudad, “hace 1.000 años, porque a estas alturas todo lo cuento así…”. Desde primera hora introduce el humor y un clima de cercanía y amabilidad. La voz grave, casi francesa, rumorosa y cómplice. No piensa en grandes celebraciones por su centenario y cree que “no faltará quien diga: ¿todavía?”.

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Vitale, que ha escrito mucho pero “con grandes descansos”, afirma que lo que la impulsa a la poesía es “la costumbre”. “Pero no es lo que más me gusta. Me gustaría haber escrito una gran novela, siempre me gustó más leer prosa que poesía, y si no escribí novela fue porque ya había leído a Tolstói, por ejemplo, así que más valía abstenerse.



Fui muy lectora temprana de novela porque en casa había un mueblecito debajo del teléfono con una colección espléndida de traducciones francesas, italianas... Encontrarme ahí por ejemplo Guerra y paz ya me volvió exigente para el futuro. Quizá la poesía sea menos necesaria que la prosa. La gente lee mucha más prosa que poesía y es por algo: a todos nos gusta que nos cuenten cosas. Hubo un periodo muy aburrido en que la literatura no contaba mucho, pero siempre uno podía ir un poco más atrás”.

Su relación con España y los escritores españoles ha sido “a distancia pero muy buena, y a veces no tan a distancia: Alberti por ejemplo estuvo en Montevideo”. Pero de quien más recuerdos tiene es de José Bergamín: “Le guardo mucha gratitud, tenía muy buen malhumor, pasó muchos años en el Río de la Plata… Era una lección constante. Luego llegaron los hijos, pero durante un periodo estuvo solo y abusamos del sentimiento caritativo de que no había que dejarlo solo… Lo teníamos harto”.

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Bergamín “decía todo lo que pensaba” y “fue básico para todos nosotros y yo diría que para el Uruguay: llegó dispuesto a integrarse pero teniendo muy presente todo… Teníamos en él un espejo de comparación. Era muy amable pero al poco rato salía el profesor, dispuesto a ponernos en nuestro lugar. La gratitud que le guardo es infinita, por todo lo que decía y por todo lo que sabía callar, por cómo nos orientaba”.

Vitale mira, se concentra en escuchar, se piensa las respuestas. La voz es un fluido de edades acumuladas en la emancipación liberadora y consecuente de la vida hecha. En su discurso se entreveran la jovialidad y la experiencia, el apunte luminoso y la meditación sensata. Y siempre presente, como impulso, como recurso y como verdad, el humor, que a veces “sale de las cosas malas que uno ha vivido: es como una defensa, un anticuerpo”.

La autora de Léxico de afinidades, premio Cervantes en 2018, no manifiesta “una especial predilección por la poesía comprometida”, pero aclara que ante todo le gusta “la poesía buena, sea comprometida o no”. Ella cree (con su inagotable comicidad) que una parte de su obra nace “del aburrimiento, quizá”. Y, con ánimo de enigma, “no sé si la poesía es para [la] huida o para [ser] leída”.

El acto inaugural tiene como sede un teatro (el Góngora), y Vitale asevera que el teatro es “lo más importante” que le ha pasado en la vida: “En Montevideo había muy buen teatro y todo llegaba, así que el invierno era una estación muy ocupada. Supongo que en algún momento, allá por la adolescencia, todos pensamos que nos gustaría integrar un grupo de teatro… Después me aparté. Quizá Uruguay disfrutó de la guerra europea..., espantosamente, pero se benefició de las compañías que llegaban. Nosotros queríamos que todo se arreglara pero, mientras, disfrutábamos de todo lo que recibíamos. Había compañías italianas, francesas, españolas supongo que también…, que recorrían América sin volver a Europa, porque estaba en guerra. Estaban una temporada y después se anunciaba el retorno, se iban a Brasil y ya volvían. Pasaron en América todo el periodo de la guerra, así que estábamos acostumbrados a comparar, a ver todo… Hubo un momento en que lo más cultural que teníamos era el teatro”.

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Ganadora también de premios como el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Federico García Lorca (además del Octavio Paz y el Alfonso Reyes en México y el Max Jacob en Francia), la escritora uruguaya está dispuesta a “seguir haciendo lo mismo, en la medida en que pueda”, y “sin ganas de innovar”. ¿Le ha quedado algo importante por hacer? “No sé… Ser guía de viajes”. Y su caudal de risa llena el espacio con ese vértigo expansivo de quien quiere seguir pasándolo bien.

Entre risas deja reflexiones subrayables: “La concisión es una buena actitud”, dice sobre su gusto por la brevedad a la hora de escribir. “En general he borrado bastante”, anota al hablar sobre la vida y la memoria. “Supongo que uno piensa que todo podría haber sido distinto y mejor, pero eso es un riesgo. De repente todo podría haber sido peor… No me quejo tanto de la vida como para arriesgar un cambio. Más vale dejar las cosas como fueron”.

Vitale nació en Montevideo el 2 de noviembre de 1923. Allí estudió Humanidades. Juan Ramón Jiménez la incluyó en una presentación de jóvenes poetas en Buenos Aires. Profesora de literatura hasta 1973, la dictadura la forzó al exilio. Vivió en México de 1974 a 1984 y posteriormente en Austin (Texas, EEUU). Integrante del grupo uruguayo conocido como Generación del 45, publicó su primer libro, La luz de esta memoria, en 1949.

La mejor etapa de su vida, apunta, fue “la de cuando uno empieza a descubrir las cosas, en el Liceo, compañeros, profesores, temas… También es una época en la que uno está un poco indefenso, expuesto a lo que caiga, Yo tuve la suerte de tener buenos profesores, compañeros y sobre todo libros para leer”. Y, sobre el futuro, le gustaría “dejar un buen recuerdo, aunque la gente no recuerda mucho… Se recuerdan más las catástrofes”.

 La gente lee mucha más prosa que poesía y es por algo: a todos nos gusta que nos cuenten cosas

Vitale sigue cultivando su afición lectora: “Siempre lo que más me gustó fue leer, y sobre todo cosas largas, que no se me acabaran pronto. Normalmente uno empieza a leer temprano, cae el día, llega la hora de irse a dormir y se le acabó el libro: eso es espantoso…”. Es más lectora de novela que de poesía, pero defiende los territorios autónomos poéticos: “Que la poesía tenga que ser narrativa es un disparate”.

Palabra dada (1953), Cada uno en su noche (1960), Oidor andante (1972), Jardín de sílice (1980), Parvo reino (1984), Sueños de la constancia (1988) y Procura de lo imposible (1998) son algunas de las obras de Vitale, que también ha ejercido la crítica y la traducción. “Puede ser” que tenga poesía inédita y no cierra las puertas a libros futuros.

Y un recuerdo a su patria: “Uruguay es un país que estuvo muy abierto a todo lo cultural. Quizá nos falten grandes alturas que no sean pasadas... Es un país chico. Tengo la sensación de que cada uno tiene que hacerse su camino. Pero tenemos la gran facilidad de la cultura para todos: eso es importante. Somos pobres pero equitativos. La escuela es gratis y es buena. Yo tengo un recuerdo estupendo de la escuela”.

Vitale vive en la ciudad en que nació, sin perder la curiosidad ni las ganas de leer. Sí, un poco, las de moverse por el mundo: “En una época yo quería viajar, pero ya no lo quiero tanto… El viaje es una apertura, pero luego uno tiene que ver qué hace con todo eso... Yo tengo la ventaja de haberme podido aprovechar de la apertura de Montevideo”.

Y, para el final, una humildad y una enseñanza: “No sé de cuántas cosas me he apropiado indebidamente… Una no puede ponerse a determinada altura a analizar la vida, hay que agradecer todo, hasta lo malo, porque lo malo siempre sirve para intentar que no se repita o para tomar ejemplo”.