Desde los 11 años, Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) vivió a la sombra de la enfermedad crónica de su padre. Una grave dolencia cardiaca, regada además con alcohol, convirtió a su progenitor en un anciano prematuro a la edad de 38 años, pero aún viviría 33 más, hasta que un cáncer terminó de destruir su precaria salud. Con una mirada honesta que puede confundirse con la de un forense, que a ratos parece compasiva y a ratos cruel, el escritor hace ahora balance de su relación con su padre y de lo que la enfermedad le robó no solo a quien la padecía sino a quienes sufrieron indirectamente sus consecuencias: el autor y su madre, en una atmósfera enturbiada por el reclamo de atención constante, la resignación, los chantajes emocionales, los silencios. El resultado es No entres dócilmente en esa noche quieta (Seix Barral), que toma su título de un verso de Dylan Thomas. Un libro que camina entre la memoria y el ensayo en el que, como es habitual en su obra, Menéndez Salmón reflexiona en cada página sobre la naturaleza humana, se hace preguntas sobre la función de la literatura y desliza numerosas referencias literarias.

El corazón debilitado del padre, que ocupaba el centro de la vida familiar, hizo de la muerte una presencia constante en la mente del hijo, en un tiempo en el que otros asuntos debían haber protagonizado sus pensamientos, y acabó convirtiéndolo en un adulto hipocondríaco, temeroso de los genes heredados. No obstante, el autor considera que “en el libro de contabilidad de la relación con su padre, el debe y el haber quedan más o menos equilibrados”. En la segunda columna queda, además, la sospecha de que fue la enfermedad del padre lo que le empujó a la literatura.

Pregunta. ¿Siempre supo que acabaría escribiendo un libro sobre la enfermedad de su padre y su relación con él?

Respuesta. Sí, este libro me ha acompañado durante décadas, lo que pasa es que obviamente exigía una impedimenta que solo he ido conquistando con los años, como escritor y como persona. Exigía esa doble madurez. De hecho, escribiéndolo he sentido la conquista de esa madurez, porque al fin y al cabo el libro acaba siendo un libro sobre mí también en muchos sentidos. El libro estaba ahí latente, necesitaba del corolario para que el libro se pusiera en marcha, que era la muerte de mi padre, y aun así después de esa muerte hubo una especie de moratoria de dos años porque no acababa de encontrar la forma de hincarle el diente.

P. ¿Cómo supo que había llegado el momento?

R. Arranco el libro con la historia del pintor chino Han Gan, del siglo VIII, del que dicen que era tan fiel a la realidad que cuando olvidó pintar uno de los cascos de un caballo de los establos imperiales, este empezó a cojear. Esta parábola me impresionó y no es un mero apunte literario, sino que fue la espoleta que disparó la escritura de este libro. Con esa idea de conjurar la realidad a través del arte, me lancé a la escritura y el libro brotó con mucha naturalidad porque ya estaba allí. Ha sido un embarazo muy largo pero un parto relativamente sencillo, aunque en los libros de ficción me sucede normalmente a la inversa.

P. Al principio del libro expone cuál va a ser su enfoque: una mirada honesta que exigía contar la historia de su padre como si fuera el padre de otra persona.

R. Esa distancia ha sido difícil de construir, porque el libro, por un lado, se acerca a una situación absolutamente íntima, intransferible, pero al mismo tiempo quería que el tratamiento de la figura del padre fuera un poco distanciado, que no estuviera contaminado de todo lo que yo sabía de todos esos padres que la literatura nos ha regalado y de todos los prejuicios con los que yo me acercaba a la figura de mi propio padre. Esa distancia entre lo íntimo y una mirada un tanto forense es el tono que recorre todo el libro, fue una conquista compleja de ejecutar, pero en el momento en que di con ese tono la escritura fue, insisto, bastante fluida.

P. ¿No teme que esa mirada distante pueda ser percibida por el lector como desafección o incluso ingratitud?

R. No, no lo creo. Si debo ser honesto, la relación con mi padre ha sido así, con zonas de sombra y dolor, pero también de luminosidad y generosidad. En ese balance final de toda relación entre padre e hijo ese libro de contabilidad que al final se redacta está más o menos equilibrado en el debe y en el haber. Por otra parte, aunque arranca desde un punto de partida intransferible, el libro realmente trabaja sobre arquetipos y lugares comunes de nuestra condición. Uno es obvio: no todos somos padres pero todos somos hijos y, si la biología respeta los plazos, los lectores de este libro, que supongo en una franja de edad más o menos similar a la mía, habrán vivido experiencias con puntos de contacto con lo que cuenta No entres dócilmente en esa noche quieta. Por los comentarios que he recibido hasta ahora, este es un libro que lee a los lectores, en ese sentido es un libro espejo.

P. ¿Cómo se sintió durante la escritura del libro y después de ella? ¿Se ha quitado un peso de encima?

R. Sí, me he quitado un peso de encima, este libro tiene mucho de catarsis, de exorcismo y liberación. Durante el proceso de escritura viví momentos de mucha emoción porque me obligó a mirar zonas de mi propia vida que no han sido fáciles de transitar, pero intenté que los altibajos emocionales que hubo en el proceso de redacción no se transparentaran en el libro, que no hubiera caídas de tensión hacia un sentimentalismo o un tremendismo muy acusado. La sensación final es de liberación. Hay algo en este libro de reconciliación conmigo mismo. Al terminarlo entiendo que era un libro que tenía que escribir y me noto liberado, me he hecho más maduro y me siento con más peso en el mundo.

P. Dice que la enfermedad de su padre le empujó a la literatura. ¿Cómo se produjo?

R. No tengo la certeza absoluta pero lo intuyo. Precisamente la enfermedad de mi padre fue tan contaminante y tan devastadora para quien yo era entonces, un niño al que le faltaba cualquier tipo de estrategia emocional o intelectual para enfrentarse a eso, que la literatura comenzó a dibujarse desde pronto como ese amigo invisible, ese lugar de diálogo y de asilo en el cual podía derivar muchos de mis malestares y dolores. Si mi padre no hubiera sido un enfermo crónico, quizá yo habría sido escritor igualmente, pero seguramente otro tipo de escritor, mis temas habrían sido a lo mejor menos graves.

P. En el libro recuerda un relato que escribió antes de la adolescencia en el que el tema y el tono —un joven huérfano, melancólico, apocado, enamorado en una ciudad sitiada por la lluvia— demuestran que no empuñó la literatura como forma de evasión sino para explorar los asuntos que le preocupaban.

R. La única literatura que me interesa, no solo la mía sino la de los escritores que me conmueven, es por un lado una máquina de interrogarnos y, por otro, una forma de conocimiento. Es un trabajo de inquisición permanente, de interrogación sobre uno mismo, sobre el momento histórico que nos toca vivir. El 95 % de la literatura que conforma el mercado editorial obviamente es otra cosa, es un juego, un pasatiempo, algo que se agota en su propio enunciado. A mí la que me interesa es esa que te obliga a mirarte en un espejo que normalmente no es amable.

P. La relación entre padres e hijos es uno de los temas universales de la literatura. ¿Cuáles son sus obras favoritas de las que abordan este asunto?

R. Es cierto que es un tema que recorre toda la historia de la literatura. Dicen que ahora hay una nueva literatura de duelo en España, pero es algo que ha existido siempre, desde las Escrituras hasta el último escritor de Islandia. Dicho esto, hay dos libros que me impresionaron profundísimamente. Uno es Patrimonio, de Philip Roth, sobre la decadencia de su padre, que enferma siendo muy mayor, con más de 80 años. Es un libro impresionante. El otro es un libro bellísimo, muy duro pero maravilloso: Una historia de amor y oscuridad, de Amos Oz, que cuenta el matrimonio de sus padres, y en él pesa más la figura de la madre, que se acaba suicidando. El de Roth es más perturbador, el de Oz es absolutamente conmovedor, de una belleza como he encontrado pocas veces.

P. ¿Cree que la relación paternofilial tiene idiosincrasias diferentes según sea padre-hijo, padre-hija, madre-hijo o madre-hija?

R. Es una pregunta que me he hecho estos días y estoy convencido de que sí. Seguramente si rastreamos en profundidad veremos que las relaciones que se dibujan son distintas y singulares. Es algo que también veo como padre. Tengo una niña y dos niños, y nuestra relación es distinta. También estamos en un momento de configuración de roles y en los próximos decenios veremos que los acercamientos tradicionales que ha habido a las relaciones paternofiliales cambiarán de un modo seguramente sustancial.

P. Su madre tiene un papel muy importante en No entres dócilmente en esa noche quieta, aparece como la eterna cuidadora abnegada. En el libro que no sabe si llegará a leerlo. ¿Lo ha hecho ya?

R. Está en ello. Entiendo que para ella será un proceso doloroso, porque obviamente removerá heridas y sentirá que se exponen públicamente elementos no agradables de la vida de mi padre, pero también creo que este libro salda una deuda con mi madre. Uno de los dramas de la enfermedad de mi padre fue la invisibilización de mi madre. A mí me robó cosas, a mi padre casi todo, pero a mi madre la aplastó, le quitó tantísimo, y además muy joven, porque cuando mi padre enfermó mi madre tenía solo 31 años. Además el enfermo crónico es muy manipulador, yo he sido consciente de ello viendo los chantajes emocionales, esa necesidad de tener siempre cerca a la persona que te cuida, por el puro egoísmo que la enfermedad acaba generando.

P. ¿Le preocupa lo que piense su madre al leer el libro?

R. La literatura no puede tolerar rehenes. Si afrontaba la escritura del libro no podía quedar rehén del pensamiento de si iba a hacerle daño o no a mi madre. Por otro lado, este libro es una carta dirigida a ella, una manera de poner negro sobre blanco tantas cosas que no se dijeron.

P. Cuando habla de las cosas negativas que la enfermedad de su padre trajo a su vida, la más importante es el pensamiento constante en la muerte.

R. Sí. Yo con 11 años no tenía los mecanismos para enfrentarme a esa situación. Si hubiera sucedido cuando yo tenía 20 o 25 años, habría tenido la impedimenta necesaria para dialogar con ese temor. De aquello derivó mi hipocondría y mis permanentes temores de salud, algo que ya he domesticado pero que vive conmigo.

P. También hay en el libro una crítica a cómo se gestiona la salud y la muerte en España. Dice que somos un país muy longevo pero a costa de tener una sociedad medicalizada en exceso.

R. Eso es algo que me gustaría ver solucionado antes de morir o que al menos ocurra en vida de mis hijos. Debemos ir hacia modelos como los de Holanda, Suiza o el mundo escandinavo, donde tienen la convicción de que el valor de la vida no debe medirse cuantitativa sino cualitativamente. De una vez por todas debemos poner sobre la mesa el debate sobre el derecho a decidir cuándo puede uno salir de la vida. Es un debate que cada vez que intenta asomar la patita genera una tormenta de reacción. Ojalá de aquí a 20 años seamos capaces de enfrentarnos a él.

P. ¿Cree que se debe a que la influencia de la moral católica es todavía muy fuerte en nuestro país?

R. Por supuesto, todo viene de ahí. La deuda pendiente más importante de España es el deber de la separación definitiva Estado-Iglesia, que llegue a ser un Estado verdaderamente aconfesional y que los individuos, bajo ciertas regulaciones, tengan potestad para decidir sobre este asunto.

@FDQuijano