Peter Handke. Traducción de Anna Montané. Alianza. Madrid, 2019. 387 páginas. 20,90 E. Ebook: 14,99 €

Peter Handke, polémico Nobel de 2019, plantea La ladrona de fruta como un viaje y una búsqueda. No se trata de un simple itinerario, sino de una aven tura creadora. Creadora en el plano literario y ontológico. Handke (1942) presenta su novela como su “última epopeya”. El escritor austriaco no es el aedo de la épica tradicional, que celebra el triunfo de un héroe mítico o real, sino el cronista de una caída. En los inicios del siglo XXI, el ser humano ya no lucha contra el destino, sino contra el vacío y la insignificancia. Habita un mundo desencantado y no se hace ilusiones sobre su porvenir. Avanza hacia la nada y el caos, pero no quiere desaparecer sin escribir la crónica de su disolución.

La ladrona de fruta o Viaje de ida al interior del país es la prolongación de una odisea que comenzó con La pérdida de la imagen o Por la sierra de Gredos (2002), donde una banquera centroeuropea buscaba a su hija desaparecida. La madre no se conformaba con seguir el rastro de la joven por una España árida y espectral. Además, buscaba a un escritor afincado en La Mancha para que escribiera su historia. La banquera se presentaba a sí misma como una “ladrona de fruta”. Handke dejaba en suspenso la interpretación de ese apodo. Aparentemente, su hábito de sustraer fruta de huertos ajenos solo era un impulso automático, sin ninguna pretensión de fondo, pero resultaba tentador insinuar que el personaje seguía la estela de Eva, impulsada por un temerario anhelo de conocimiento. La ladrona de fruta no es la novela que la banquera demandaba al imaginario autor cervantino emboscado en La Mancha, sino la historia de su hija Alexia, que busca a su madre durante un viaje a pie por la Picardía francesa. Madre e hija tienen algo en común. Están interesadas en “esto y lo otro”, quieren saber, comprender, pero no aprenden nada de sus experiencias. La epopeya del héroe posmoderno es una antiepopeya, una peripecia sin fin que no conduce a ninguna parte. Handke muestra escaso interés por la psicología de sus personajes. Ambiguos, imprecisos y sin rostro, son seres huecos que deambulan sin rumbo, pero con la convicción de que vivir significa estar en movimiento.

Handke puede desconcertar o irritar pero su literatura es honesta. Maldito y marginal, no escribe para que lo queramos más sino para hacernos dudar

El viaje de Alexia es su primera salida al mundo. Es su iniciación en la identidad transitoria del ser humano. Su conciencia acoge impresiones y divagaciones. Circula por París y sus suburbios, auténtica “bahía de nadie”. Recorre el valle del Oise y la meseta de Vexin. La realidad es verdaderamente extraordinaria, tan fantástica como las creaciones de la imaginación. Sería inútil intentar resumir la trama, pues se trata de una urdimbre deliberadamente difusa. El viaje de Alexia no es una peripecia abstracta y desencarnada, sino un paseo por el mundo contemporáneo. Europa es el territorio de la guerra y las desigualdades, de la pobreza y la indiferencia, de la orfandad y la soledad. Países devastados por querellas internas, mendigos sin expectativas de abandonar los márgenes donde se pudren sus vidas, inmigrantes agitados por la desesperación y el odio, padres e hijos que no se entienden, matrimonios lastrados por la incomunicación. Todos se sienten extranjeros, exiliados de la vida. No atisban otra alternativa que la soledad, el aislamiento o el suicidio.

Alexia es joven, pero la vejez y la muerte viajan con ella. Vivimos en una realidad de posibilidades infinitas, pero nuestro tiempo es limitado. Hay un tono crepuscular en La ladrona de fruta que insinúa la melancolía de Handke ante su propia obra. Aparentemente, la posteridad le reserva un lugar destacado, pero el tiempo de escribir y vivir se acaba. La biología es un límite infranqueable. Handke habla de Dios, pero no le atribuye omnipotencia ni misericordia. Quizás sea tan desdichado y frágil como sus criaturas.

¿Por qué apoyó Handke a Milosevic? ¿Por qué no ha condenado la matanza de Srebrenica? “No soy ni culpable, ni héroe –aclara el escritor–. Soy el tercer hombre”. Es decir, el que se atreve a mirar hacia el claroscuro de la historia, intentando distinguir las formas enterradas por el punto de vista de la mayoría. Handke no pretende ser un pedagogo, pero sí nos incita a reeducar la mirada, recordándonos a las víctimas serbias, olvidadas por todos. Podemos no estar de acuerdo con sus apreciaciones, pero su prosa poética, elíptica y reacia a las evidencias nos obliga a revisar nuestras ideas y percepciones. Es un visionario, pero su lucidez está cargada de nihilismo.

La ladrona de fruta no es un libro adecuado para los lectores poco exigentes. Con Handke se pone de manifiesto que leer es un acto creativo, que comprender no significa esclarecer un misterio, sino profundizar en su fecunda oscuridad. Adentrarse en su literatura implica una determinación semejante a la de Alexia, que se levanta el cabello de la nuca con fuerza hasta hacerse daño. Alexia no chilla de dolor, sino que se ríe a carcajadas. Se lastima a sí misma para sentir que está viva y dejar claro que solo pertenece al mundo y no a una sociedad estrangulada por leyes y prejuicios. Todo es escritura. El mundo es escritura, pero una escritura infernal que no puede ser descifrada. El Libro de la Vida –Handke introduce un eco teresiano– nos habla de un Dios, pero no dice que sea inteligible. Intentamos explicarlo con palabras, pero quizás nos acercaríamos más a la verdad si nos cobijáramos bajo el arco del silencio, imitando a los contemplativos. Pedir respuestas tal vez sea una obscenidad.

Handke puede desconcertar o irritar, pero su literatura es honesta e intempestiva. Maldito y marginal, no escribe para que lo queramos más, sino para hacernos dudar de nuestras certezas. Al igual que Alexia, practica una “actividad ilegal”: escribir sin hacer concesiones a las conciencias que preferirían no ser perturbadas. Esa forma de actuar le condena a ser excluido, a vivir en la periferia, como uno de esos parias que dormitan a la intemperie cerca del Sena, sin otra compañía que otros seres tan aborrecidos como él. La ladrona de fruta es un encuentro con la luz, pero también una bajada a un río turbio e insondable. Handke nos pide que recorramos una milla con él, pero –como buen lector de Mateo el evangelista– abriga la esperanza de que lo acompañemos dos.

@Rafael_Narbona