Lola González, Enrique Ruano y Javier Sauquillo en la primavera de 1968. Foto cedida por Margot Ruano

A finales de enero, XXXI Premio Comillas, narra a partir de una exhaustiva documentación el asesinato del estudiante antifranquista Enrique Ruano en 1969 y el de Javier Sauquillo en la matanza de Atocha de 1977. A ambos les unía la amistad, la militancia y su vínculo sentimental con Lola González Ruiz, marcada por las dos tragedias hasta su muerte en 2015.

Sin miedo a equivocarse, Javier Padilla (Málaga, 1982) subtitula como "la historia de amor más trágica de la Transición" su libro A finales de enero, ganador del XXXI Premio Comillas de historia, biografía y memorias. En este exhaustivo ensayo, recién publicado por Tusquets, la editorial convocante del premio, el escritor reconstruye las vidas de tres miembros del movimiento estudiantil antifranquista que surgió a mediados de los sesenta, concretamente del Frente de Liberación Popular (FLP), conocido popularmente como "Felipe". Uno de ellos es Enrique Ruano, detenido por repartir propaganda de Comisiones Obreras y asesinado durante un registro en 1969. El joven fue arrojado por la ventana de un séptimo piso pero la Brigada Político-Social de la policía del régimen consiguió hacerlo pasar por un suicidio hasta que la reapertura del caso desestimó esta hipótesis en 1996, aunque ninguno de los tres policías acusados de asesinato (Francisco Luis Colino, Jesús Simón y Celso Galván) fue condenado.



Los otros dos protagonistas del libro son Dolores González y Francisco Javier Sauquillo, abogados laboralistas y víctimas de la matanza de Atocha de 1977, en la que ella resultó gravemente herida y él murió a causa de los disparos recibidos mientras la protegía con su cuerpo. Lola, como la conocía todo el mundo, había sido novia de Ruano y años después de su muerte se casó con Sauquillo. El asesinato de su marido, que murió en sus brazos durante la masacre, fue el golpe definitivo que la condenó a una insalvable depresión durante el resto de su vida hasta su muerte en 2015, a finales del mes de enero (igual que Enrique y Javier, de ahí el título).



"Todo empezó en enero de 2016. Sergio Suárez, uno de los directores del que había sido mi colegio mayor, el Chaminade, me habló por primera vez de Dolores González Ruiz", recuerda Padilla, que acabó dedicando tres años a la investigación que ha dado forma a este ensayo de casi 400 páginas, su debut editorial.



"El caso de Ruano es conocido por la gente de su generación y especialmente quienes fueron a la universidad. En las siguientes generaciones, fuera de Madrid y del entorno universitario casi nadie lo conoce", señala Padilla. Confiesa que al principio a los entrevistados no les decía que iba a escribir un libro, sino un trabajo universitario, ya que ni él mismo sabía adónde le podía llevar su indagación. Pero Margot Ruano, la hermana de Enrique, le dio acceso a muchos materiales, entre ellos el sumario judicial del caso, y el contacto de muchas personas a las que entrevistar para conocer más sobre la historia de Enrique, de Javier y de Dolores, y pronto Padilla se dio cuenta de que lo que tenía entre manos sería un libro, cuya escritura compaginó con la realización de un máster en ciencias políticas en la London School of Economics.



Este no es el primer libro sobre el caso de Ruano (la historiadora Ana Domínguez Rama publicó en 2011 Enrique Ruano. Memoria viva de la impunidad del franquismo), pero sí el primero que cuenta la trágica conexión entre Enrique, Dolores y Javier.



Además de documentarse exhaustivamente para narrar la peripecia de sus tres protagonistas, Padilla estudió a fondo el contexto político y social del movimiento estudiantil durante el último franquismo, un contexto sobre el que el joven autor apenas tenía algunas nociones básicas. "No sabía, por ejemplo, que la izquierda antifranquista era tan radical y que quería una auténtica revolución socialista, ni sabía muy bien las claves de aquella época en la universidad española, estaba muy perdido al principio", explica el autor. "El primer año lo dediqué a entrevistar y a leer, no sabía qué hilo conductor o qué estructura darle al libro. Pero lo más difícil fue evaluar los testimonios, ya que algunos eran contradictorios, no porque me mintieran, sino porque es normal que la memoria falle después de tantos años".



Javier Padilla. Foto: Léna Rospape

En su investigación, Padilla entrevistó a más de 50 personas, entre ellas Alejandro Ruiz-Huerta, superviviente de la matanza de Atocha, o al exvicepresidente del Gobierno Alfredo Pérez Rubalcaba, que al igual que Enrique fue alumno del Colegio del Pilar de Madrid, célebre por haber tenido en sus pupitres a buena parte de la élite política y económica española. "Aunque nunca fueron a la misma clase ni se conocieron personalmente, Rubalcaba reconoce que el asesinato de Ruano fue uno de los principales motivos por los que decidió meterse en política", explica el escritor. También visitó el archivo personal de Torcuato Luca de Tena, en el ABC; el del Partido Comunista de España, el de la Universidad Complutense de Madrid, el de Comisiones Obreras, los Fondos Contemporáneos del Ministerio del Interior, el Archivo General de la Universidad de Navarra y el Archivo General de la Administración.



El papel de Fraga y ABC

En la reconstrucción de la historia de Ruano juega un papel oscuro y decisivo el político Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo. Su segundo, Manuel Jiménez Quílez, director general de Prensa, admitió haber enviado al diario ABC unas notas de Enrique Ruano dirigidas a su psiquiatra Carlos Castilla del Pino. A los textos se les había extirpado el encabezamiento "querido doctor", haciéndolas pasar por un diario personal para alimentar la tesis del suicidio. ABC no solo publicó el supuesto diario, sino también "un editorial acusando a los estudiantes y al ambiente universitario de ser culpable de la muerte de Enrique, en vez de los policías", señala Padilla.



"Fraga es un personaje de tales extremos que merecería una biografía muy seria que analizara todo lo que hizo en los sesenta y setenta y después durante la Transición", opina el autor. "Su papel en el caso de Ruano y en otros como el de Julián Grimau y el de Manuel Moreno Barranco seguramente inhabilita cualquier homenaje que se le quiera hacer hoy en día. Hizo cosas que atentan contra los derechos humanos más básicos".



La incógnita de la clavícula

En la revisión judicial del caso de Ruano, a partir del recurso que interpuso su familia en 1989, poco antes de que prescribiera, tuvo una importancia clave una herida que tenía el cuerpo de Ruano en la clavícula. "Era muy difícil saber qué había ocurrido porque habían serrado el hueso veinte años antes", explica Padilla. La hipótesis más probable es que se manipulara el hueso para ocultar una herida de bala, pero este hecho no pudo ser demostrado.



Lo que sí se sacó en claro en el juicio fue la inconsistencia de la versión policial, ya que era prácticamente imposible que Ruano consiguiera escapar de una pequeña habitación custodiada por tres policías, uno de los cuales bloqueaba la salida, y emprendiera una "carrera veloz y alocada", como señalaba el atestado policial, hasta el corredor por el que supuestamente se arrojó al patio interior. Además, dos testigos importantes, el portero de la finca y su hermana, se retractaron de la versión de los hechos que habían dado veinte años atrás.



Lola en una cafetería en Venecia, en octubre de 2014. Fotografía cedida por Margot Ruano

Atocha y el final de Lola

El régimen reaccionó con dureza ante la revuelta estudiantil que prendió en España, principalmente en Madrid y Barcelona, en consonancia con el mayo francés del 68. Apenas tres días después de la muerte de Ruano, el 23 de enero de 1969 Franco decretó el estado de excepción para reprimir con mayor eficacia la revuelta. Además, la muerte de Enrique "supuso un shock para el FLP, que acabó inmolándose y dejó de existir entre abril y mayo de 1969", señala Padilla.



Lola y Javier ingresaron entonces en el Partido Comunista de España y ejercieron como abogados laboralistas. Sobre la matanza de Atocha de la que ambos fueron víctimas, se llegaron a elaborar teorías conspiratorias que señalaban al propio partido, algo que Padilla descarta aunque aún quedan interrogantes sin resolver. También Lola descartó esas teorías, aunque sus trágicas experiencias ensombrecieron para siempre su visión de la Transición y acabó pensando que sus años de lucha no sirvieron para nada. Continuó hasta los años ochenta vinculada a la política, pero en un segundo plano.



Padilla recoge en su libro las declaraciones de Lola González en un documental realizado en 2007 por antiguos alumnos de la Complutense sobre la Transición. Al preguntarle por sus recuerdos de entonces, al contrario que Manuela Carmena y Cristina Almeida, que dieron una visión muy positiva, Lola declaró: "Somos víctimas de la Transición, yo lo he dicho muchas veces. Por eso es importante que se hable de nuestra historia, y de la de Enrique. Es parte de la memoria histórica de este país. Se está yendo a la memoria histórica digamos de la Guerra Civil, postguerra inmediata y de lo que se hizo en la República en materia de educación y sanidad. Pero no más adelante, de ahí no se pasa. Del año cuarenta y tantos, que se están excavando las fosas, no se pasa. y si seguimos así probablemente caiga en el olvido". Este libro de Javier Padilla, sin duda, contribuirá a que no suceda.



@FDQuijano