Fernando Aramburu. Advierto en el título de uno de tus libros, Pensar y no caer (Acantilado, 2016), una declaración de principios que, a mi juicio, está en la base de tu pensamiento. Hablas de un tejido social en el que impera la depredación vinculada a un sistema económico que embrutece al hombre y lo simplifica, al tiempo que anula sus capacidades creativas y lo reduce al papel de mero consumidor de productos no siempre indispensables. Aludes elogiosamente a Nietzsche como a un hombre reflexivo que desenmascaró un mundo empeñado en ocultar su irracionalidad bajo un manto de razones. No es raro que lamentes en tus escritos y en tus declaraciones públicas la merma que sufre en la actualidad el humanismo. Permíteme un rápido cotejo con Mario Vargas Llosa, oriundo de una sociedad, el Perú, abundante en desigualdades; el cual, tras profesar la fe colectivista, da en el agradecimiento, pues constata el decrecer del hambre, el analfabetismo, las guerras allá donde la democracia parlamentaria garantiza, al menos en apariencia, las libertades individuales.

»A mí se me figura que recorres el mismo camino, pero en dirección contraria. En ti yo aprecio una mirada detenida en los frutos culturales del pasado, en la música llamada clásica, en la filosofía antigua, y manifiestas la sensación de ver al ciudadano actual arrastrado por una corriente general de pérdida. Se dijera que Vargas Llosa celebra que el vaso se ha ido llenando y tú lamentas que cada vez esté más vacío. Tampoco te resignas al nihilismo; antes al contrario, postulas como estrategia de resistencia el ejercicio del pensamiento y el cultivo de todo aquello que nos mejora, nos hace sabios o, cuando menos, nos invita a la serenidad. Corrígeme, por favor, si no he sabido comprenderte.

Ramón Andrés. No quisiera transmitir un sentimiento de nostalgia cuando refieres mi amor por la filosofía antigua y la música clásica. No imaginas cuánto aprendo de la música contemporánea y de la filosofía de nuestros días. De hecho, Pensar y no caer es un homenaje al pensamiento actual; me refiero al pensamiento crítico. Nunca he creído que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Es innegable que hemos conseguido importantes logros sociales. Pero hay algo más sutil y oscuro en todo esto. Me refiero a la impostura de un mundo que se vive a sí mismo como conquista, una conquista que esconde una gran ignorancia moral. En cierto modo se ha producido un fraude de grandes dimensiones: desposeer a cada uno de su responsabilidad, hacerlo dependiente e inmaduro, lisiado para una existencia cabal y autónoma. Aquellos hombres criados en granjas, “iguales y no pensantes”, vaticinados en el XIX, ya están aquí. La operación, maestra por lo demás, ha sido hacerles -hacernos- creer que son únicos, que cada uno de ellos es diferente del resto. Es la base del narcisismo. Pero hoy Narciso no se admira en el reflejo de un arroyo, sino en la luminosidad de una pantalla, en el sueño de ser distinto y en la sobreabundancia que le rodea. Levinas se lamentaba hace tiempo de que el prójimo, el semejante, se hubiera convertido en una entidad difusa, en una abstracción. Así es, por mucho que ahora se hable de solidaridad.

»Mentimos vilmente. Y todo esto se debe a la radical irrupción de la subjetividad, que lo arrasa todo. Estamos ante un problema de envergadura, el de una radical autorreferencialidad. Saturados y sobrealimentados, sobornados, hemos caído en una severa adicción al confort y la seguridad. Esto, como sociedad, nos hace cobardes y frágiles. Creo que la gran acción política, la de cada uno, consistiría en saber vivir con lo necesario. Tener la noción de lo suficiente te hace inexpugnable. Así no se sostendría este espejismo; tendríamos tiempo para pensar y no nos costaría tanto ser humildes, que es lo que nos corresponde.

"Es un problema de envergadura. Saturados y sobrealimentados, hemos caído en una severa adicción al confort y la seguridad. Esto nos hace cobardes y frágiles. La gran acción política sería vivir con lo necesario". Ramón Andrés

FA. Siempre me ha parecido que si al hombre concreto lo vacían de una dimensión subjetiva, una cajita interior donde el pobrecillo pueda guardar sus cuatro secretos y dejar que el ruido del mundo repercuta un poco, lo destruyen. En mi opinión, el hombre no está hecho para repetir el destino de la hormiga. Las utopías totalitarias del siglo XX lo demostraron con sangrienta claridad. Pienso en Kafka, en sus protagonistas lúcidos, nombrados con una sola letra y sin derecho a la soledad, afanándose por ponerse a buen recaudo en una urdimbre de relaciones sociales, no exentas de orden ni de método, que les son desfavorables, incluso peligrosas. Ni siquiera tienen derecho a la narración en primera persona. No hay nada suyo que no esté expuesto a la vista.

»En noviembre de 2017 se calculó que el planeta contenía 7.350 millones de habitantes, nadie ignora que repartidos en parcelas denominadas naciones y en zonas de desigual desarrollo económico, científico y cultural. Dices que mentimos vilmente. Te confieso que ignoro a quién te refieres -¿a los españoles, a los europeos, a todos en general?-. Intuyo que pides responsabilidad para que cada cual se limite -voluntariamente- en su propensión al consumo y para que no ande dando la lata con su relato personal. Si en eso consiste la batalla, en domeñar el egoísmo del hombre, la tienes perdida, amigo Ramón. Todo lo más que se ha conseguido tradicionalmente por ese camino fue gestar líderes supremos. Me gustaría saber si te merece algún tipo de estimación el concepto de la felicidad.

RA. No, sería ingenuo por mi parte pensar que el egoísmo humano es quebradizo. La batalla, siguiendo tu símil, no se libra en este feudo. La subjetividad de la que hablo no es la subjetividad innata, la propia de toda persona, la necesaria y que está en nuestra estructura y conformación cerebral. Yo señalo otra subjetividad, esa que se ha potenciado desde los sistemas políticos con el afán de fomentar un individualismo a ultranza y rentable para los que dicen que nos administran. La operación ha consistido en aislar a la persona en sus convicciones -no sabe que le han sido inducidas- y conseguir de ella un competidor con poco escrúpulo. Es verdad lo que dices: no estamos hechos para repetir el destino de la hormiga, pero tampoco para vivir como un obsesivo corredor de fondo que desconoce el reposo y va dejando atrás, sin darse cuenta, lo que tiene de humano. El malestar de Occidente, endémico pero acrecentado en los últimos siglos, tiene mucho que ver con esta neurosis en la que vive la mayor parte de la población. No quiero parecer un retórico fácil, pero el aumento insospechado del consumo de ansiolíticos y antidepresivos, la violencia doméstica, el incremento, desde luego acelerado, de la pobreza, la erosión moral, la desigualdad, entre otras muchas cosas, nos dicen que algo se está haciendo mal. Y creo que se debe a que la vida ha sido enfocada -programada ya desde la escuela- como un negocio y no como una existencia apta para ser vivida, sin más.

»La responsabilidad a la que apelaba no es otra que la responsabilidad de vivir lo más éticamente posible. No sé si es mucho pedir. Eso no conduce, por definición, a gestar esos líderes supremos a los que te refieres. Te aseguro que no hablo desde ningún credo ideológico. Seguir pensando todavía en la derecha o en la izquierda me parece rudimentario; me produce hastío. Las ideologías no hacen más que destruir el sentido común, que es útil e imparcial. Y sí, mentimos vilmente -todos en general- porque la doble moral nos va como anillo al dedo. Fernando, vas a pensar que soy un aguafiestas. Pero permíteme una última cosa por la que me has preguntado: la felicidad. He tenido una vida sumamente difícil, pero te diría que la felicidad, de la que participo, es estar alegre y pleno a sabiendas de que nada es tuyo.

FA. No termino de encontrarte el molde, amigo Ramón; pero me procura gusto intentarlo. Lo que tengo delante es la expresión de tu malestar, tu crítica social, tu lamento compartido con Levinas. Y, sin embargo, se te conoce como hombre reflexivo que ha acumulado conocimiento y dedicado grandes empeños al estudio de temas tradicionalmente asociados con el cultivo de la serenidad. Te debemos un monumental Diccionario de música, mitología, magia y religión (Acantilado, 2012), de más de mil setecientas páginas, y eres padre de familia numerosa. Estoy entre los que piensan, quizá ilusamente, que un sabio es uno de esos seres que se retiran del mundanal ruido y, en soledad creativa, meditan, componen y aprenden a morir en paz; pero tú pareces haber estado a un tiempo en el ruido y la música, en el sosiego y el barullo, en la soledad y las obligaciones familiares, si bien, según tengo entendido, dejaste Barcelona hace un tiempo para instalarte en el verde y apacible Baztán. Aludes al presente -hablas del consumo, de los ansiolíticos, de la escuela-, pero también a los bienes culturales de siglos pasados, a mitos y leyendas antiguos e incluso a las flautas de hueso fabricadas por el hombre prehistórico.

»Barrunto que te recome una necesidad imperiosa de orden. A fin de cuentas, redactar un diccionario es establecer una sucesión ordenada y clarificadora en una jungla de materiales, conceptos, nociones. Me pregunto si este choque de placas tectónicas en tu interior, la del hombre antiguo y la del actual, la del “tiempo humano y la eternidad divina”, como escribes en el Diccionariodesencadena primordialmente tu impulso intelectual. Te lo pregunto por experiencia, aunque mi desgarro interno sea de otra naturaleza.

"El hombre no está hecho para repetir el destino de la hormiga. Las utopías totalitars del siglo XX lo demostraron con sangrienta claridad. Pienso en Kafka, en sus protagonistas sin derecho a la soledad". Fernando Aramburu

RA. Estoy seguro de que cuando terminemos el diálogo que nos ocupa echaré de menos tus correos, créeme. No sé por qué razón se me acostumbra llamar sabio; cuando aparezco como tal en la prensa lo veo ya como un latiguillo. No, no soy un sabio. Que busque, como bien dices, el cultivo de la serenidad, no obedece a otra cosa que al contrapunto de una difícil y constante brega, en todos los órdenes, que me ha exigido la vida. Mi impulso intelectual, por emplear tu expresión, procede, efectivamente, de una confrontación, dura por lo demás, entre las razones del mundo y la necesidad de silencio; entre el “barullo” y una urgencia de sosiego. Desde niño he necesitado soledad y silencio; mi casa, la casa de mis padres, fue un infierno. Eso explica, al menos en parte, mi inclinación al aislamiento y el estudio. Y esto me ha costado caro, porque he vivido apartado del mundo intelectual y literario, y ten por verdad que no ha sido por voluntad propia, sino porque las cosas han venido así -a lo que debe sumarse un carácter solitario-, y me ha tocado existir en secreto. No he tenido tiempo de frecuentarlo porque mis obligaciones familiares han sido acuciantes y, cuando por raro azar he dispuesto de él, lo he empleado en el estudio y la escritura.

»Que me haya ido a un lugar de este hermoso valle -un proyecto que albergaba para dentro de unos años- no obedece a otra cosa, prosaica por cierto, muy rasa, que a la imposibilidad y negativa de hacer frente a una salvaje e inmoral subida del alquiler donde vivía, en Barcelona, que es una ciudad asaltada y humillada por unos y por otros. No poseo nada en propiedad, más que unos instrumentos musicales, una biblioteca más o menos apañada, una bicicleta y un coche de segunda mano. En mí lo desencadena todo ese choque de placas tectónicas al que con tanto acierto te refieres. Como ves, la mía no es la vida de un sabio. Y sí, respondiendo a tu barrunto, necesito mucho orden. En el trabajo soy un auténtico espartano, pero cuando estoy entre amigos soy ateniense, si me permites la broma.

FA. Sabio no es el peor apelativo que te pueden aplicar. El vocablo aún conserva una connotación de respeto, frente al sospechoso y a menudo denostado término de intelectual o el de literato, tan cubierto de polvo el pobrecillo. Tildarte de sabio es ciertamente una manera de mantenerte a distancia. Yo lo entiendo. Te has adentrado en parcelas de la cultura que no son abordables desde la mera opinión. Si en lugar de escribir sobre Monteverdi, Mozart o el luthier de Delft, lo hubieras hecho sobre lo que se toca y canta en nuestros días, te habrían salido docenas de detractores deseosos de medirse contigo. Pero a tu actividad la preceden la investigación y el estudio, cuya consecuencia son muchas horas de trabajo en soledad.

“Permíteme que te insulte: eres un musicólogo de primer nivel. Lo digo a ciegas. No estoy en condiciones de comprobar si como Borges, a quien dedicaste el Diccionario, te ríes aquí o allá de nuestra ignorancia endilgándonos datos apócrifos. Hay algo de Orfeo en ti. De un Orfeo nacido en 1955, en Pamplona, que por voluntad propia se sumerge en las oscuridades del pasado y rescata para quienes profesan amor al conocimiento y quieren saber qué sentido tiene esto de estar vivo lo que quedó lejos de nuestro alcance: el origen de los sonidos, la música de Mesopotamia, los instrumentos de Tutankhamón y tantas y tantas maravillas debidas a la inventiva humana. Se dijera que intentas reconstruir el paraíso a partir de sus ruinas. Nada posees en propiedad, dices. Un poema tuyo empieza con los siguientes versos: “Yo soy los elementos, la soledad del remo”. Venga, Ramón, confiesa que no te llevas bien con el presente.

"Seguir pensando todavía en la derecha o en la izquierda me parece rudimentario; me produce hastío. Las ideologías no hacen más que destruir el sentido común, que es útil e imparcial". Ramón Andrés

RA. Claro que me llevo bien con el presente, lo que me duele es el maltrato que se le da. No tenemos otra cosa que el presente y lo desprestigiamos con nuestra mediocridad. Sólo hay presente. En eso y en otras cosas soy taoísta. Te agradezco la voluntad de verme como un musicólogo, pero sería una impostura por mi parte. No he pisado un aula en la que se impartiera esta disciplina; podría considerarme musicógrafo, que es el que escribe sobre música. Nada más. Pero no, estate tranquilo, Fernando, ¡no se me había ocurrido lo de los datos apócrifos! En lo que no puedo llevarte la contraria, y en parte me gustaría, es en el camino órfico que ha sido y es mi vida. Estoy acostumbrado a bajar, a descender en busca de no sé qué, intentando el rescate de algo que ilumine, no sólo a mí. Entiendo bien a Rilke cuando dice que hay una luz que “sabe” la imagen. Nunca me he alejado de Rilke. Y es cierto lo que comentas acerca del estudio. Paso incontables horas trabajando, horas y más horas a solas, pero aunque la mía pueda parecer una vida monótona te aseguro que no lo es; ningún día es igual a otro, a diario se aprende algo que desmiente lo que pensabas. El mundo es siempre distinto, en cada uno de sus giros. Y más ahora, porque desde la ventana del estudio veo el paso de las estaciones, que es algo que tenía olvidado. En la ciudad, al menos en Barcelona, te das cuenta del ciclo estacional gracias a los escaparates, que cambian la ropa de temporada. Por aquí vuelan las grullas y las águilas como si nada, y yo lo vivo como un acontecimiento.



FA. No quisiera cerrar este diálogo sin hacer mención a uno de tus libros más estimables. Me refiero a Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente(Acantilado, 2015). En cierto modo, en él sigues un rumbo de investigación similar al de tus reflexiones centradas en la música. Vuelves a los inicios de la Historia; miras lo que esta, a lo largo de los siglos, ofrece en relación con el asunto de tu interés y aplicas una serie de conclusiones al hombre actual. La edición de 2015 es una ampliación de una versión que publicaste en 2003. Lo explicas en una nota previa, en la que de paso cuentas que el difunto editor Jaume Vallcorba, por quien muestras veneración, te animó a rehacer el libro. En él no te limitas a elaborar un catálogo de suicidios. El estudio de la que llamas muerte voluntaria te sirve de nuevo para tratar de hacer luz en el conocimiento de la condición humana. La idea de que la muerte nos sirve para entender la vida y viceversa se me figura muy atractiva desde el punto de vista intelectual. Cuenta por favor cómo y a partir de qué estímulos decidiste embarcarte en una historia del suicidio.

RA. Fue la muerte de una persona muy cercana. Los dos éramos jóvenes. Me marcó hasta tal punto, que me puse a estudiar la complejidad de nuestra mente y a pensar el dolor en su expresión límite. Pero mi libro, siempre lo digo, trata de la vida, no de la muerte, y me ha servido de conjuro ante la autodestrucción que, siquiera por un momento, un segundo, una décima, se despierta en casi todo ser humano.

FA. Hasta 1981 se editó en Pamplona, tu ciudad natal, un periódico ultraconservador llamado El Pensamiento Navarro. Falsamente se atribuye a Pío Baroja la frase: “¿Pensamiento y Navarro? Imposible.” ¿Tú no habrás escrito por casualidad todos tus libros picado por esa broma?

RA. ¡Ah, el viejo oxímoron! Eres sagaz, ¡me has pillado! ¡He ahí la razón de mi escritura!

@FernandoArambur