Isaac Newton

Incontestable maestro de las ciencias naturales, Isaac Newton también dedicó gran parte de su genio a los llamados "estudios ocultos", como la cronología, la alquimia o la cábala. Esta edición inédita en el mundo de sus trabajos que publica estos días Hermida Ediciones reúne poemas, notas de laboratorio y cosmologías que aportan nueva luz a la vida y la obra del científico. Gonzalo Torné, que ha estado a cargo de la edición, nos explica por qué.

Para los que estamos acostumbrados a la bolsa de valores literaria donde los prestigios suben y bajan a una velocidad vertiginosa produce un sosiego casi sobrenatural la unanimidad con la que Newton (1642-1727) ha sido reconocido como el científico más importante de todos los tiempos. Y no es para menos, además de descubrir la ley de la gravitación universal y de sentar las bases de la mecánica cuántica con las llamadas leyes de Newton (la de la inercia, la de la interacción y la ley de acción-reacción), desarrolló el cálculo integral y diferencial, contribuyó al descubrimiento de que la luz está compuesta por partículas, fue pionero en la mecánica de fluidos y desarrolló el teorema del binomio.



Newton es también un científico muy querido. Disfruta de un perfil dulce en el universo de los textos divulgativos, hasta el punto que su anécdota más difundida es la fantasía de que logró encajar una teoría de la gravedad sin fisuras después de recibir el golpe de una manzana recién caída del árbol, mientras se echaba una siesta. Campiña, distracción y desarrollo especulativo genial, ¿se puede hilvanar una anécdota más entrañable? Cierto que a otros científicos también se les suele asociar a una imagen simpática (quizás para compensar la dificultad de comprender muchos hallazgos), pero en el caso de Newton el afecto que desprende la anécdota también hace justicia al brillo de su carrera política: le vemos peleando por la libertad de cátedra frente a las pretensiones absolutistas de Jacobo II o defendiendo al pueblo de los falsificadores desde su cargo de director de la moneda.



Se podría apostar que ante una figura así la hambrienta historiografía ya habría dado buena cuenta de todos los papeles, legajos, notas y cuadernos que pudo haber escrito desde la primerísima juventud hasta los últimos minutos de su vejez. Pero un reducto de su obra se ha mantenido alejado de legos y estudiosos, hasta hoy: sus anotaciones manuscritas sobre asuntos alquímicos.



Una alquímica pasión

¿Qué era la alquimia en el siglo XVII? Una tradición muy antigua a la que Newton consideraba una rama del mismo conocimiento en el que se adentraba por la vía científica. Y aunque es cierto que la alquimia exploró procesos que después serían mejorados y absorbidos por la ciencia experimental, tampoco podemos pasar por alto que ofrecía otras recompensas prodigiosas: vida eterna y la capacidad de enriquecerse transformando la materia vulgar en oro. ¿Qué empujó a Newton a cultivar la alquimia? No lo sabemos, quizás codicia, quizás nostalgia de una salud plena, quizás un vivo deseo de incrementar sus conocimientos. El caso es que no fue una fiebre pasajera. Escribió miles de páginas y unos cuantos tratados teóricos un tanto trabajosos e ilegibles (entre ellos un intento de calcular la fecha exacta del Juicio Final), pero la joya de la corona son estos cuadernos redactados en el cobertizo que se hizo construir para sus experimentos: prácticas y ejercicios ocultos bajo los herméticos textos alquimistas como un sistema nervioso bajo la piel.



A estos cuadernos alquímicos, siempre escritos de puño y letra por Newton, desembocaron materiales de pelaje variado y procedencia diversa: poemas, tratados, notas de laboratorio, epístolas, confesiones, cosmologías... que Newton (recordemos: la mente científica más importante de su tiempo) no se limita a copiar, ni siquiera a traducir, sino que va comentando y alterando con sus anotaciones con una libertad y una determinación impresionantes.



De esta ingente cantidad de material (exhumado y transcrito por los responsables de "The Newton Project") quien aquí les habla ha espigado los textos que le parecían más interesante según tres criterios que, a su vez, ofrecen sesgos preferentes de lectura: en primer lugar pasajes que permitiesen comprender qué le faltaba (o le sobraba) a la práctica alquímica para ser tan efectiva como la ciencia convencional, de manera que este libro es, entre otras cosas, un interesantísimo compendio de prácticas de laboratorio. En segundo, nuestra edición recoge la rica cosmología y los sutiles mitos que le procuran a la alquimia su cobertura simbólica: la piedra de fuego, las flores de Bloomfield, el árbol de coral o la imponente "caza del león verde"; en tercer lugar, el lector se encontrará un compendio de poemas, algunos extraordinarios, que están muy lejos de los equilibrios serenos de la poesía clásica y también del lirismo intimista de la poesía del XIX, pero que de manera inesperada (pero incontestable) entronca con muchas de las tradiciones poéticas del siglo XX. ¿No hay en este hermetismo mucho de la acumulación de figuras sin referente que articula los célebres poemas simbolistas? ¿No escuchamos en los numerosos monólogos dramáticos de este libro voces muy parecidas a las que resuenan en los poemas de T. S. Eliot? ¿No alientan las cosmologías que contiene una energía que recuerda a los cuervos impasibles de Ted Hughes?



Da igual la estrategia de lectura que adopte el lector, en todas encontrará audacia, concentración expresiva y desafío. Palabras que convendría añadir desde hoy al polifacético retrato de un sujeto irrepetible, Isaacus Neuutonus, nuestro Isaac Newton.



@gonzalotorne

Extractos de los Cuadernos alquímicos de Newton

Nunca más volví a intentar nada con esta piedra. Me distrajeron unos litigios con mis tierras y tuve un problema con las autoridades religiosas. Sí, perdí todos mis libros, con cientos de anotaciones manuscritas. Me sentía furioso contra estas alimañas de la tierra y me sabía además en un grave peligro. Pero en ningún momento miré con desdén a Dios, le agradecía hasta los huesos las bendiciones con las que había honrado a esta pobre y tonta criatura que era yo. Era más que consciente que no podía atribuirme el menor mérito, y la única recompensa que esperaba de él era evitar tras la muerte el infierno y la condenación, tanto del cuerpo como del alma, y ocupar un sitio junto a Jesuscristo, para disfrutar de las alegrías perdurables que nos tienen preparadas desde antes de la formación del globo terráqueo. Por mal que vayan las cosas siento en mí la viva fe de que el Todopoderoso me recoja tras la muerte.




Desde siempre han existido dos tierras

y dos clases de mar las han bañado.

Una es blanca y la otra es roja y combinadas

pueden revertir la corrupción del cuerpo.

La naturaleza oculta su fuego en refugios secretos.

Imprime estas ideas en tu mente y no las olvides.