Desde un punto de vista pragmático, el exilio de intelectuales republicanos tras la Guerra Civil Española supuso para la filosofía de José Ortega y Gasset (Madrid, 1883-1955) una gran ventaja y un gran inconveniente: por un lado, la diáspora de casi todos sus principales discípulos de la llamada Escuela de Madrid y otros filósofos destacados de la época (como María Zambrano, José Gaos, Luis Recasens, Francisco Ayala, Eduardo Nicol, Manuel Granell, Juan David García Bacca, José Ferrater Mora o Antonio Rodríguez Huéscar) hacia distintos países de América difundió la semilla de su pensamiento, pero al mismo tiempo hizo que su legado quedara demasiado diluido, además de truncar “el desarrollo de todo el potencial de aquella generación de filósofos de los años veinte y treinta”, explica Javier Zamora Bonilla, director del Centro de Estudios Orteguianos de la Fundación Ortega-Marañón.

La distancia propició distintas interpretaciones de los postulados orteguianos y dificultó la comunicación entre sus “herederos” filosóficos y la de estos con su maestro, por lo que no llegaron a crear una escuela de pensamiento compacta. Además, la mayoría de sus discípulos, en diverso grado, acusó también la distancia ideológica: recordemos que Ortega se exilió al principio de la guerra huyendo del bando republicano y a finales de los años cuarenta regresó a la España franquista.

Analizar este complejo legado orteguiano en el exilio republicano es el objetivo del congreso internacional El legado de Ortega y Gasset en el exilio republicano del 39: continuidades y rupturas, abierto al público, que se celebrará del lunes 12 al miércoles 14 de marzo en Madrid, organizado de manera conjunta por el Centro de Estudios Orteguianos, el Instituto de Filosofía del Centro Superior de Investigaciones Científicas y la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid. Para Antolín Sánchez Cuervo, vicedirector del Instituto de Filosofía del CSIC y codirector del congreso junto a Zamora Bonilla, este enfoque es poco habitual. “Decir hoy algo nuevo de Ortega se me hace casi imposible, pero sí que queremos llamar la atención sobre un espacio dentro de los estudios orteguianos que se ha explorado poco”, señala Sánchez Cuervo.

Diferencias ideológicas

“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”, escribió José Ortega y Gasset en su obra más leída, La rebelión de las masas (1930). Con esta analogía de la parálisis de medio cuerpo aplicada al ámbito de la ética, el célebre filósofo español consideraba que situarse en una de las dos mitades del espectro ideológico reducía la capacidad de razonamiento del individuo a la mitad. Esta afirmación está estrechamente ligada a la controvertida trayectoria vital e intelectual de su autor. La postura política de Ortega transitó del liberalismo progresista al liberalismo conservador al tiempo que sus postulados filosóficos lo hicieron de la razón vital a la razón histórica, explica Zamora Bonilla. La razón vital, recuerda el investigador, es una teoría de corte nietzscheano, que pone el foco en el “avance de los tiempos”; mientras que la razón histórica pone el foco en la relación del individuo con su pasado biográfico y el pasado histórico de la humanidad. Tanto Zambrano como Gaos entendían que los cambios en la filosofía de Ortega procedían de su cambio de ideología política. En cambio, “algunos pensamos que no hay tanta separación entre ambas teorías, ya que una no se entiende sin la otra”, señala el codirector del congreso.

En cuanto al posicionamiento político de Ortega, aunque huyó del Madrid republicano cuando comenzó la guerra, después de que unos milicianos comunistas armados se presentaran en su casa con la intención de obligarle a firmar un manifiesto, en la España franquista fue siempre “un bicho raro”, apunta Sánchez Calvo, que lo considera un claro representante de “la tercera España” que no se sintió cómoda ni en la II República ni en el franquismo. “Ortega y otros, como Marañón o Pérez de Ayala, aceptaron el régimen de Franco porque inocentemente esperaban que en un plazo razonable este permitiera una apertura hacia un sistema similar al de las democracias europeas. Esta postura de Ortega, que podía tener su razón de ser, tuvo también muchos objetores que consideraban que no cabía esa salida por la tangente: o defendías la legalidad republicana o eras aliado de los fascistas”, explica Sánchez Calvo. Sin embargo, el experto considera que “los detractores actuales de Ortega han exagerado sus coqueteos con el régimen de Franco y también su supuesta apología del nacionalcatolicismo, ya que él siempre fue laico”.

Más allá de María Zambrano

Mucho se ha escrito sobre la relación entre Ortega y Zambrano, una filósofa “que desde hace años está de moda, para bien y para mal y, por supuesto, sobre todo para bien”, opina Sánchez Calvo. “La relación entre ambos fue importantísima y, de hecho, sobre ella versará la conferencia inaugural del congreso. Titulada De la razón vital a la razón poética (el segundo término es el nombre de la teoría que elaboró Zambrano a partir de la filosofía temprana de Ortega), estará a cargo de Pedro Cerezo Galán, de la Universidad de Granada. No obstante, el resto del congreso se centrará en el resto de autores mencionados más arriba, por lo general menos estudiados que Zambrano.

La mayoría de los ponentes son profesores e investigadores españoles, si bien también los hay procedentes de Escocia, Francia y, en mayor número, de Italia, donde “hay una tradición fuerte de hispanismo”, señala Sánchez Calvo. En cambio, llama la atención que, siendo Latinoamérica el principal ámbito geográfico de estudio de este congreso, no haya un solo ponente de allí. “El presupuesto es el que es”, reconoce Zamora Bonilla, “y es muy caro invitar a expertos del otro lado del charco”. Se trata de una muestra evidente de las apreturas presupuestarias que desde la explosión de la última crisis económica viene sufriendo el ámbito de la investigación y de las humanidades en España. En este caso, los gastos son sufragados por la Agencia Estatal de Investigación, dependiente del Ministerio de Economía, Industria y Competitividad; y por el Fondo Europeo de Desarrollo Regional, a través de tres proyectos de investigación relacionados con el contenido del congreso.

La impronta de Ortega en América

Ortega ya era conocido en América Latina antes de la guerra, especialmente en Argentina a partir de sus viajes a Buenos Aires, y en México, donde el filósofo Samuel Ramos, académico y director de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) lo leía con mucho interés. “El exilio redobló el conocimiento de su figura sobre todo en Argentina y México, también en el ámbito caribeño, y menos en Chile y Perú”, explica Sánchez Cuervo. “En todos estos países Ortega tuvo una influencia difusa y muy adaptada a las circunstancias de cada país, algo muy orteguiano”.

Algunos de los discípulos de Ortega exiliados continuaron sus carreras en la misma dirección de las teorías de su maestro, mientras que otros fueron más críticos. José Gaos, que recaló en México, fue el que continuó de una manera más fiel el legado orteguiano y llegó a ser muy influyente en las principales instituciones mexicanas, la UNAM y el Colegio de México. Por eso es en este país, junto con Argentina, donde la impronta de Ortega es hoy mayor. “Gaos tuvo muchos discípulos mexicanos que contactaron con Ortega aunque fuera de manera indirecta, y hoy es una figura de referencia para pensadores mexicanos como Leopoldo Zea y Luis Villoro, uno de los grandes filósofos en lengua española de las últimas décadas”, opina Sánchez Calvo.

Aunque Ortega es reconocido como el filósofo español más importante del siglo XX, Zamora Bonilla no cree que pueda ser considerado como uno de los pensadores más influyentes de la filosofía reciente a escala internacional: En el mundo hispánico y especialmente en España ha habido una recuperación notable de su filosofía desde hace más de 20 años, y fuera de España hay grupos de estudiosos de Ortega en Alemania, Francia, Italia, Iberoamérica, Estados Unidos, pero no está considerado como un gran filósofo del canon occidental”. Difundir su obra es precisamente la labor de la fundación a la que pertenece el centro que Zamora Bonilla dirige, y actualmente está dirigiendo sus esfuerzos hacia China, donde han impulsado varias traducciones de la obra orteguiana.

Los profesionales académicos que se dedican a estudiar la historia no son amigos de los futuribles ni de las ucronías; no obstante, Zamora Bonilla no duda de que, sin la guerra civil, el porvenir de la filosofía española habría sido muy distinto, ya que en los años treinta confluyeron en torno a la Universidad Central (hoy Complutense) “tres generaciones intelectuales muy potentes”: la del 14, la del 27 y la del 36, todas ellas vinculadas a la del 98. Los filósofos españoles de entonces “dialogaban de tú a tú” con las corrientes Europeas del momento, ya que la inmensa mayoría de ellos habían salido fuera a estudiar, sobre todo a Alemania, cuya filosofía estaba "de moda" entonces. “Sin la ruptura de la guerra ese grupo filosófico, como en tantas otras áreas, hubieran seguido desarrollando su carrera con normalidad, habrían ocupado las cátedras y habrían tenido un desarrollo filosófico de gran nivel”, opina el director del Centro de Estudios Orteguianos.

@FDQuijano